Por: Hugo Garcés Paz

 

A inicios de noviembre, conmemoración de los fieles difuntos, con mucha frecuencia recordamos a los que se fueron para el otro mundo y nunca más volverán, pero es conveniente que siquiera uno de los días del año se halle dedicado a este fin. La Iglesia Católica ha señalado el dos de noviembre para la conmemoración de los fieles difuntos, fecha en la cual todos los deudos visitan el lugar donde fueron enterrados sus padres, hermanos o hijos. Desde muy por la mañana vemos una procesión de toda clase de personas que salen de sus casas con dirección a los cementerios.

Desde el sábado anterior al 2 de noviembre la plaza del mercado de Otavalo, allá por el año de 1930, se diferenciaba de los otros días de feria, por la presencia de figuras de pan, hechas, por los indígenas con masa sin levadura y con harina de trigo nacional, caracterizada por ser un tanto morena, que le daba ese mismo color a su producto.

Había entonces guaguas de pan, para mujercitas y soldados y caballos para los hombres. Además se encontraba llamas, jirafas, burritos, lagartos, etc. Para hombres o mujeres.

En la generalidad de los casos, la madre salía a esta feria a realizar las compras para la semana y era seguro fuera comprando para sus hijos, varias de estas figuras, puesto que al no tener levadura eran algo resistentes para quebrarse. Mientras las mujercitas se esmeraban en preparar los pañales para sus guaguas, y luego de envolverlas, ponerlas a la espalda, sujetas con alguna chalina, los varoncitos alineaban los soldados, a pie o a caballo, para enfrentarse al enemigo invisible que se hallaba cercano. Cuando a alguna de estas figuras se le rompía la patita, con una tira de carrizo muy finita, o con un fósforo insertado en las dos partes se las unía y todo quedaba igual, y cuando ya no era posible remediar la fractura, esas figuras pasaban al estómago de su dueño, y parecía que se trataba de un rico pan.

Pero, no solo con esto se terminaba lo referente a amasijos, puesto que faltaba lo principal. El amasar la familia entera, para lo cual, uno o dos días antes de finados, se compraba una cantidad apreciable de masa a los panaderos en donde se iba a ornear el pan. Obtenida la masa, se añadía huevos y manteca, con lo cual se hacía necesario aumentar también la harina, y volver a amasar. Una vez que se hallaba blandita, y homogénea, todas las personas mayores se dedicaban a hacer los panes, en tanto que a los chicos les proporcionaban una pequeña cantidad de masa, para que, con ella, elaborasen sus juguetes: los hombres, los soldados y si era posible los caballos ; y las mujercitas, las guaguas, pero esta vez la masa sí tenía levadura, por lo cual, a pesar de que se esmeraban en hacer las figuras con todo el arte, al dejarles sobre el soberado en espera del horno, todo el arte desplegado desaparecía transformándose en una masa casi informe. Una vez confeccionados los panes los ponían también, en el soberado, tapándoles con manteles, para que el fermento que tenían hiciese su acción; esto es que al esponjarse se hicieran más grandes y de mayor altura. Conseguido lo cual eran puestos en unas latas, y con una pala de madera introducidas en el horno, que un experto en hornear sabía a qué temperatura debía estar para un buen cocimiento. Después de puestas las figuras al horno con el resto de pan, más que figuras salían unos ricos panes con una pequeña semejanza de la figura que tuvieron en un principio.

Hecho este primer trabajo, de inmediato, se preparaba la colada denominada “Champús”,  para lo cual había que dedicarse a dos actividades distintas pero simultáneas con el fin de que día de finados ambas estuviesen listas a la vez.

La primera era preparar una especie de colada algo suelta, con harina de maíz, aderezada con diferentes hiervas aromáticas como el cedrón y la hierba luisa, para luego ponerla a fermentar en una olla grande que para el efecto existía.

La segunda actividad consistía en poner a remojar morocho, para después de veinticuatro horas, por lo menos, sacarle el germen, y la cáscara luego se procedía a cocinarlo hasta que empiece a reventar, momento en el cual se le dejaba que se enfriase.

La víspera de finados, esto es el primero de noviembre, se cocinaba en grandes pailas la colada preparada anteriormente, haciéndole hervir, por el espacio de una hora y media, meciéndole constantemente después de haberle añadido raspadura. Con lo cual aquella colada que estaba comenzando a fermentar, y se le sentía de sabor amargo, luego de esta cocción resultaba una colada con un sabor exquisito.

Una vez puesta en la taza se le añadía el mote preparado anteriormente, y este era el sabroso “champús” o colada de finados que se servía con el pan previamente amasado.

