Por:

No abrigo la menor duda de que, conforme a lo que expresa y determina el venerable código de “Leyes para la Gobernación Spiritual de las Indias” que expidió la Majestad de don Felipe II de las Españas, para que rigiesen y se cumpliesen fielmente, so pena de la sua merced, en estos remotos señoríos de las américas; “Dios que seso de home no puede entender ni hablar del cumplidamente y que es comienzo de todas las cosas espirituales y temporales también de la que parecen, como las que no parece, las hizo todas buenas en sí; mas cayeron algunas en hierro, las unas por sí, assí como el diablo, y las otras por consejo de otrí, así como el home, que pecó por consejo del diablo. Prueba palpable de esto es lo sucedido aquí en nuestra buena ciudad de Santiago de Guayaquil, allá por los años de 1640 en que el mercader Clemente Guerrero, de sencillo y honrado que era,  se tornó de la noche a la mañana en astuto y vengativo, y vendió su alma al Maligno, a trueque de su ayuda para perder irremediablemente a Salomón Estoque, su rival en el gremio, y en los amores de una enloquecedora cholita morreña, por quien más de un prójimo se bebía los vientos (desear con ansias) en aquella época. De esta mi afirmación, da fe, cabal y completa, la última parte (unas 46 hojas) del que debió ser voluminoso proceso, retazo de que, con algunos otros papeles viejos, me hizo obsequio hace poco una chiquilla guayaquileña -¡Y tan guayaquileña!- entusiasta lectora de mis necedades tradicionales, sin que al ponerlos en mis manos pudiera decirme otra cosa que ellos eran parte de un antiguo archivo que había venido transmitiéndose entre los miembros de su antigua familia, uno de cuyos antepasados, según había oído contar fue abogado en tiempo de los españoles.  De la paciente lectura de los mismos, sale este sustancioso plato, para regalo de culinaria espiritual, en el viejo solar guayaquileño.

Pulpería grande y bien surtida tenía la Ciudad vieja de Guayaquil, al correr del siglo XVII, y de la –Calle del Tigre- el jovial mercader murciano Salomón Estoque, radicado en el puerto,  ya para entonces,  por más de tres años en que, dejando en la Península mujer e hijo al cuidado de sus parientes, vinera por estas  bienaventuradas tierras de América, en logro de rápida fortuna. Y por venir también muy al pelo (a propósito/ que viene muy bien en ese momento), cabe consignar aquí el triste origen del nombre de esta calle, que fatalmente no puedo localizar, y que no  es otro que el de haber sido asaltada y medio devorada, en aquel contorno, cuando apenas empezaba alzarse la fundación española, por un tigre hambriento que saliera de la cercana montañuela, e irrupcionara sorpresivamente en la villa, una menor de cinco años, hija de doña María de Carranza quien, por descuido de sus mayores, había bajado inadvertidamente de su casa y se entretenía jugando en los alrededores. Declaro formalmente que hay documento que da cuenta de este desgraciado suceso, con plelos y señales.

Pero volvamos a lo principal, es decir, a nuestro pulpero Estoque, y digamos que había bautizado su establecimiento con el sugestivo nombre de La Torre de Babel, el que figuraba pintado con caracteres grandes y negros sobre un tablero que coronaba la puerta principal de la entrada. Lógico es suponer que con tal título se quería dar a entender que allí se encontraban y confundían, para ofrecerse al público, todos los frutos de la tierra, con los que llegaban de afuera para el consumo.

