Por: Juan Cecilio Espinosa A

  Me contaron que en este puente había una familia muy adinerada que tenía muchas propiedades, cuya fortuna era una de las más grandes de toda la región. Se conformaba de varios hijos varones y de una sola mujer quien era de hermosas facciones pero un tanto pretenciosa, actitud que ahuyentaba a los jóvenes galanes que intentaban enamorarla.

Era la señorita Inés, quien vivía encerrada en una enorme casa sumamente protegida tanto por sus padres como por sus hermanos celosos hasta el extremo, quien no la dejaban que entablase amistad alguna ni siquiera con sus vecinas, peor aún con sus potenciales pretendientes. Todos los familiares coincidían en la opinión que ella debía entregarse por entero al cuidado de sus ancianos padres y a la administración de las propiedades. Así vivió los mejores años de su juventud hasta que poco a poco los atractivos propios de su edad fueron marchitándose a fuerza de sus condiciones de vida.

Vestía con mucha elegancia, especialmente los días domingos y festivos; iba toda ella muy enjoyada  a las pocas fiestas que asistía. Tenía colgantes, gargantillas de perlas, juegos completos de zarcillos y sortijas con piedras preciosas, cadenas finas y gruesas de oro, prendedores y muchas figuritas tanto de oro como en plata. Sobresalía un hermoso anillo de   18 kilates que le dieron en su fiesta rosada, sumamente costoso, el que le resultó un poco apretado por lo que nunca pudo sacarse desde el día de la fiesta de quince años, hecho que le volvió al dedo de un color rojizo-amoratado casi imperceptiblemente debido a la escasa circulación de la sangre.

No es que la señorita Inés no se hubiera querido enamorarse de alguien, sí era una mujer normal y corriente además de guapa; lo que pasaba era que si ella se negaba a casarse y tener descendencia las posibilidades de que les toque una herencia más grande a los hermanos disminuía. A este juego de intereses se  sumaba el egoísmo propio de los potentados de que por medio del matrimonio habrían de enriquecerle a cualquier pueblerino que llegara a conjugarle el verbo amar a la señorita Inés, y esto no les gustaba para nada del mundo.

En estas circunstancias, esta pobre mujer rica sufría su suerte con una especie de resignación e impotencia al ver que su corazoncito bombeaba la sangre sin una pizca de las hormonas de  la libido, de esas que hacen posible la conservación de la especie. Los jóvenes casamenteros también masticaban su resignación al ver que les era imposible realizar esa conquista amorosa, sobre todo aquellos que pertenecían a hogares humildes. Imposible que un pobre, en estas circunstancias, pueda casarse con la señorita Inés, ni el más decidido todos como era Ismael Landeta, que contaba a sus amigos estar sumamente “camote” de aquella dama.

No se habían dado siquiera una simple mirada intencional, pero dos sentían aquella suerte de calorcito en la sangre cuando estaban a varias decenas de metros de distancia. Sólo una vez estuvieron a escasos pasos uno de otro cuando llegó la fiesta del 23 de Noviembre durante la procesión; pero como el Ismael estaba llevando las andas de la Virgen de Natividad, no podía manifestarle ni una sola palabra a la señorita Inés, quien estaba en la fila de devotas con una esperma encendida cantando los coros de la ocasión. De aquí en adelante sólo era posible verla en la ventana del segundo piso algunas tardes soleadas cuando ella tejía con crochet tapetes y sobrecamas.

Contaron sus familiares que la señorita Inés empezó a sufrir a causa de su desdicha sentimental, aún en medio de las comodidades hogareñas, y antes de cumplir los 27 años de edad murió repentina mente sin saberse el motivo de su deceso. Este hecho produjo una profunda consternación en el pueblo.  Y las conjeturas fueron de diversa índole, pues ninguna explicación satisfacía completamente la curiosidad especialmente de aquellas personas que les gusta andar de averiguaciones.

El cadáver de la señorita Inés fue amortajado como si se tratara de una niña, y puesto que murió doncella tenía el derecho de llevar palma y guirnalda tal cual se acostumbraba en aquellos tiempos en este pueblo, ya sea a los hombres o a las mujeres que no habían conocido mujer ni varón, respectivamente.

