Por: Hugo Garcés Paz
Quito, 20 de noviembre del 2000

 

Entrar en la selva es un proceso progresivo, pues, no por bajar de la cordillera se halla ya en la selva de nuestro Oriente ecuatoriano. La vegetación, que en un principio se hallaba representada por pajonales, va cambiando paulatinamente, con pequeñas plantas de páramo, pero a medida que pasan las horas y el viajero continúa en ese descenso, la vegetación va haciéndose más tupida, a la vez que sus ramas y hojas son de mayores dimensiones. Por allí en lontananza, asoma uno que otro árbol, quizá sea un arrayán o una palmera, casi aislado de los otros, pero rodeado por plantas que forman una especie de mancha verde. Sin embargo, si se continúa descendiendo, aquella presencia de árboles aislados va cambiando el panorama, pues son ya manchas, de árboles enlazados entre sí, en cuyas ramas se hallan plantas trepadoras, pues a medida que el piso se vuelve obscuro por la sombra, las plantas que quieren sobrevivir deben tratar de llegar a la zona donde puedan recibir los rayos solares que constituyen su vida.

Quizá, sin darse cuenta el hombre ha ido penetrando en aquella vegetación de árboles centenarios que cubren todo el terreno y si el viajero quiere continuar en su marcha debe abrirse paso a golpe de machete o buscar algún sendero que se haya ido formando, con el paso del tiempo por el andar continua de los nativos quienes, a veces, han cubierto con pedazos de troncos o ramas gruesas el piso cenagoso por el continuo gotear de las hojas y la falta de sol en el suelo.

Por fin se ha llegado a la selva de gigantescos árboles seculares, que al robar al suelo los rayos solares, este se encuentra en una penumbra eterna en donde ronda un silencio sepulcral. Solo de vez en cuando se oye, allá, en lontananza, el grito destemplado de una lora o papagayo, que es contestado, insistentemente por otros, en el extremo opuesto. Al sentir la presencia de un hombre, una pequeña bandada de pericos bullangueros alza el vuelo dentro de la maraña.

Después de mucho andar, hay un claro con la ausencia de árboles y al llegar a este lugar se comprueba que el silencio aquí es diferente al silencio de la selva. Recientemente uno se da cuenta que aquel era solamente aparente ya que está, llenó de voces y susurros de toda clase. Si no se los percibía era por la excesiva presencia de todos los sonidos a la vez, desde el susurro del viento a través de las hojas hasta el canto y chirrido de centenares de aves y animales, que al unirse todas ellas no se percibían ninguna por la deficiencia auditiva para percibir tantos mensajes a la vez. El silencio de la selva constituye una verdadera sinfonía que, solo al salir de ella se la escucha, ya que ha quedado en el subconsciente su resonancia, y es como si le hiciera falta algo, porque recientemente comprende que se hallaba como embriagado de tanto sonido armonioso, y cree aún que sigue oyendo una que otra voz de un ave o de la selva misma, que le llama: es el llamado de la selva, que pocos pueden resistirla.

En esta selva ecuatoriana se hallan deambulando varios grupos de nativos, en una vida errante de acuerdo con la necesidad de buscar alimento, pues, a medida que en un lugar escasean por haberse agotado, deben abandonarlo y buscar otro de mejores condiciones.

Su vida se halla regida por la naturaleza; y por tanto, serán sus dioses los fenómenos naturales a quienes atribuirá sus alegrías y desgracias como su existencia misma; estos dioses tutelares serán quienes aconsejen lo que deben hacer y lo que se encuentra prohibido.

Uno de estos grupos se había establecido en una zona, desde hace mucho tiempo, ya que así lo habían decidido los dioses de sus antepasados, por intermedio del Shamán (brujo o intermediario entre los dioses y los hombres), que había aconsejado al jefe de la tribu, pues se hallaban cerca de la laguna donde moraba el dios de esos contornos y al que debían rendirle adoración y pleitesía, para que él, a su vez, pueda velar por el bienestar de la tribu entera.

Efectivamente allí se encontraba en un claro de la selva una laguna en una hondonada, cuyas orillas servían de escenario para contemplar lo que en ella sucedía. En ésta había una cantidad de aves que en el centro del lago parecía realizaban con ahínco sus evoluciones, lo cual el Shamán interpretó como la adoración de éstas al dios que en el centro de aquel lago habitaba y esperaba el homenaje y adoración de todos los hombres, aves y animales.