En mayor beneficio del negocio era el murciano ladino (astuto y de habla fácil) y dicharachero, poseía el secreto de granjearse la voluntad de quienes le trataban y se mostraba grandemente servicial para con las autoridades y vecinos de distinción. Con estos medios y con verdadera intuición italiana para el teje y maneje del ramo de pulpería, y dos años largos de privaciones de todo género, en el afán de crearse un capitalito, había entrado en el tercero con una decente fortunita, consistente en apreciable número de relucientes onzas, con la efigie de los Austria (tipo de moneda), las que guardaba, cauteloso en bolsas de cuero cuyas bocas amordazaban sólidos candados de hierro. En los días en que de él nos ocupamos, seguro ya de la estabilidad y del auge de sus operaciones, don Salomón, como le llamaban comúnmente, habiendo advertido de pronto que era justo también en compensación a las pasadas estrecheces y rudas faenas dar ciertas satisfacciones a los sentidos,  lo que es legal y justo cuando se tiene cómo  hacerlo sin comprometer la gallinita de los huevos de oro, se echó a vestir con buenas ropas, a gustar de potajes sustanciosos, rociados con vino de buen beber y, a procurarse los favores de alguna fembra (hembra) placentera, todo ello, desde luego, con el debido recato social. Aprovechaba los días festivos en que permanecía cerrada su pulpería para estrechar camaraderías  con la mejor gente de su esfera: maestros mayores de oficio, pilotos y contramaestres de los barcos del rey, o de particulares, sastres y zapateros del señorío, caciques, dueños de pequeñas fincas, mayordomos de grandes terratenientes, o de encomenderos en fin, lo que hoy se diría la burguesía de ese entonces, sumisa y respetuosa del rey de la ley, y reñida con toda fiesta en que hubiera husmeo de intervención por parte de alguaciles y corchetes (Ministro interior de justicia, encargado de prender a los delincuentes).

Hecha la presentación de Estoque y conocida la vida y el trato que se daba en los días que de él nos ocupamos, vengamos a saber quién era Clemente Guerrero y cuáles fueron las causas de que se pusiera en puntas (tener diferencias), con su paisano, el de Murcia. Declara Guerrero en una de las piezas del juicio, que era oriundo de la villa de Berlanga, en la provincia de Badajoz, diócesis de León y el priorato de San Marcos y, concuerdan siete testigos que actúan en el enredijo (enredo), que era “sujeto de conducta ejemplar, caritativo, sabedor de la doctrina cristiana, cumplidor de los preceptos de la  Santa Madre Iglesia, y enemigo declarado de toda clase de juegos y diversiones, cerrando puntualmente su tienda, a la hora que se tocaba la campana de apagafuego en que iba a dormir con su mujer, con la que siempre había cohabitado”. Copio textualmente y pongo a disposición de quien se permita dudarlo,  el retazo del célebre proceso de que me valgo,  y en que están escritas estas palabras; ni una más, ni una menos.

El Guerrero, y así he de llamarlo en adelante, porque luego veremos que tuvo mucho de su apellido, y muy poco de su nombre, tenía su pequeña pulpería en la esquina opuesta al costado izquierdo de la iglesia de Santo Domingo, de cuyos frailes era gran devoto, con frente a la plaza, y en una covacha perteneciente al Capitán Sebastián Rodríguez, alcalde ordinario del Cabildo, construcción que iniciaba la callejuela, denominada del “Cacique” por alzarse en la misma, y a corta distancia de la primera, una espaciosa casa de madera, cubierta de teja, especie de mansión solariega de la familia indígena Coyche, cuyos cercanos antepasados habían sido Señores de la tribu de los Colonche cuando llegaron a la tierra los conquistadores hispanos. Los miembros de esta estirpe fueron los primeros en meterse bajo las banderas del rey de España, jurándole obediencia y fidelidad, siendo señalados los servicios  que prestaron a la Corona para la pronta y definitiva pacificación de las tribus alzadas, entre las que gozaban de gran ascendiente, y contribuyendo  a la estabilidad de la fundación de Santiago de Guayaquil, que pusiera por obra el capitán extremeño (persona que viene de la región de Extremadura, en España) Francisco de Orellana. En premio de esta conducta, el monarca había agraciado al jefe de esta familia con ciertos privilegios y franquicias, extensivos a sus inmediatos sucesores, por línea de varón , por medio de una real cédula, expedida en el Prado a 8 de noviembre de 1595, y en la cual se reconocía la posesión y perpetuo dominio sobre una vasta extensión de terreno  en las vecindades de “El Morro” que le pusieron en condiciones de levantar con el tiempo una buena hacienda de ganado, piaras de cerdos y chacras de hortalizas y granos, con cuyo producto vivían los suyos cómodamente, y les permitió adquirir más tarde, solar de la ciudad, en que levantaron la casa a que aludimos, y la que diera, por la mejor de ella, nombre a la calle en que, como hemos visto, estaba ubicada la pequeña pulpería del inclemente Guerrero. Varios hombres del Coyche, de pura sangre indiana, había engendrado, durante los días de la Conquista, de aquellos recios soldados españoles que con audacia incomparable vinieron desde tan lejos a someter a su gobierno a las hermosas tierras que descubrían. Del amoroso abrazo entre dos razas que hasta entonces se habían desconocido y nunca cruzado,  de la mezcla de esas dos sangres generosas y ardientes surgió la nueva casta chola, que perdura y predomina en nuestras Américas.

