Leyendas y cuentos del Cantón Portoviejo

Mancha Grande

 

Informante: Jeremías Cevallos

 

Allá por los años veinte, en la montaña de Mancha Grande, los días comenzaban a las cinco de la mañana, muy oscuro aún, nuestro abuelo Jeremías era el primero en levantarse, lo seguía nuestro padre Tiburcio.

Con apenas ocho años yo colaboraba en las labores del campo, arreando ganado para que se vayan a pastar, abriéndoles las trancas en los potreros, como se hilaban ellos hacia el otro lado del estero.

Mi padre siempre me decía: “Narciso, cuidado te quedas en el estero bañándote, acuérdate que el águila arpía anda cerca”. Recordaba siempre aquellas palabras, es por eso que andaba con cuidado; por las tardes, buscaba a mi abuelo Jeremías para que me diga algo más sobre las águilas arpías.

Contaba mi abuelo que tiempo atrás, en Mancha Grande había cualquier cantidad de águilas arpías, estas eran más o igual de grandes que un cóndor y que ellos siempre las veían en una cuerva que hay en uno de los cerros de aquel lugar.

Él todavía recuerda el día que vio a un águila arpía, llevando en sus garras un ternero hasta su aguilera; en aquellos días, en época de invierno, de la cueva caía agua y se formaba una bonita y caudalosa cascada.

De todo esto, había una leyenda. Decían que hace mucho tiempo, una bella criatura del campo, hecha ya mujer, acompañó a un grupo de amigos hasta la cascada que se formaba en invierno, bajo la cueva, a coger camarones.  Los muchachos aventaban botellas llenas con aguardiente tapadas con corcho al estero, y los camarones  con  sus grandes tenazas abrían las botellas y el líquido lo regaban; los camarones lanzaban las botellas fuera del estero y  minutos después se dejaban coger fácilmente. Mientras esto pasaba, la bella muchacha veía que en una gran roca del estero estaba un polluelo de águila arpía con una de sus alas rota, se había caído de su aguilera que estaba a la entrada de la cueva; la muchacha cogió la toalla que cargaba y envolvió con ella al frágil aguilucho y se lo llevó a su casa para cuidarlo.

Dándole mucho cariño y cera de abeja, remedio que se usaba para curar gallinas y paloma, la bella joven curó al aguilucho; llegó el día que emplumó y creció con su ala buena, siempre al lado de la muchacha revoloteaba.

El instinto del águila y por su corpulencia no se llenaba con el maíz que le daban a comer, cierto día, cogió en sus garras a un perro y se lo comió en pedazos, enojado el padre de la muchacha sugirió a sus peones que vayan a dejar al águila arpía en la cueva donde lo habían encontrado, pero la bella joven le pidió de favor que le dé otra oportunidad, que ella tendría más cuidado con el animal. El padre aceptó la oferta de su hija, ella era lo que más quería en el mundo, pero él se asustaba al ver las cuatro varas que tenía el águila arpía cuando extendía sus alas.

La chica siempre estaba atenta a que no le faltara alimento a su engreída águila, pero otra vez su naturaleza lo llamaba. Cierto día, alzando el vuelo se fue hasta el potrero y con sus garras cogió un ternero y se lo fue a comer en la copa de un inmenso árbol de mamey mata serrano que había cerca.

El padre de la joven y otros familiares que vivían en una gran casa de campo cogieron escopetas y fueron a matar a la gran ave, le dispararon por algunas veces y no le atinaban, porque este se movía en el aire; ese día no le dieron caza al águila arpía y regresaron a sus hogares. Al águila arpía no se le vio por algún tiempo por ese lugar.

Los días pasaron y un día cuando la bella joven disfrutaba de una mañana de sol con amigos y familiares en el patio de su casa, donde habían unas treinta personas, ella corría con los brazos abiertos como si fuera un ave, de pronto no se supo de donde salió el águila arpía y con sus garras la cogió y se llevó a la bella criatura.

Todos corrían de un lago a otro, los hombres fueron a coger sus escopetas y en gran número se dirigieron a la cueva donde vieron que el águila arpía se había posado; fueron acercándose unos a pie y otros a caballo con sus armas listas, cuando ven que en la entrada a la cueva estaba el águila arpía, y junto a ella en el piso de la húmeda cuerva estaba la muchacha.

Sintiendo el águila arpía la presencia de mucha gente, volvió a coger a la joven en sus garras y alzó el vuelo, en ese instante, se escuchó el estruendo de algunos escopetazos, y el águila soltó a la chica. Todos decían que vieron caer a la joven muchacha, ahí donde cae el agua de la cascada; se encaminaron más de veinte personas y buscaron el cuerpo de la joven pero no encontraron nada; algunos de ellos subieron hasta la cueva, atónitos vieron que el águila espía no estaba, lo que sí comprobaron era que estaba herida por la sangre encontrada en el lugar.

De la bella joven no había rastro alguno, la noche estaba llegando, sus familiares y amigos con un dolor inmenso, que se siente al perder un ser querido, poco a poco se fueron alejando, el último en dejar el lugar fue el padre de la muchacha.

Día tras día la buscaron y nunca encontraron su cuerpo, cerca del estero, sus familiares colocaron una cruz con el nombre de la joven, pintada de blanco con letras negras.

Mucho tiempo después varios muchachos, como era costumbre, se fueron con la intención de coger camarones al estero, en pleno invierno, en el mismo lugar donde años atrás ocurrió la desaparición de la bella joven; al llegar hasta la cascada, presenciaron un bello arcoíris, todos cuatro, al escuchar la risa de una mujer, se escondieron tras los matorrales, acercándose vieron cómo una bella chica se bañaba junto a una gran águila arpía, en ese momento uno de ellos pisó un palo seco y en ese instante la bella criatura se hundió en las aguas del estero y el águila voló con dirección a la cueva.

Esa fue una de las tantas veces que personas vieron a la joven junto al águila arpía.

Se decía que siempre la veían volando encima del águila arpía; otros la veían bañándose en el estero junto a esta inmensa ave. Con el correr de los años se formó esta bonita leyenda y que con el transcurrir del tiempo se fue olvidando…

Esto decía mi abuelo Jeremías, oriundo de aquel bello sector de mi Manabí querido, Mancha Grande.

 

Rubén Darío, Montero Loor, Cien leyendas y cuentos de la campiña manabita, 2013.

Portada: http://www.aguilapedia.com/aguila-arpia/

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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