Por: Oswaldo Rivera V.

Chaquiñán en quichua significa camino de a pie. En efecto, chaqui es pie o parte del cuerpo que sirve para sostener y caminar; ñan quiere decir camino, trayecto y sendero por donde anda el “ñanta quichay” o caminante. Hermosa palabra que nos lleva a pensar sobre la comunicación entre los pueblos por medio de los caminos.

Históricamente las grandes transformaciones y cambios, los adelantos de la sociedad se efectuaron a través de las rutas sean terrestres o marítimas. Las civilizaciones durante siglos progresaron considerablemente. El estudio de rutas y caminos llevó a los hombres a descubrir continentes y lugares geográficos, cuyos asentamientos demostraron trabajo y adelanto pletóricos de sacrificio y superación dentro de los aspectos políticos, sociales, económicos, científicos y comerciales. La vida en los valles, llanuras, montañas y ciudades debido a los caminos, agilitaron el progreso y la riqueza agrícola e industrial. Los viajes cifraron inquietud y solo los caminos son testimonio de renovación.

El chaquiñán en nuestra civilización incásica fue la ruta más directa para unir a los pueblos.  Dulce, amargo, corto o largo, siempre el camino fue amigo, señaló la liberación y nos ligó a la organización social, a la comunicación y al comercio. Las antiguas civilizaciones tuvieron prendidos en el corazón los caminos y grabadas las huellas en la unión social. El chaquiñán abraza al flujo y reflujo de vidas que llegaron o se despidieron. Mientras pasan los días y los años por el chaquiñán volvieron aquellos que huyeron y se sentaron a la mesa quienes regresaron desconcertados a buscar reconciliación.

El chaquiñán fue el medio más propicio para el transporte de los productos alimenticios y el comercio entre Sierra, Costa y Oriente, utilizado por los aborígenes. Por los chaquiñanes hombres y animales con alegría  o incertidumbre avanzaron a su destino. Día y noche el aborigen anduvo con fuerza poderosa transportando el fruto del trabajo, sin importarle el polvo, el viento y la lluvia. Productos de diferente orden recorrieron por los chaquiñanes de los valles y las cordilleras. Su vibración se escucha en los secretos de las hondonadas y montañas, chorrea en la manigua, salpica entre encomiendas y lágrimas, se amplía en las ferias donde los ponchos y los anacos fueron pedestales de piedra, barro, agua y sol.

Recordemos cómo al son del aire, ante las sombras y la luz del sol, el chasqui llevaba y traía la correspondencia. Hombres ágiles, auténticas gacelas, constituían la forma de correo usado por los incas. Los chasquis que en  quichua significa “el que lleva el correo”, formaban renombradas postas. Nadie reparaba en las distancias, el mensaje llegaba y otro lo recogía hasta hacerlo llegar a su destino. Ninguna civilización contemporánea al incario utilizó, por ello, este sistema postal, es el precursor de los correos y el medio más rápido de comunicación.

El chaquiñán hasta en esta época nos acompaña. Está adherido a las grandes pistas y carreteras. Quien sabe acaso de sus amables espacios tendidos como página limpia leída por las energías humanas, las pisadas y los mensajes. El chaquiñán estimuló al viajero, aventajó a otros servicios, seduce con su soledad, asegura los mensajes, acorta distancias, ayuda al desvelo y da vigor a quien va de prisa. El viaje por un chaquiñán ensancha las ideas, restablece el amor propio y permite analizar la gloria y las raíces de las metas. Además, el chaquiñán nos recibe con más sol, luz y holgura cuando de otros caminos nos echan.

El chaquiñán es sol y lluvia para las sombras y el polvo. Es pañuelo para las despedidas. Cada vez que encontramos los huesos de los chasquis, en los poros del chaquiñán dejamos nuestro sudor. Por esto su sonrisa de montaña rubrica aliento de horizontes en cada bosque, en cada piedra. Pero el agua con su traje azul vierte sus intimidades en la arena del camino y en el viajero jadeante que levanta la libertad entre los riscos. El chaquiñán no fue construido por ninguna máquina, se hizo a fuerza de anda y andar todos los días.

Al chaquiñán no le importa las cadenas ni el empavonamiento de las amplias carreteras ni del pulpo del petróleo, él acoge a los pies descalzos de los niños y de los viejos. Sabe de la risa de la nieve y de las nuevas pisadas de las aves y del paso del cóndor por los Andes. Sabe de la intimidad del montubio que crece en el ancestro del trópico y llega al mar orgulloso a custodiar los pies de los viajeros.

El chaquiñán resiste al vendaval del tiempo recordando el amor de las ñustas y la conquista del español. Escucha el ruido de las botas, las pisadas de los misioneros, el suplicio de los fugitivos y los desgarres e injusticias de los hombres. El chaquiñán hasta ahora envejece con la sonrisa de las mieses y la ternura de la luz que cae sobre la piedra vestida de musgo.

El chaquiñán resiste adornado por los cántaros, por el rocío, el corazón de las vertientes, el sonido del yugo y de la solidaridad prendida en los volcanes. El chaquiñán y las pisadas esperan cada día oír el ruido de los tendones del trópico y las montañas hecho unidad y mensaje de libertad por los siglos de los siglos.

 

Percepciones Lingüísticas Populares, Instituto Andino de Artes Populares del Convenio Andrés Bello, 1988.

 

 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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