Barrunto (suponer) que el Guerrero de nuestro cuento, a pesar de la pintura que de él hacen los testigos que en el juicio deponen en su abono, pudo habérsele tarareado al paso por la puerta de su pulpería “Si la envidia fuera riña, ¡qué de riñosos no hubiera!”

Y digo esto porque entre los múltiples acusaciones que el mercader de Badajoz presenta en un pliego adjunto a la denuncia, hecha con fecha 27 de mayo de 1640 al corregidor de la ciudad, y al Familiar del Santo Oficio (magistrado del Tribunal de la Inquisición) en ella,  contra el feliz don Salomón, hay cosillas de esta índole, demasiado elocuentes  para tener mi criterio por bien fundado: “e, con grave escándalo y daño de este vecindario es el solo que expende la leche que viene a la ciudad, y la tiene apalabrada, y sale a marcarla  a las entradas de ella”, y en otro lugar: “ítem más, siendo el único que vende vino, aceite, vinagre y cera de Castilla, les pone precio de su voluntad y capricho, encareciendo estos renglones, con el desventaja de los consumidores” ¡Y  si siguiera yo expulgado en las quejas!

Tenemos, pues, que admitir razonablemente que el competidor de Salomón Estoque puede que con más conciencia, pero seguramente con menos ciencia que éste en el bello oficio de medir corto y pesar escaso, con lo que habría demostrado ignorancia crasa de sus sólidos fundamentos, venía tragando grueso, y con la bilis movida, bajo una aparente capa de disimulo, apercibidores, cómo a su dichoso rival le llegaba la fortuna que a él se le mostraba tan esquiva.

Amargado, quejóse un día de su desventura al guardián de los buenos padres franciscanos, reverendo Hermógenes Pérez de Orcolaga, dejándole entrever un cierto resquemor de celos hacia su cócora (persona que molesta), y desde entonces subiéndole más la mostaza a las narices, porque el buen fraile le aconsejó conformidad, cantándole la antífona de lo que “a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga”.

Alicaído se separó del guardián franciscano el quejumbroso mentecato, mascullando:

-Alcornoque de fraile, bueno estoy yo para resignaciones, con el maldito murcio que no me deja levantar cabeza.

Malvenido y amargado vivía pues en Guayaquil el pulpero badajocense, pudriéndose las entrañas con los vientos prósperos que le soplaban al hijo de la huerta murciana, cuando un nuevo y poderoso motivo -¡y qué motivo!- vino a ser que se le colmasen las medidas y que se pusiera a buscar, resueltamente, un medio seguro para labrar la ruina de éste, haciéndole sentir el peso de su tremenda venganza. Obstinadas fueron desde entonces sus cavilaciones, largos sus desvelos; pero, como de escasa mollera no brotara el pan apetecido, dándose al diablo, se puso a llamarlo en su auxilio  con todas las fuerzas espirituales de que se sentía capaz. El caso inaudito era que Estoque, no contento con defraudarlo de todo negocio, con quitarle todos los parroquianos y no dejarle campo para amasar una punta, a toda hora del día como de la noche, se le presentaba, también ahora, decidido y amenazante para disputarle el amor de una incitante cholita que le tenía sorbido el seso, y echándole a perder el poco juicio que le quedaba.

A la casa de los Coyche, en Guayaquil, venía desde sus campos para pasar los inviernos con mayores comodidades y menos rigores, una buena parte de la numerosa familia, y por el tiempo en que se desarrolla nuestro relato, lo hacía invariablemente, medio achacoso ya, el viejo Estanislao, patriarca de la misma, a quien acompañaban dos o tres de sus hijas, casadas y con prole, y su nieta Natividad, que abría y desplegaba sus encantos de mujer al soplo ardiente de las quince primaveras.  Era la mocita de quien vamos a ocuparnos,  fruto y recuerdo de un lejano devaneo entre la mayor de las muchas guapas hembras que en su larga y sólida vida engendrara el Coyche que venimos de nombrar, y un chapetón que vino por acá con intención de establecerse en la región, pero que luego siguió adelante en busca de nuevas aventuras. Como la madre muriera, dejándola de tres años, el acomodado abuelo la había recogido y criándola en su casa con todo mimo, al cuidado de sus otras hijas ¡Y cómo no habría de hacerlo!, cuando él se sentía ufano y se jactaba públicamente de que por las venas de su gente corría sangre de conquistadores españoles, y declaraba con todo desenfado que,  por enriquecerla en sus sucesores, no opondría reparo alguno y antes bien lo vería con agrado,  si sus hijas y nietas llegaran a concebir de varón peninsular. Aquello de que el marido, que para el efecto las viniera a buscar fuese autorizado por el cura o solo por la madre Naturaleza era para él asunto  de secundaria importancia, con tal que el sujeto no fuera un desvergonzado, ni la polla se mostrara licenciosa. No señor, todo debía ser con el pudor y el recato debidos, para hacer honor a la cédula real escrita en pergamino y en que el monarca había trazado su augusta rúbrica por dar fe y dejar constancia en el futuro de los orígenes, méritos y servicios de su honorable familia.