Estaba toda de blanco desde la diadema hasta los zapatos. Además le habían puesto todas las joyas que tuvo en vida, y aquellas que ya no había en donde ponerle, guardaron en una cajita de nácar con interior de terciopelo y le pusieron al lado de la mejilla izquierda. Se calculaba que aquellas joyas tenían un valor de varios millones de sucres, las que se iban con su dueña a permanecer por eternas memorias en el mausoleo propiedad de la familia. El anillo de su fiesta rosada se distinguía en medio de todas las joyas tanto por su belleza cuanto porque su mano izquierda reposaba sobre la derecha descansando sobre el pecho. El colorcito rojizo del dedo que tenía este anillo se volvió aún más visible ya que contrastaba con la palidez de su rostro y con la blancura del vestido.

Al enterarse de este lamentable hecho luctuoso, el joven Ismael quedó acongojado ya que la mujer de sus sueños desaparecía para siempre. Los amigos que sabían de aquel sentimiento, el que por algunas de sus características peculiares lo llaman “amor platónico”, le rodearon en esa tarde de la noticia y trataron de consolarle destapando algunas botellas de anisado compradas en la tienda de don Manacés.

Esa noche fueron al velorio en grupo y después de darles el pésame a los familiares permanecieron por algunas horas conversando en voz baja algunas facetas de las pocas que recordaban de la señorita Inés cuando vivía. Estas conversaciones fueron haciendo una idea inicial apenas perceptible en la imaginación del joven Ismael, la misma que poco a poco fue tomando cuerpo. Se trataba de la inquietud por verle a la señorita Inés una vez que ya se encuentre sepultada. Se prendió tanto esa idea a tal punto que se transformó a rato en la meta de su vida. Ninguno de sus amigos intuía los pensamientos de Ismael ya que el joven bien lo disimulaba para no sar sospecha alguna.

Al día siguiente fue sepultado el cuerpo de la dama en un ataúd forrado de terciopelo plomo y con los manubrios metálicos la tapa fue asegurada con seis pernos de dos pulgadas los mismos que fueron ajustados usando un desarmador de mecánico. La caja se deslizó en uno de los nichos del mausoleo familiar en medio de fuertes sollozos y de conmovedores ayes de sus familiares; Luego un maestro albañil colocó los ladrillos originales del nicho y lo enlució con cemento para posterior incrustación del epitafio. El Ismael Landeta, quien permaneció hasta estos últimos instantes, observó con toda precaución todos los movimientos para luego salir del camposante haciendo un grupo con sus amigos.

Esa noche, el poseedor de la macabra idea se tomó algunos bocados de licor para envalentonarse, encerrado en su cuarto.

Horas antes se había aprovisionado de varias herramientas para realizar aquella temeraria aventura.

A eso de las once y media de la noche se trepó por un portillo que da al cementerio y desde ese lugar pudo divisar el mausoleo, ayudado con la iluminación de la luna que se acercaba a su cuarto creciente. Sin perder el tiempo saltó desde el tapial hacia unas hirbas altas que le amortiguaron el golpe.

Con un punzón de fierro tocó el enlucido de cemento que todavía estaba fresco hasta cuando pudo descubrir los ladrillos que taponaban el nicho. Luego, uno a uno fue sacando estos bloques prismáticos de barro cocido y pudo observar la tapa del ataúd que tenía la forma parecida a un pentágono. Un olor a agua de colonia se dispersó por el ambiente mezclado con un concentrado perfume de rosas, pero no se pudo distinguir ningún olor a muerto.

Como un autómata sacó el ataúd del nicho quedando la parte de la cabecera sobre un bordillo del mausoleo y el extremo de los pies lo hizo descansar en un montón de ladrillos formando un puente a una altura de unos sesenta centímetros del suelo.

Con el destornillador fue dando vueltas hacia el lado izquierdo de los tornillos hasta sacar todos los que se aseguraban el féretro. Una vez que logró sacarlos a todos, se disponía a levantar la tapa para cumplir con el anhelo de su vida: verle de cerca por primera vez el rostro de la señorita Inés y despedirse para siempre.

Cuentan que así lo hizo, pudiendo contemplarla a plenitud por varios minutos a la luz de la luna. Satisfecho por la hazaña lograda, bajó lentamente la tapa para proceder a asegurarla.

