Fuente oral: Luis Ubidia1
Recopilación y Transcripción: Dorys Rueda
Otavalo, 1985

 

Hace muchos años, Don Luis Ubidia, profesor de la escuela 10 de Agosto   de la ciudad de Otavalo, me contó una entretenida leyenda en relación al famoso puente del Tejar. Subrayó que también el relato era  era conocido como El Huacaisiqui

Otavalo en ese entonces era una pequeña comunidad al norte del Ecuador. Un  pueblito de pocas familias, donde todos se conocían, más por los sobrenombres que por los nombres mismos. Las casas eran pequeñas y sus calles estaban cubiertas de polvo.  Muchos de los habitantes trabajaban en el campo otros en las haciendas  que estaban cerca del pueblo.

Un día,  un otavaleño  regresaba  precisamente de una  hacienda donde había laborado por tres días. Se dirigía al pueblo en un caballo negro, al que animaba para que fuera más rápido, pues no  quería llegar a casa después de la medianoche. Esa hora era siempre "pesada" y si debía cruzar el pueblo, tenía que apresurar el paso.

Lamentablemente, cuando  llegó al puente del Tejar, dieron las doce de la noche. El hombre entonces se puso  inquieto y un escalofrío le recorrió el cuerpo. El caballo disminuyó la velocidad poco a poco, hasta detenerse por completo en la mitad del puente.  

El hombre no sabía qué hacer. Se bajó del caballo para ver lo que le sucedía y en ese preciso momento, divisó un bulto de tela que estaba a unos pasos suyos.  Caminó para ver de qué se trataba. Al acercarse miró que el bulto era nada más y nada menos que  un niño recién nacido,  envuelto en una tela y que asumió había sido abandonado, no hace mucho. Lo alzó y  le acarició la cabecita con dulzura. Después, lo colocó bajo su poncho y regresó donde estaba parado el animal.

Cuando iba a subir al caballo,   el pequeño comenzó a reírse de manera estrepitosa. Esto llamó la atención del hombre, porque ningún recién nacido podía reírse de esa manera. Descubrió al niño para ver qué le sucedía. Éste había cambiado, en un abrir y cerrar los ojos; había crecido y le habían salido los dientes. Escuchó al infante decir con voz  de hombre: “papá ya tengo dientes, papá ya tengo cabello, papá ya tengo uñas grandes”.

El hombre se quedó petrificado, pues no podía dar crédito a lo que escuchaba. El niño no podía hablar de ese modo, a esa edad no podía tener dientes ni uñas  largas. El "pequeño" nuevamente habló, pero esta vez su voz era de ultratumba: “papá, acaba de salirme cola y cuernos. En ese momento, el hombre, del susto, soltó  al infante y éste cayó al piso.  Regresó a ver y se dio cuenta que había desaparecido. El sujeto entonces  se santiguó, al percatarse de que se había topado con el mismo demonio que para tentarle, al inicio,  había adoptado la figura de un niño inocente.

Llegó a su casa, más muerto que vivo, con  el caballo que casi no quería caminar. Al siguiente día, el animal murió.

 

 

1 Luis Ubidia (Otavalo: 1913-2000) fue un prestigioso maestro que empezó su carrera docente en 1935 en San Pablo de Lago, en la escuela Cristóbal Colón. Después pasó a la escuela 10 de Agosto de la ciudad de Otavalo, plantel donde había estudiado su educación primaria. En 1936, viajó a Quito para trabajar en la Anexa del Normal Juan Montalvo. En 1970, después de una ardua y fructífera labor como profesor, se acogió a la jubilación  y fue articulista en los medios escritos de la provincia de Imbabura, con un claro enfoque de justicia y rectitud en los temas de la vida local del cantón Otavalo. Escribió también artículos de investigación científica y notas poéticas. Tiene 28 publicaciones (H. Ubidia, comunicación personal, enero 14, 2016).

 
 
 
 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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