Y érase  que se era por ese tiempo la cholita Natividad lo que los mozos desvergonzados de ogaño llamarían un bocadito de cardinale (que vale la pena probar por su finura y delicia). Su larga y abundante cabellera tenía el color y el lustre del azabache, y su piel, que dejaba adivinar la suavidad del terciopelo, y se mostraba por donde fuese visible, parejamente teñida de un tinte canela ligeramente arrebatado, hería el olfato de quienes se le acercaban, con un perfume singular en que había aroma de almizcle y unos ojos grandes, rasgados y guarnecidos de largas y pobladas pestañas, ojos que eran dos tempestades deshechas, y la nariz, de distinguido corte, mantenía las ovaladas fosas nasales en perpetua agitación. Por entre los labios sensuales de su pequeña boca, que tenían el rojo de la cereza, asomaban dientes grandes, de un bello marfilino, y todas las carnes de su bien medido cuerpo eran apretadas y duras. Bajo el cuello flexible y torneado con perfección se mantenían eréctiles e incitantes sus dos menudos senos, de incomparable hechura.  Sus pies eran bien proporcionados, su andar ligero y nervioso, sus gestos y ademanes vivaces y desenvueltos, su risa franca y oportuna, su lenguaje fácil y con dejo de picardía. ¡Era la cálida carne de una rebelde cacica, grávida del alma de Andalucía!

Cuando la apetitosa cholita Natividad alcanzó la sazón que vengo  de presentarla, no hubo quien del otro sexo la viera, que no se quedara patidifuso, echando la baba y con la papilla cerebral ida a los calcañares (parte posterior del pie), poniéndose a darle, en adelante, vuelos y revuelos, arrastrando el ala; unos con santa intención, y otros con intención no santa; pero la picarona se la conocía muy bien a unos y otros, y les cortaba a tiempo los vuelos, sin darles lugar para lo que de aquí te cojo, y aquí te mato. No era para ellos, y así se los decía presto entre burlas y veras. No; hasta allí no se le ponía por delante el mortal afortunado a quien porque sí, es decir, porque le viniera en ganas, habría de darle las primicias de sus encantos de mujer.

Pero llegó, aunque no sepamos cómo fue lo de caerle en gracia, ya que en el curso del proceso solo se alude a estas íntimas relaciones como hecho cumplido, y no fue otro en servirse del sabroso potaje, que el ladino y feliz de nuestro Salomón Estoque, con terrible desengaño y desesperación sin límites por parte del archi desventurado Clemente Guerrero, quien pretendía tener sitiada la plaza y en vísperas de rendirla;  pero a quien se le pasó por sobre las narices su eterno contrincante,  tomándola por asalto, sin que el gran majadero de Badajoz se hubiera dado cuenta del asunto. Al caer en ello, convencerse de lo irremediable de la catástrofe y  cerciorarse de que la hipócrita parejita andaba ya en mayores, al amparo de la teoría del estúpido abuelo Estanislao, alzó el campo precipitadamente por no continuar en el ridículo,  mas lo hizo destilando veneno y jurándose que esta incalificable infamia tendría su merecido y tremendo castigo. Fue entonces cuando, desconfiado de su mollera, y siempre temeroso de la buena estrella de su abominable rival, púsose a invocar a Satanás con toda el alma, para que le proporcionara la receta infernal de que había tanta urgencia.