Cada familia construyó su chocita o mejor dicho plantó unos palos a manera de pilares poniendo, como cubierta, ramas de palmeras, estrechamente entrecruzadas de modo que impidan pasar el agua lluvia. Cada casita se ubicaba en una pequeña elevación para mantener siempre seco el piso de su mansión; por lo cual, las casas no se hallan una junto a la otra, sino a cierta distancia formando una ciudadela de casas dispersas. En el espacio destinado al huerto es el hombre el encargado del desmonte, y una vez sembrada la yuca será la mujer la encargada de cuidarla hasta su cosecha, que la hará a medida que sus necesidades lo reclamen, puesto que la yuca constituye el principal alimento, tanto para servirse en sus comidas como para la fabricación del masato, una especie de papilla que resulta de la masticación de la yuca cocida para dejarla, luego, hasta que fermente y que al mezclarla con agua constituye la bebida principal y constante durante todo el día, especialmente de los hombres.

Con el pasar del tiempo dieron con una mina de oro, al seguir el cause de un río en cuyas aguas brillaban al sol pequeños pedacitos que pronto lo reconocieron como el metal precioso con el que podían fabricar diferentes objetos, especialmente, adornos tanto de mujeres como de hombres, ya que como moneda no tenía ningún valor.

Efectivamente, la mina estaba casi a flor de tierra por lo cual pudieron extraer su contenido sirviéndose de los rústicos instrumentos de que disponían, pero a medida que el oro era extraído, comenzaron a fabricar adornos para el jefe de la tribu quien, a su vez, tenía el gusto de regalar a sus esposas para que se adornasen, especialmente cuando de fiestas se trataba. Como el oro no escaseaba, los adornos fueron multiplicándose para los principales y luego para casi todas las mujeres de la tribu, hasta cuando el Shamán (brujo) dio a conocer que los dioses de la laguna reclamaban para sí, como ofrenda, en las fiestas que en su honor se realizaban.

El dios Sol que benignamente enviaba sus rayos solares a los habitantes de la tribu, en su recorrido sideral se reflejaba en el fondo de la laguna, por lo cual creyeron que en la mitad de ella había un castillo donde moraba junto con la Luna y las estrellas que también se mostraban en sus límpidas aguas.

Al presentarse una peste desconocida, el brujo, después de haber hecho ayuno por varios días, tomando solo una infusión de hierbas, había declarado que los dioses estaban enojados porque las fiestas o culto que les rendían no correspondía a su rango ya que eran muy pobres, por lo tanto pedía ceremonias de mayor significación como ofrendas, en mayor número y más valiosas.

Se acordó, entonces, que la fiesta que tendría lugar el siguiente plenilunio en que sería coronado el sucesor del jefe que era su primogénito, pues por lo avanzado de la edad declinaba su autoridad en su hijo varón. Todo lo cual estaría de acuerdo con las exigencias de los dioses. Se comenzó por preparar los alimentos que deberían servirse todos, en un lapso de, por lo menos, ocho días para lo cual se pusieron manos a la obra de acuerdo con sus capacidades.

Las mujeres fueron a los huertos en busca de yuca, a la que cocinaron hasta que se volviese blanda, para luego aplastarla en una especie de batea, sirviéndose de un palo con el extremo romo, con cuyos golpes consiguieron que se volviese una masa. Entonces las mujeres tomaron asiento a su alrededor para comenzar la masticación de la yuca, hasta que quedase completamente homogénea, momento en el cual arrojaban el bocado en una especie de vasija o de pondo, donde permanecería hasta que fermentase. Esto se realizaba simultáneamente en todas las casas, ya que cada una aportaría cierta cantidad de esta masa o masato para los días de la fiesta.

Mientras tanto los hombres salieron de cacería, para conseguir carne, sea de ave o de animales, que serviría como alimento durante las comilonas de los días festivos.

Efectivamente consiguieron abundante caza, y quienes  habían ido de pesca, también aportaron con lo suyo y las mujeres se dedicaron a preparar comida, ya cociéndolos o colocándolos sobre el fogón, para que solamente se ahumasen, la cual podría ser preparada el momento deseado.

Cuando todo estaba listo, el heredero, el Shamán, los generales que escoltarían y las doncellas que le acompañarían durante toda la ofrenda, ayunaron durante tres días, bebiendo de vez en cuando agua preparada con hiervas proporcionadas por el brujo y que, sin lugar a duda, eran alucinógenas, por lo cual tendrían sueños durante esta vigilia, cuyas representaciones serían las manifestaciones divinas aprobando o rechazando la ceremonia que se preparaba.

El día preciso se hicieron los arreglos de los vestidos de los comisionados. El heredero fue desnudado, untado con alguna esencia aceitosa, sobre la cual se le regó polvo de oro que quedó adherido a su cuerpo convirtiéndose, así, en el “hombre dorado”.

Mientras tanto las más bellas vírgenes de la región fueron lujosamente ataviadas, lo mismo que diez balsas preparadas para los guerreros que escoltarían a su nuevo soberano. El público, en general, acompañaría a la expedición desde las orillas del lago, ya que por su elevación permitiría presenciar los actos que en el centro se realizarían, acto al cual se acompañaría con música y danzas.