Mientras tanto al cementerio habían acudido representantes de cada familia para arreglar la tumba de sus seres queridos, puesto que el día preciso todo debía estar bien presentado como se merecía mostrarse ante la cantidad de personas que por ese sector, pasarían al visitar el cementerio.

Llegado el 2 de noviembre, muchas personas hacían celebrar misa en sufragio de las almas de un pariente; pero lo curioso era la actitud de los indígenas, especialmente del sexo femenino, quienes habían asistido a la única misa que celebraba el párroco, pero en lugar de haber ocupado un puesto junto a los demás feligreses, se sentaban en una de las naves laterales, formando filas una a la derecha y otra a la izquierda. Frente a ellas desplegaban un mantel de medio metro, más o menos, en cuya superficie colocaban pan amasado por ellas, huevos sin cocinar, frutas, maíz y quizá alguna otra cosa. El sacerdote, una vez terminada la misa, se dirigía a este lugar en donde se encontraban las indígenas para rezar los responsos, es decir una oración por los difuntos, pero el número de oraciones dependía de la cantidad de alimentos que exhibían los interesados. Mientras el sacerdote rezaba las oraciones en latín la interesada recitaba una letanía con los nombres de sus deudos a quienes dedicaba esas oraciones; luego el oficiante recogía las ofrendas en sendos canastos para cada clase de alimento. Terminadas las oraciones de la primera devota, pasaba de inmediato a la segunda para repartir esas preces y esa letanía con otros nombres que correspondían a sus parientes o amigos y así continuaba el cura hasta terminar con la última persona de la fila.

El 2 de noviembre, desde la mañana comenzaba la visita al cementerio, o mejor dicho al pariente difunto que se hallaba en ese cementerio y más o menos desde la diez era un continuo desfilar de personas ya que, mientras unas estaban de ida, otras se hallaban ya de regreso. En el campo santo, generalmente, no había un solo pariente muerto, sino que eran varios, por lo tanto, se acercaba a cada uno de ellos, que no estaba uno a continuación del otro, sino en diferente lugar, para, mentalmente, elevar una oración a Dios por esa alma.

A la tarde, concurría la mayoría de las visitas, posiblemente porque en la mañana había que hacer en la casa. El recorrido era a pies, por lo tanto al regreso se hallaban cansados y deseando llevar a la boca algo frío para que les refrescase. Qué mejor bocado que una tasa de ese delicioso champús que había sido preparado la víspera y que hoy se hallaba frío,  al que se le acompañaba con un sabroso pan amasado por la familia.

La otra parte del cementerio correspondía a los indígenas. Ellos se habían preparado, quizá en mejor forma. Su concurrencia no era después de haber caminado dos o tres cuadras, como lo hacía el blanco, sino de kilómetros, puesto que venían desde algún caserío, por lo tanto, su regreso a la hora de almuerzo era imposible. Por este motivo levaban su fiambre envuelto en un mantel y el momento oportuno lo extendían sobre la hierba y se servían de su contenido acompañados de los amigos o parientes que habían ido por allí y se acercaban a darles su condolencia. Los blancos que veían esto, decían que la comida habían llevado para se sirviera el muerto. No era exacto, la comida era para ellos, en presencia de su difunto.

En cierta ocasión en que habían regresado del cementerio se habían servido el sabroso champús, los chicos de la familia de Doña Tomasita se sentaron junto a su bisabuelita esperando les contase alguna anécdota, pero como esto no sucedía, los bisnietos le pidieron les relatara una leyenda.

Después de mucho pedido, se dispuso a contarles el siguiente que se relacionaba con los muertos:

Hace muchos años había una chica a quien no le gustaban las faenas de la casa, y cada vez que su madre le llamaba para que le ayudase en la cocina, buscaba algún pretexto para eludir esta tarea, pero cuando la llamada era insistente y debía acercarse a ayudarla, lo hacía con tal mala gana que no servía como ayuda, ni para que ella aprendiese a preparar buenos platos. Su madre le decía que cuando se case, lo sentiría porque cuando deba entrar a la cocina para preparar la comida para su marido y sus hijos no sabría qué hacer. Ella respondía que nunca se casaría, y que si lo hiciese sería con un hombre muy rico, para tener, no solo un criado, sino varios para las diferentes actividades y ella solamente ordenarles.   

Pasó el tiempo y al llegar a la adolescencia iba cambiado de parecer, puesto que al matrimonio lo veía más cercano de lo que creía cuando era niña. Finalmente se hallaba tan enamorada de un muchacho de su misma edad, a quien no podía decirle que no se casaría, porque, ahora, era ella la que deseaba casarse con él. Los padres de la chica se resistían para darle su consentimiento, porque dudaban de que se hallase en condiciones de manejar un hogar, pero llegó un momento en que debieron aceptar y el matrimonio se llevó a cabo.   