El diablo no se hace llamar mucho cuando le llaman con ganas, y una noche, después que el gallo cantó las doce y las hubo chirriado la lechuza,  horas que sorprendieron en vela al poseído Guerrero, renegado, maldiciendo y mesándose los cabellos a la luz mortecina de un candil, encerrado en un cuartucho anexo a su pulpería que le servía de dormitorio, cuando, entre sapos y culebras que echaba por su avinagrada boca, le salió rotundo y sonoro el preciso nombre, oyó de pronto junto a él  una voz grave y cavernosa que decía:

-No alborotes… ¡heme aquí!

El pulpero badajocense alzó la vista y miró sin arredrarse (atemorizarse) al ilustre personaje que se le aparecía,  sentado sobre un banquillo frente al que ocupaba. Vestía su Majestad Infernal el traje clásico de los cartularios (escribano o notario) de la época, llevaba a horcadas sobre sus rojas y velludas  narices gafas negras y cuadradas, y traía recién tajada pluma negra de ganso tras la suya puntiaguda oreja derecha.

-Mercachifle insípido, que te andas con la ventura de la barca,  la mocedad trabajada y la vejez quemada; estampa, firma y rúbrica al pie de ese pagarecito, a vender el día que el Otro te saque el alma del almario que, a cambio, te daré a esgrimir un arma con la cual dejarás a tu misero enemigo sin soga y sin cabra, es decir, que podrás volarle la buena pulpería y soplarle la real mocita causa de tus congojas. No te andes con remilgos que estoy de prisa, pues es mucho lo que tengo por hace en el resto de la noche.

Oída la oferta tentadora por el envenenado Guerrero, tomó el pergamino y la pluma que el falso cartulario le tendía y, decidido y rápido suscribió sin pestañar el pacto de su condenación. Luego que el Roñoso se lo hubo guardado bajo el jubón, invitó a su víctima a que tomara asiento frente a una mesita en que había recado de escribir, murmurando:

-Ahora, mi señor don Clemente, escriba Ud. con toda gravedad lo que voy a dictarle, que es cosa de códigos, en cuya confección, vengo interviniendo e intervendré hasta la consumación de los siglos –y el Maldito, puesto de pie al lado del empecatado (a quien le salen mal las cosas), le dictó la siguiente denuncia que, en papel del rey, está escrita de puño y letra de Guerrero,  y cosida al juicio de  mi referencia; importante documento que reproduzco íntegro, porque vean mis lectores cómo se ajusta a la verdad histórica ésta mi narración:

……….

Llegado este diabólico parte a manos del señor Corregidor de la ciudad y jurisdicción, que lo era el maese de campo don Juan de Hinojosa Chávez, cruzado en la Real y Militar orden de Santiago, sostuvo larga y secreta conferencia con el presbítero Fernando de Saavedra, vicario de Guayaquil y comisario delegado del Santo Tribunal de la Inquisición, con asiento en la ciudad de Lima, como consecuencia de lo cual se produjo aquel mismo día una nueva y más numerosa reunión, pero siempre con el carácter de impenetrable, a la que concurrieron por cita especial del Vicario Inquisidor: fray Bernardo de Quiroz, provincial de los dominicos; fray Joan de la Coba, prior de los agustinos; fray Hermógenes Pérez de Orcolaga, guardián de los franciscanos; como también don Antonio de Castro y Guzmán, alcalde de la Santa Hermandad, a ruego del Corregidor. Conocido el grave motivo de la reunión, y cambiados y discutidos unos y otros pareceres, se convino en que fray Bernardo de Quiroz “en atención al celo demostrado en todo tiempo y lugar por su Benemérita orden en la persecución de herejes y brujos, y por ser ella la Milicia Predilecta de la Benéfica y Humanitaria Institución del Santo Oficio,  procediera,  en forma rápida y confesional, a oír a los testigos que a bien tuviera y a presentar, según su reconocida sabiduría, la sentencia que a bien tuviere, conforme a las leyes de Indias, la que sería aprobada y ejecutada en el preciso término de 24 horas, en que volverían a reunirse, cautelosamente, los presentes”.

El dominico -¡era de esperarse!-  se desempeñó a las mil maravillas y con todo el fervor que para esta clase de trabajos caracteriza a los suyos, y al siguiente dia y a la hora convenida, tornaron a congregarse en la casa habitación del Señor Corregidor todos los actores en este amasijo con excepción del buen franciscano, quien se excusó de seguir actuando, ya “por causa de repentina indisposición  que le obliga a guardar cama,  ya, porque su humilde parecer, ni quitaba ni ponía valor a la sabia resolución que se adoptase”. Alma noble la de este Pérez Orcolaga,  y fiel servidor de la doctrina de su excelso Maestro de Asís.

