Por: Cristóbal de Gangotena y Jijón

 

Era el año de 1851 y el señor Diego Noboa y Arteta, Presidente de la República derrocado por su compadre Urvina, bogaba ya en un buque que, salido de Guayaquil con derrotero al norte, hacia Centro América, gracias a los temporales y a la habilidad de los pilotos, fue a anclar por fin en Paita.

Urvina proclamado jefe Supremos de esta asendereada República, por una de las innumerables revoluciones de cuartel que le han afligido, está próximo a entrar en Quito.

El escuadrón Taura compuesto casi en su totalidad de terribles negros montubios, era la fuerza más terrible con que Urvina había contado para adueñarse del poder.

Los Tauras en el viaje del nuevo gobernante a la capital, venían sembrando por doquiera el desconcierto y la desolación: no había abuso que no cometieran esos forajidos, cuya fama, aún peor que sus hechos, los había precedido a su entrada a Quito, en donde a cada vecino no le llegaba la camisa al cuerpo al pensar en los horrores que iban seguramente a cometer esos desalmados en la ciudad indefensa.

La alarma crecía a momentos a medida que Urvina y sus Tauras se acercaban a Quito… Ya se daba como un hecho que el Jefe Supremo concedería a sus terribles soldados unas cuantas horas de saqueo en premio de sus buenos servicios… ¡Y cómo no habría de ser cierto! Si Urvina era un liberalote que -¡Jesús! Se persignaban al nombrarle las beatas de Quito, quienes dicho sea de paso, eran más numerosas, si es posible, en aquellos tiempos, que ahora.

Por supuesto que, con esos temores, no hubo títeres con falda que contara con valimiento en los conventos de monjas, que no se refugiara en alguna de las casas de las vírgenes del Señor.  Los monasterios estaban que no cabían de gente, y las monjas en ellos, atareadísimas en atender a las asiladas, casi todas señoras de las altas clases sociales.

Ellas, a pesar de estar encerradas y bien protegidas por las temibles censuras eclesiásticas,  que prohíben la entrada de pantalones a la clausura  monacal, no se creían aún bastante seguras: ¡Urvina era tan liberalote! ¿y sus Tauras? ¡San José bendito! ¡Esos eran unos bárbaros que no le tenían miedo ni a Dios ni al Diablo…!

Y allí eran los rezos, y las rogativas y el estarse con el alma en un hilo…

Al fin Urvina llegaba a Quito, y en efecto, los terribles Tauras venían a la cabeza del ejército. El miedo crece por instantes: en todas partes se cuchichean los horrores que cada uno prevé, dándolos ya por ciertos y el terror llega a su colmo con la presencia de esos negrazos apenas entrevistos por el ojo de las cerraduras.  Porque huelga el decirlo, no hubo puerta que no se cerrara y atrancara con cuanto cada cual encontró a mano.

Si el terror se había apoderado en Quito de todas cuantas  se visten por la cabeza y se desvisten por los pies, -y  aún de muchos que usan pantalones ¡cuánto más no sería de las castas y timoratas esposas del Señor! En aquellas pobres cabecitas en que se alojan tan tétricas pinturas de Satanás, las ideas que evocaba la expectativa en que todo el mundo estaba, debían concordar con las temibles pinturas que les hacía el padre capellán cuando del infierno las hablaba. Si para las beatas de Quito Urvina y sus Tauras eran un aborto del infierno, Atila y los hunos, para las monjas debían ser la propia legión que San Miguel venciera al grito de ¡Quién como Dios!

Al convento de Santa Catalina, uno de los que  más aisladas albergara, entre sus religiosas monjas que habían abrazado la vida claustral desde su infancia, y que, en esto más felices que nosotros, poco o nada sabían de este perro mundo en que vivimos.

La curiosidad es el flaco de las mujeres: esta verdad es ya consagrada. En estas pobres monjitas, reclusas toda la vida, la expectativa de los horrores que iban a pasar engendraba ideas para ellas extrañas: ¡El saqueo! ¡Terrible palabra evocadora de cosas tan estupendas, tremendas, vedadas, pecaminosas…!

Y cuenta mi cuento, lector, que había en Santa Catalina un a monjita joven a quien tentó el diablo, que se dejó llevar con delectación morosa, a pensar en el saqueo, a representarse con mucha viveza que los terribles Tauras rompían las puertas que,  el día de su profesión, se habían cerrado tras ella para siempre… Y la tentación, dice el cuento, que fue terrible, y que la monjita llegó, por instigación de Satanás, a casi, casi desear que viniera algún acontecimiento raro a romper la monotonía de la vida del claustro.

Urvina ya entraba a Quito… Los Tauras asomaron al fin. Por la Recoleta, iban entrando a la desbandada, en grupos terroríficos, y atravesaban la ciudad silenciosa como un sepulcro, de sur a norte, por las diferentes calles, para reunirse en Ejido.

Pasan  unos por Santa Catalina, enormes, musculados, fornidos. La calle escueta resuena con los pasos de los soldados que se alejan… Luego viene otro, que se ha atrasado del grupo…

Al pasar por frente  a la iglesia, oye una voz que le interpela, ansiosa, angustiada, con modulaciones de esperanza, de miedo, de ilusión.

¡Señor soldadito, señor soldadito! ¿A qué hora principia el… saqueo…?

Era la monjita de mi cuento que así interrogaba al fornido Taura, desde la torre de Santa Catalina.

Y ese día pasó como tantos otros en aquella vida monótona… Aquel día no hubo saqueo.

Y ¿qué fue de la monjita?

Pues, que arrepentida, y renunciando a la ilusión de saber lo que era aquello del saqueo,  hizo penitencia, Flevit amare, como San Pedro, y siguió su vida, monótona y siempre igual.

Un cielo gris,

Un horizonte oscuro,

Y andar, andar…

Procurando desechar, desde entonces, toda tentación de infidelidad contra el divino esposo.

 

Al margen de la historia, leyendas de pícaros, frailes y caballeros, Quito, 2003

 

Portada:https://www.ubica.ec/info/convento_santa_catalina

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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