Se desplazaron a alguna parte para pasar la luna de miel, pero esta al fin y al cabo se terminó y debieron regresar a su hogar. Los primeros días, con el pretexto de que estaba atareada arreglando la casa, salían a comer en alguna fonda, pero llegó un momento en que era imprescindible que ella se hiciese cargo de estos menesteres.

Rompiéndose un poco la cabeza trató de recordar alguna comida que pudiera hacer ella sola, resolvió, por fin, cocinar un locro de papas que le pareció lo más sencillo. Comenzó por poner a hervir el agua con la carne en la olla, luego añadió manteca, sal, color, y mientras hervía todo esto, peló las papas, y después de lavarlas y cortarlas en pedacitos las puso en ese caldo, lo mismo que las hojas de col en pedazos pequeños, para luego añadir un poco de leche y demás aderezos, todo lo cual le pareció muy sencillo. Claro que la comida no le resultó de primera, pero ya buscaría cualquier pretexto para justificarse.

Tanto pensar al siguiente día pudo preparar, más o menos, una colada de harina de habas.

Después de pocos días el esposo le sugirió que le hiciese locro con librillo. Aquí sí, le dio las ocho. ¿Por dónde comenzar? ¿qué era necesario para ello? Se dio por vencida, pero como no quería decepcionar a su esposo, mientras pensaba recordó que, por allí cerca, vivía una muchacha que fue su compañera en la escuela. Se llamaba Catalina, pero aún cuando en ese entonces le trataba algo mal, porque ella pertenecía a la clase baja, en tanto que María se creía de la nobleza. Se animó a reconciliarse y fue a visitarla y allí entre conversación y conversación le preguntó de improviso si sabía como se preparaba el locro con librillo. La interpelada se quedó pensando, no en la respuesta sino en la razón para que le hiciese esa pregunta. ¿Era que le estaba tomando el pelo o había descubierto otra forma de prepararlo? Bueno, de todos modos le indicó que debía comenzar por poner a hervir en la olla, el librillo, esto es el primer estómago de los rumiantes y mientras hervía éste había que pelar las papas, y después de lavarlas, cortarlas en pedacitos. Aparte debía lavar las coles, hacerlas retazos y después ponerlas junto con las papas. Mientras tanto el librillo estaría ya en estado de manipulado, por lo cual después de dejarle que se enfriase un poco, quitarle el pellejo interior, que si estaba ya cocinado saldría con facilidad. Luego de esto había que lavarlo y retasearlo, para poner de nuevo en la olla, junto con la manteca, la sal, leche, color y dejar que todo hirviera hasta que las papas estuviesen suaves.

Al terminar la descripción, María le contestó, yo también lo hago en esa misma forma.

La vecina se quedó sin saber la razón de esa pregunta, si lo sabía, ¿por qué le preguntaba? Si no sabía, ¿porque le decía que ella también lo hacía sí?

No habían pasado sino pocos días cuando María fue nuevamente en busca de su amiga, a quien, casi en seguida, le preguntó cómo hacía las bolas con cuchicara. La vecina se quedó más enajenada que la primera vez sin saber lo que se proponía con estas preguntas. ¿Efectivamente le estaba tomando el pelo o quería saber cómo se preparaba esa comida? ¿Por qué no le dice así desde un comienzo? De todos modos, pensó que diciendo cómo lo hacía no perdía nada. Santamente le dijo que había que poner a hervir un poco de agua con manteca, sal, cebolla y demás condimentos que le pareciese bien. Luego, aparte, preparar un poco de masa con harina de maíz mezclada con un poco de harina de castilla, huevos, sal, manteca y mezclarlo hasta que estuviese todo suelto y homogéneo, en cuyo caso tomando entre sus dos dedos de la mano derecha, índice y pulgar, un poco de esa masa dejarla caer en el agua que estaba hiriendo y así hasta que se termine la masa. Luego poner el cuchicara o cuerdo del puerco bien lavado y las coles y dejarlo que hirviese hasta que todo estuviese cocinado. El plato sale muy sabroso en esa forma, comentó.

Como la primera vez, María respondió: ¿Así lo hace usted? Pues yo también lo hago así mismo. Nuevamente se quedó desconcertada la vecina sin hallar la razón de esas preguntas.

Como esta comida le resultó muy sabrosa, el esposo, convencido de la buena preparación que sobre el arte culinario tenía su esposa, le pidió que, para uno de esos días, le preparase una sopa de tripas y puzún.

Como de costumbre volvió María, donde Catalina; pero llegaba en un mal momento, porque la vecina había tenido algún cruce de palabras con la vendedora de la plaza, y se hallaba contrariada. Fingió que atendía a María, pero en el fondo no lo hacía, hasta que le preguntó: Vecina, ¿cómo prepara usted el caldo de tripas con puzún?