En el instante que cerraba el ataúd una extraña combinación de luz y sombra hizo brillar las perlas finas de los zarcillos y de pronto se le ocurrió llevarse una de las joyas para tenerla de recuerdo.

Divisó la cajita que contenía el resto de las joyas y se sacó una cadenita de oro, la que se guardó en el bolsillo de la camina; luego procedió a cerrar definitivamente el ataúd. Cuando iba a colocar el primer tornillo de la tapa, vaciló un instante y de pronto se dijo para sus adentros:

“Para qué le pondrían todas las joyas?... ya después de muerto no sirven para nada; en vida es cuando se debe gozar. Mejor me llevo todas, las vendo y me hago millonario. Nadie se ha de dar cuenta”.

Acto seguido, alzó nuevamente la tapa de terciopelo y con una velocidad asombrosa empezó a sacarle todas las joyas de la difunta. Vació las que estaban en la cajita de nácar con forro de terciopelo y se iba guardando en todos los bolsillos. Cuando hubo terminado esta operación, se enfrascó en una lucha por sacarle el anillo de la fiesta rosada que le había quedado ajustado y que nunca pudo sacarse la señorita Inés cuando vivía. En esto, el reloj de la iglesia daba justo las doce de la noche.

Al escuchar la hora, nuestro personaje fue abordado por un miedo indescriptible, al que se sumaba la angustia al no poder sacarle el anillo a de aquel dedo amoratado. Sumido en tamaña desesperación cogió la mano de la muerta y se la llevó a la boca para ponerle saliva a fin que la estrecha joya pueda deslizarse con facilidad. Al no darle resultado intentó sacarlos con los dientes, mordiéndole repetidamente el dedo; en esto, notó que este dedito se volvió más flexible y que quemaba la sangre retenida en este espacio. No hizo caso alguno y siguió mordiendo y mordiendo la joya y el dedo con los dientes. Era sólo esta joya la que le faltaba para llevarse de recuerdo todo el lote completo.

Cualquiera se hubiera conformado con semejante lote de joyas que ya tenía en sus bolsillos, pero el Ismael Landeta quería también a toda costa llevarse aquel anillo de 18 kilates que era el más costoso. Ni cuenta se había dado que aquella reserva de sangre hirviente que estaba en el dedo del anillo iba calentando poco a poco los tejidos cercanos y que tan pronto ya había ascendido hasta la mano para darle flexibilidad. Luego calentaría el brazo izquierdo y finalmente todo el cuerpo hasta recobrar el color de las mejillas y volver a la vida como si se despertara solamente de un largo sueño que había durado por el espacio de dos días. Pero el jovencito no se daba cuenta de este extraño fenómeno.

Como el cuerpo de la señorita Inés ya se había calentado por efecto de la sangre hirviente procedente del dedito sortijero, entonces revivió en el estricto sentido de la palabra. Pero al abrir los ojos y volver en sí tal cual se vuelve pasado el efecto de la anestesia, pudo contemplar con todas sus facultades ya despiertas esta conmovedora escena. Ella, en el ataúd, rodeada de un paisaje lleno de tumbas, cruces y bóveda, tomada de la mano por quien fuera su más cercano admirador.

Entonces cuentas que aterrorizada se lanzó al cuello de su salvador en medio de tremendos alaridos que despertaron a la vecindad en un gesto mezcla de miedo, desesperación, confusión e incertidumbre; pero él, creyendo que la muerta revivía para vengar la profanación de su tumba, lleno de pavor y sin poder zafarse los brazos de la dama, cayó fulminado por un ataque violento al corazón muriendo al instante.

Ella en cambio, al darse cuenta que había sido enterrada vida y a la vez provocar la muerte de su admirador, quedó de igual manera fulminada como el joven en el mismo ataúd en que se encontraba; pero esta vez sí, murió definitivamente.

Desde aquella ocasión se acostumbró en este pueblo a velar a los difuntos durante tres días y tres noches hasta cerciorarse que estén completamente muertos y, además dicen que no les ponen anillos ajustados para amortajarlos.

 

Recuentos Populares, Inti, Quito.

Fotografía: http://temita.jp/wd/movie-t/make/3705

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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