Patricio Rubio Espinosa
Recopilación: Dorys Rueda
Enero, 2021

 

Añares ya, que salí de mi querida Sarance para continuar mis estudios en España. Para tal emotivo viaje, fui vestido con mis mejores galas: pantalón, terno y chaleco pura lana de casimir, color negro gris alistonado, bien planchadito; los zapatos: negros, brillantes, lustrados con ñeque, por un guambra en los puestos del parque Bolívar; la camisa: blanca, finísima de algodón colombiano y un enorme nudo de corbata burdeos de fina seda. Bien peinadito con la brillantina Glostora de mi papá y con las debidas recomendaciones de mi mamá: “Estaraste bien atento a todo lo que te digan, vivo, vivo, alzando pelito…”

Así pues, bien equipado, abordé la nave de Iberia en la sección de fumadores, emocionado yo, que apenas me había subido a las machacas (avionetas) del Oriente.

A Madrid, llegué mareado, adolorido y zarandeado por el tremendo viaje. Maltrecho, molido, despeinado y sobre todo, arrugado.  Temperatura exterior 0º, octubre 1984.

Más tarde, ya en Barcelona, instalado, recompuesto y encachinado, con el mismo terno re-planchado, en mi primer día de consultas externas, una enfermera, parada delante, me miró de pies a cabeza con gesto de asombro, sorprendida, me dijo: “¡¡Hala!! ¡Qué traje más mono!”, preguntándome si era la moda que iba a venir en el invierno. Yo, un poco “laleando” le dije: “la-la-la verdad es que creo que sí”.  Con entusiasmo, nuevamente repitió: “Qué majo diseño, ¡¡ te queda muy bien!! Mi abuelito, que en paz descanse, vestía así, o sea, ¡llevaba la moda del siglo pasado!

Cuando recibí a mi primera paciente española, una muchacha joven, le hice un historial clínico y procedí a examinarle los ojos, con un microscopio especial que se llama “lámpara de hendidura”. Ponga usted aquí la quijada, señorita, le dije. Para mi asombro, se quedó mirándome quieta, sorprendida, extrañada. Volví a decirle, esta vez, señalando con el dedo: “Aquí la quijada, por favor”. Entonces, un poco risueña, me dijo:

-Será la barbilla, ¿no? Quijada se usa para caballos, potros, yeguas y animales de granja.

¡¡Ah!! Sí…sí, le respondí. Perdone usted, que soy nuevo. En mi país, si se dice quijada, no pasa nada. Así, comenzaron las risitas médico – paciente.

Continuando con el examen médico, le pregunté, si había tomado o estaba tomando alguna droga (remedio).

Nuevamente sorprendida y asombrada me dijo que nunca, jamás y por Dios que estaba libre de esas cosas. Hubo largo silencio… En ese momento, me dije: ¿será que aquí, a las drogas (remedios) le llaman medicamentos? Inmediatamente dije: “Perdón, digo: medicamentos”

¡Ah!, eso es otra cosa, me contestó.

Perdone usted, volví a decirle, es que en mi país se dice drogas a los remedios y donde las venden, se llaman “droguerías”.

No pasa nada, doctor, me respondió. Ahora, lo sabemos. Aquí, las droguerías se llaman farmacias. Nuevamente, más risas médico-paciente.

Por fin se acabó la consulta y la chica me preguntó dónde yo vivía.

De aquí, a unas 3 cuadritas nomás, le contesté. Entonces, no se pudo aguantar una larga risotada contagiosa y no paraba de reír.

Y ahora, ¿qué dije?, le pregunté.

Es que cuadras es para corrales granjas y caballerizas, ja, ja, ja. Aquí, se dice calles o manzanas. Me sumé yo también a la algarabía.

En fin, por algún extraño motivo, creo que le caí bien a la muchacha, porque me dijo que al final de la jornada, me podía llevar en su auto a mi casa y agregó algo más: “que siempre la trate de tú, porque aquí se trata de usted solo a la gente muy mayor”.

¡¡Claro, muy bien, muchas gracias!!, le respondí. Acepté encantado de la vida.

Y así fue, mis queridos amigos, mi primer día de trabajo por estas tierras y de cómo fui “bautizado” en Barcelona.

 

Portada: https://sp.depositphotos.com/stock-photos/barcelona.html

 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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