Cuando la luna estaba en su esplendor por tratarse de luna llena y que enviaba sus plateados rayos de luz sobre la laguna, la comitiva se puso en marcha en el orden señalado.

El primero en subir a su balsa fue el príncipe heredero, el “hombre dorado”, llevando en sus manos un cántaro que contenía oro en polvo. Luego saltaron a esa misma balsa, las vírgenes que acompañarían al príncipe, portando en sus manos hermosas piezas de oro, a la vez que su cabeza se hallaba adornada con una corona de oro y pendientes en sus orejas, luciendo en sus brazos hermosos brazaletes del mismo metal.

Por fin los guerreros que escoltarían a su nuevo soberano, saltaron a sus balsas llevando en su frente una diadema de oro, y en su diestra una lanza convenientemente adornada con hojas de colores   y con un penacho de plumas de las aves más hermosas de la región.

Al son de la música que entonaban los tambores desde las orillas, la comitiva comenzó a moverse lentamente, hacia el centro de la laguna. Mientras duró este viaje, la población entera entonaba canciones en honor de la divinidad, en tanto que los tambores retumbaban el espacio y las teas encendidas iluminaban las apacibles aguas.

Tan pronto como llegaron al sitio destinado, el príncipe levantó la mano derecha en señal de que se suspenda la música. Efectivamente todo quedó en profundo silencio, y el príncipe con voz sonora invocó al dios de las aguas indicándole que en su homenaje se había preparado esta fiesta y que los regalos que le brindaban se dignase aceptarlos como un tributo que la comunidad le hacía. Suplicó que él, en cambio, tuviese presente a sus adoradores, para ayudarles en su estadía en ese lugar, alejado de sus enemigos, que no permitiese fueran alevosamente atacados y les proporcionase caza y cosechas durante todo el año.

Terminada su invocación vertió sobre las aguas el oro en polvo que había llevado en esa vasija, para, a continuación, las vírgenes arrojar las diferentes ofrendas de oro que habían sido portadoras, las cuales, de una en una, fueron sumergiéndose en las profundidades de la laguna. Los guerreros a su vez lanzaron un grito como el homenaje viril que tributaban a su dios. Terminados estos actos, la música y las danzas comenzaron en las orillas con todos los presentes, puesto que desde donde se hallaban estaban adorando también al dios de esas aguas.

A continuación la comitiva procedió a su regreso, y al llegar a las orillas dio comienzo a la gran fiesta.

Esta ceremonia se repetiría año tras año mientras la tribu existiera.

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En tanto se había descubierto el Nuevo Mundo. Al recoger Colón los dones para los reyes católicos, llevó una cantidad de oro que había sido comisado a los nativos del continente recientemente descubierto y al hacer la entrega al Rey ponderaron sobre la existencia de este metal, por lo cual en la mente calenturienta de los españoles se pintó como que las tierras americanas, o de las indias, como lo llamaban en ese entonces, se hallaba el oro como piedras regadas en el suelo. Los aventureros españoles se multiplicaron en la América. Se conquistaron las islas del Caribe, luego Panamá y México, y desde aquella, se organizó la conquista del reino de los Incas. Al llegar a Cajamarca donde estaba Atahualpa, de lo que se preocupaban los españoles era de buscar oro, y es así cómo consiguieron un cuarto entero de este metal.

Finalmente se inventan un pretexto para la muerte del monarca por intentar sublevar a la población, pero en el fondo, era solo con el propósito de recoger el oro que en este reino existía. Cuando no encontraron este metal precioso martirizaron a los indios para que dijesen dónde podían hallarlo, y ante este suplicio, los nativos que habían oído algo de El Dorado de las selvas amazónicas, les contaron, a su modo, la existencia del hombre dorado, dueño de grandes minas hasta el punto de arrojar a la laguna enormes cantidades de este metal. Cuando les preguntaban dónde se hallaba ese reino o pueblo, los nativos solo extendían la mano en dirección a las selvas amazónicas.

Tratando de interpretar esta dirección Gonzalo Pizarro realizó la famosa expedición al Oriente ecuatoriano para regresar después diezmado su ejército, y él mismo casi desnudo, sin haber encontrado el famoso Dorado.

Benalcázar interpretó estas señales como la parte Noreste del reino de Quito, y avanzó hacia este lugar conquistando parte de lo que ahora es nuestra vecina república de Colombia, sin haber encontrado esas famosas riquezas.

¿Será, tal vez que aún exista en alguna parte de nuestras selvas orientales ese pueblo de El hombre dorado que arroja por montones el oro en la famosa laguna, en homenaje de los dioses de las aguas? Quizá alguna vez alguno de nosotros lo encontremos.

Leyendas y Tradiciones del Ecuador, Ediciones Abya-Yala, 2007.

 
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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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