La vecina que estaba con deseos de mandarla al diablo por las preguntas anteriores que nunca supo la razón de ellas, a lo que ahora añadía el disgusto que había tenido, le dijo casi de seguida:

-Eso es fácil y resulta una comida muy sabrosa. Verá, coge un cuchillo bien afilado y al atardecer se va al cementerio. Busca la sepultura que se haya hecho a última hora. Cava un poco. No es difícil porque la tierra está recién removida, una vez que llega al ataúd, saca al muerto, le corta el vientre, saca un poco de sus intestinos y de su puzún, esto es de su estómago. Vuelve a enterrarle y al regresar a su casa lo lava con bastante agua hasta que esté muy limpiecito, lo hace picadillo y lo pone en la olla con agua y los demás ingredientes. Eso es todo.

María contestó como siempre:

¡Ah! ¿Así no más se hace? Yo también lo hago en la misma forma y se despidió de su vecina.

Aquella tarde, ya muy avanzada, se fue al cementerio y allí oculta entre las bóvedas permaneció hasta que cerrasen sus puertas. Una vez que se cercioró de que todo estaba en absoluta calma, sintió algo de miedo, pero la única forma de salir pronto de este lugar era proveerse de lo que había venido a buscar. Con una pequeña pala que por allí encontró, cavó un poco hasta que asomó el ataúd. Lo abrió, aún cuando estaba algo nerviosa, descubrió el vientre y con unas pocas cuchilladas consiguió abrirlo, extrajo un poco de su intestino y luego buscó el estómago de donde cortó otro tanto, y se apresuró a dejar todo como estaba antes. Para salir ya había estudiado el caso. Por allí había una tapia que tenía un portillo, por donde se escabulló y apresuradamente se fue a su casa. Todo lo guardó para el siguiente día en que de madrugada lavó bien para después ponerlo a la olla con los demás ingredientes que la vecina le había indicado. La comida salió muy sabrosa tanto que su esposo le pidió que lo repitiese.

Feliz María por el éxito que había tenido, aquella noche se acostó pronto y luego se quedó dormida. Poco después el esposo, que había regresado de la calle, se acostó sin despertarla, y también se quedó profundamente dormido.

Sería alrededor de media noche cuando, por la huerta y terrenos vecinos, los perros se alarmaron y no dejaban de ladrar, como si alguien invadiese estos lugares, y se aproximase a la casa. Marta se había despertado con esa bulla y se hallaba atenta para saber de lo que se trataba. Cuando la persona que había entrado a esos predios parecía hallarse cerca de la casa, se oyó una voz ronca, muy débil, que decía:

-María Angula… devuélveme las tripas y el puzún que me robaste de mi santa sepultura.

María creyó que soñaba. Se restregó los ojos, puso mayor atención y pudo oír nuevamente es voz que parecía salida de ultratumba:

-María Angula… devuélveme mis tripas y el puzún que te robaste de mi santa sepultura!

Más muerta que viva iba a despertar a su esposo pero temió las consecuencias si se percataba de que había ido a robar en el cementerio. Se acurrucó al lado de su marido, se tapó con las cobijas hasta la cabeza y con las manos se tapó los oídos para no escuchar nada, sin embargo, volvió a oír la voz fatídica:

-María…Angula… devuélveme mis tripas y el puzún que te robaste de mi santa sepultura!

Cada vez que se oía esta voz, daba la sensación de que quien reclamaba se hallaba más cerca de María, y parecía oírla con mayor fuerza.

A la mañana siguiente que el esposo se despertó no encontró a su esposa. Creyó que se había levantado para preparar el desayuno, pero no estaba en la cocina. La buscó por toda la casa, mas tampoco asomaba. A la calle no podía haber salido porque la puerta esta aldabada por dentro como habían dejado la víspera. Toda búsqueda fue infructuosa, y María angula no asomó por ninguna parte.

Así terminó la narración, la abuelita.

Desde entonces, los nietos, cada vez que encontraban a un chico solo y un tanto aislado de los demás, con una voz semejante a las de ultratumba, decían: María Angula… María Angula… devuélveme mis tripas… y la persona que oía esto, no sabía dónde meterse. Conversando con las compañeras de colegio, una de las nietas de doña Tomasita, se enteró de que muchas personas hacían lo mismo con sus parientes y aún con los mayores, aún cuando éstos no se asustaban.

Quito, a 25 de noviembre del 2000.
Leyendas y Tradiciones del Ecuador, Ediciones ABYA-YALA,2007

 

Nota: la leyenda es conocida en todo el Ecuador y tiene algunas variantes.

Portada: http://www.cronicajalisco.com/notas/2018/86351.html

  

 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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