Por: Humberto Oña Villarreal y Ketty Ruales de Oña

 

Desde mucho tiempo atrás, no. Ni para imaginarse semejante especie. Quizá y sólo desde el advenimiento de los conquistadores españoles a estas tierras vírgenes, en todo sentido de América, llegó con ellos la superstición en la forma y condiciones que vamos a referir.

En la época de nuestros aborígenes no había, no podían existir viudas vestidas de luto rondando por las noches en los barrios de la ciudad. Ellos no conocieron el vestido negro como demostración de dolor, porque el dolor no lo materializaban en el vestido, lo sentían en lo íntimo de su ser. Tampoco tuvieron los problemas mujeriegos que sí tuvieron estos blancos y barbones venidos en son de incorporar a la Corona de España y Tiara Pontificia, todo un continente que vivía feliz y tranquilo, comiendo el fruto del trabajo y adorando a su Rey personificado en el Dios Sol, sin odios ni retaliaciones para nadie. Ninguno de estos problemas que  restan prestigio al mantenimiento de las buenas costumbres de un pueblo. Aparece solamente cuando vinieron estos señores de ojos desmesuradamente abiertos para buscar dónde había oro. Señores caballeros de la capa y de la espada que hicieron su arribo a estas tierras a pervertir sus sanas costumbres que aquí reinaban…

Era la viuda una mujer alta, todo vestida de negro, echando fuego por los ojos y boca que, saliendo desde La Pavana, recorría los lugares céntrico y apartados de la ciudad, durante las noches, en persecución de trasnochadores y vagabundos que tenían por costumbre no ir a dormir y pasarse caminando por una u otra calle, con el pretexto que no tenían sueño; más aún, contra aquellos que se dedicaban a calumniar al hermano prójimo y a difamar contra la fidelidad de algunos santos hogares…

La visión infernal iniciaba su recorrido a las doce en punto de la noche, preferentemente de aquellas noches que tenían el alumbrado de la luna. Desde esa hora, la más propicia para la aparición de malas visiones, no había bicho con pantalón que pudiera salir solo a la calle; pues, se exponía a darse al encuentro con semejante ser maligno que mantenía en constante nerviosismo a la gente de uno y otro sexo. Inquietud, preocupación, temor a que podía suceder el momento menos pensado, reinaba en todos los hogares, sobre todo en aquellos alejados del centro. Comentarios por aquí, comentarios por allá menudeaban en todas las reuniones sociales, al extremo que nadie se tenía por seguro ni en su propia habitación a donde se esperaba que de un momento a otro hiciese su aparición este fantasma misterioso. Lo que se esperaba era algo que la imaginación no podía concebir, puesto que se trataba de un fenómeno cuyos alcances están lejos de  poder calcular. Se quería encontrar la fórmula de llegar a una investigación  que permita llegar a la verdad sobre este aparecido, pero no había quién lo haga por temor a lo desconocido que bien pudo ser de fatales consecuencias. Mas, llegó el día que tocó actuar contra el licor. Fue  el licor que ingerido por unos trasnochadores que se estaban sintiendo defenestrados en su costumbre de pasar la noche caminando, armó de valor a unos cuantos de temerario coraje que resolvieron hacerle frente a LA VIUDA, que además le3 estaba privando de murmurar la vida del prójimo, y sobre todo saber de cuánto acontecía en cierta casa que a ellos interesaba, al amparo de la oscuridad y el silencio. SE PUSIERON A RECORRER LAS CALLES DE LA CIUDAD, DANDO PRINCIPIO POR LAS MÁS APARTADAS, Y AL LLEGAR POR aquella que les interesaba, la divisaron trepándose por una ventana, de pecho. “ES ELLA”, se dijeron, e inmediatamente se encaminaron allá.

La Viuda que les divisó, trató de atemorizarles yéndose contra ellos que al contrario no retrocedieron, sino que avanzaron como para darle el encuentro. La Viuda comprendió la resolución que tenían, al fin era descubierta, tomó ese camino con dirección a la puerta del Infierno que se tornaba en las noches La Pavana. Creyó que no la seguirían allá, pues, nada: penetraron tras ella que corría temerosa y perseguida, cayendo y levantando lo  que les armó de más valor a los perseguidores, ya que de tratarse de algo de la otra vida no podría tropezar y caer. La alcanzaron al fin, tomándola de una esquina del pañolón que la cubría, viendo inmediatamente que no se trataba sino de una mujer que bañada  en abundante llanto y postrada de rodillas suplicaba encarecidamente “no descubrieran a nadie su peligrosa aventura…” En la actualidad no falta una que otra viuda que no se la tiene como visión infernal, sino como una aventura de algún enjuague amoroso, expuesta eso sí a recibir el disparo de alguno que le ve, o ir a parar en la cárcel, conducida por algún policía que le haya encontrado.

 

Leyendas, Tradiciones, Relatos, Anécdotas, Variedades del Ecuador, 2004.

Portada: https://es.wikipedia.org/wiki/Viudez#/media/Archivo:The_Dowager_Electress_Palatine_in_mour

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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