El discípulo del exaltado, hijo famoso de Calahorra, se las ingenió, aunque con promesa de guardar sigilo ante el público,  a nueve testigos hábiles “vecinos honrados de la ciudad, viejos cristianos y de reconocida piedad”, todos acordes en afirmar que Salomón Estoque “era casado en el reino de España, como él mismo lo decía sin reserva alguna, e con hijo de corta edad, e haberle conocido en esta ciudad por más tiempo de cuatro años, sin ausentarse de ella, ni traer a su mujer, y, antes, estar entretenido con una de las hijas del cacique Coyche; e encarecer las mercaderías, por marcar los abastecimientos en las afueras del poblado; e rociar el vino con agua, por sacar más de su producto; e tener nombre israelita, e ir a la iglesia, como lo tienen entendido por sarcasmo, o quizá por no hacerse sospechoso al Santo Oficio; e venirles a la memoria, que alguna vez lo vieron con camisa nueva e limpia, en día sábado, que según entienden agora, es señal de hereje judaizante, como lo enseña el Bienaventurado Tribunal de la Inquisición”. Estos caritativos prójimos eran Julio Ronquillo, curtidor; Pedro González, carpintero; José Figueroa, herrero; Domingo Galbán, sacristán de Santo Domingo; Francisco Muñoz, piloto de un barco del Capitán Diego de Orozco; Blas Latino, tejedor; Vicente Díaz, pregonero; Juan Salvador, portero del Cabildo y Vicente Laredo, carnicero.

Examinadas prolijamente “estas pruebas condenatorias”, quedaron los severos jueces plenamente convencidos de los graves delitos de que era reo el ruin pulpero Salomón Estoque, quien había venido engañando vilmente, por tanto tiempo, al noble vecindario de Guayaquil; y como el Señor Corregidor tuviera muy fresco en la memoria el recuerdo que, por reciente carta exhortatoria, había hecho al ilustre Cabildo don Pedro de Toledo y Leiva, Marqués de Mancera, Señor de las Cinco Villas y su jurisdicción, Comendador de Esparragal en la Orden de Alcántara, Gentil Hombre de la Cámara de su Majestad, de su Concejo de Guerra, y Virrey y Lugarteniente, Gobernador y Capitán General de los reinos y provincias del Perú, Tierrra Firme y Chile, etc.,  para que “bajo el Real desagrado y penas severísimas, se cumpliesen en adelante al pie de la letra las disposiciones de las Leyes de Indias que parecían menospreciarse en este Corregimiento”, y ofreciéndose la feliz coyuntura de estar al punto de hacerse a la vela con rumbo al Presidio de Portabelo, un falucho de la Real Armada, quedó resuelto que, incontinente, y sin más trámite, el alguacil mayor hiciese prender al criminal Estoque, y sin más explicación “le hiciere echar cadenas y le entregara abordo con carta explicativa, que escribiría el Señor Corregidor, al Castellano de la nombrada fortaleza, enterándole del caso, para que éste lo hiciere cohabitar con su mujer propia, como está ordenado por el Rey, y que se cierre la pulpería, y que las mercaderías sean entregadas a Clemente Guerrero su denunciador, para que cumpla con lo que tiene prometido, e se avise también al Santo Oficio de Sevilla  de las fundadas sospechas que hay de que ese sujeto pueda ser hereje judaizante”.

La estúpida y bárbara sentencia se cumplió al pie de la letra, con gran sorpresa y alboroto del vecindario,  por la forma inesperada y aparatosa con que se llevó a cabo, sin permitir al aterrado Estoque decir oste ni moste (sin decir nada), ignorante del motivo por el cual se le arrebataba violentamente el fruto de su honrado trabajo, y el derecho a las dulces caricias de la bella Coyche. Nunca supo el mísero que había sido víctima de una receta infernal, por la cual vendió su alma al diablo el miserable Guerrero, su paisano, por satisfacer la inhumana venganza que le inspiraban sus triunfos en el amor al oficio y en el oficio del Amor.

Leyendas Ecuatorianas, varios autores, Quito, Ariel Clásicos, 2013.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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