
Dorys Rueda
Esta historia se remonta al siglo XVII. Juan de la Vega tenía veinticinco años y una herencia que ya no valía mucho: el apellido de una familia española venida a menos. Vivía solo y con muy pocos recursos.
Un día descubrió con disgusto el mal estado de sus botas. El problema no era pequeño: se acercaban los exámenes y, aunque era el mejor alumno, no soportaba la idea de presentarse ante los profesores con un calzado así.
Lo único valioso que conservaba era una capa española heredada de su padre. Pensó en venderla, pero enseguida comprendió que un caballero sin capa era casi como un hombre sin nombre.
En esas dudas estaba cuando un grupo de amigos entró en su pobre cuarto. Él los recibió y les contó que no iba a rendir el examen.
Sus amigos se quedaron sorprendidos.
Una muchacha dijo:
—Tú eres el mejor del curso. No puedes decir algo así.
Juan, avergonzado, levantó el pie y las botas hablaron por él.
Los compañeros rieron y muchos exclamaron:
—¡Por eso no vas a perder el año!
De inmediato comenzaron a vaciar sus bolsillos sobre la mesa. Cada uno dio lo poco que llevaba.
Pero no todos estaban dispuestos a ayudar.
—¿Y por qué tenemos que regalarle botas a Juan? —dijo uno de los amigos, que siempre había envidiado su talento—. Que se las gane.
Juan levantó la mirada.
—Estoy dispuesto. ¿Qué tengo que hacer?
El envidioso sonrió:
—Esta noche irás al cementerio de El Tejar. En la pared donde enterraron a la suicida, que era tu novia, clavarás un clavo. Nosotros te esperaremos en el puente. Al amanecer veremos si cumpliste.
Juan aceptó y la cita quedó fijada para la medianoche.
Cuando sus amigos se fueron, recordó lo que decía la gente: que el alma de la muchacha suicida vagaba bajo el arco del puente de El Tejar y que, en las noches sin luna, se escuchaba su lamento.
Su cuerpo había sido enterrado fuera del terreno bendecido del cementerio, pues en aquel tiempo a los suicidas no se les permitía descansar en suelo sagrado.
—No creo que su alma sufra —se dijo para tranquilizarse—. Cada mañana voy a su tumba, le llevo flores y le pido perdón.
Había sido una dulce niña, pero todo cambió el día en que una vieja adivina le leyó las cartas y le dijo que él lo traicionaba. No mentía. Él la había dejado por otra mujer que le ofrecía mejor fortuna.
La joven no soportó la verdad y bebió veneno.
Las doce campanadas resonaron en la ciudad. Juan salió de su casa rumbo al puente. Allí le entregaron un martillo y un clavo.
Juan saltó la tapia del cementerio y caminó hacia la izquierda. Pasó junto al lugar donde enterraban a los pobres y, finalmente, llegó frente a la vieja pared donde descansaba la suicida.
El miedo comenzó a subirle por el cuerpo.
Alzó el martillo. El golpe resonó seco en la noche. Luego vino otro golpe y otro…
El clavo se hundió fácilmente en la pared húmeda. Juan se dio vuelta para marcharse. Pero entonces sintió que algo tiraba de su capa. Intentó caminar, pero no pudo. El terror lo paralizó. Entonces pensó que era la mano de su enamorada que reclamaba su traición.
Cuando lo encontraron, al amanecer, Juan de la Vega estaba muerto. Su capa había quedado atrapada en la pared por el mismo clavo que él había clavado.
