Por Edgar Allan García

 

El cacique Guayas estaba preocupado por el futuro de su pueblo. Las historias que le habían contado sobre unos hombres pequeños de rostro barbado, espadas como rayos y armas retumbantes como truenos, eran terribles, pues anunciaban la cercanía de una guerra inevitable.

Qué será de nosotros, se decía en silencio, mientras caminaba junto a Quil por la rivera del gran río de los Huanca Huillcas. Lo que más me dolería, pensó tras un suspiro, es tener que abandonar estas tierras por las que aún deambulan los espíritus de nuestros antepasados. Desde pequeño aprendí que, cuando al anochecer el viento sopla enérgico entre los manglares, es posible escuchar con claridad asombrosa la voz de nuestros amados abuelos y abuelas, susurrándonos viejas historias de amor, sacrificio y hazañas increíbles. Más ahora me doy cuenta de que, si en ese silbido que se hunde en la noche profunda está nuestra historia, en esa misma música sagrada para mis oídos esconde el misterio de nuestro destino.

Mientras esto pensaba, el viento sopló aún más recio entre los manglares. Una nube semejante a una garra ocultó en un instante la luna, los cangrejos corrieron a esconderse bajo el lodo y un extraño presentimiento se apoderó del corazón de Guayas. En un impulso abrazó con fuerza a la hermosa Quil, como queriendo protegerla de los duros tiempos que estaban por venir, aunque ya en el fondo de su corazón sabía que todo era inútil, que ya nunca más su pueblo sería feliz en esas tierras bendecidas por el Sol.

Los días pasaron veloces como cuervos en desbandada. El maíz, que habían plantado a comienzos de año, aún estaba tierno cuando los soldados españoles llegaron cerca del poblado, montados sobre veloces animales nunca antes vistos. Guayas rápidamente organizó el embarco de las mujeres y niños en largas canoas dirigidas por hábiles navegantes que tenían la consigna de no parar hasta llegar a la isla Puná. La hermosa Quil iba en una de las naves y, sollozando, alzaba las manos en señal de despedida. Si le hubieran dado a escoger, ella se habría quedado a luchar mano a mano con su esposo, mas comprendía que Guayas la quería a salvo de los invasores, pero sobre todo muy lejos de la muerte ya que se podía oler en el aire. Las canoas enfilaron con rapidez rumbo a los manglares. Solo se escuchaba el chapoteo de los canaletes en el agua. El silencio se había vuelto aterrador.

De pronto, se escuchó un trueno y otro. Las mujeres y niños miraron espantados hacia la orilla. Vieron cómo los invasores disparaban armas que llenaban de fuego el aire y montados sobre veloces animales arremetían contra el poblado. La desigual batalla no pudo durar más de unas cuantas horas. Los Huanca Huillcas pronto se dieron cuenta de que no estaban preparados para una batalla de esa naturaleza y, en medio de la confusión, Guayas fue hecho prisionero por varios soldados españoles.

¡Entréganos tus tesoros! ¡Queremos oro!, ¡perlas!, ¡esmeraldas!, rugían todos los días los hombres barbados. Guayas se negaba a escucharlos. Las figurillas de oro y plata, que habían logrado esconder bajo tierra, eran sagradas para los Huanca Huillcas. Ellas representaban el aliento del Sol, los cabellos de la luna, los ojos del agua, el canto de la vida, de esa vida que palpitaba en cada mazorca de maíz con que se alimentaba su pueblo.

Los españoles pronto comprobaron que contra aquel hombre valiente y silencioso no podrían lograr nada de lo que querían. Uno de ellos dijo: si como nos imaginamos, él es el único que sabe dónde está enterrado el tesoro, todavía podemos jugarnos una última carta: su mujer, sí, es una buena idea, exclamó uno de ellos, la india podrá lograr lo que no han podido nuestras amenazas.

Guayas no sabía que los invasores habían capturado a Quil no muy lejos de ahí; no sabías que ella, en su angustia había logrado desembarcar y regresar para saber cuanto antes de la suerte de su esposo. Por eso Guayas, impasible ante su propia muerte, no esperaba lo que estaba a punto de ver; de pronto la puerta de la celda se abrió y Quil apareció ahí, frente a él, cabizbaja, golpeada, encadenada de pies y manos.

Con ella como rehén, los españoles esperaban sacarle la información que necesitaban, pero en contra de lo que esperaban, Guayas se transformó en un instante en algo parecido al viento furioso que soplaba en los manglares al atardecer; se abalanzó contra uno de los guardias, le arrebató una daga del cinto, empujó a quienes intentaron detenerlo y con la daga color de luna le quitó la vida a Quil. De inmediato, con la misma asombrosa rapidez, Guayas se introdujo la daga en el estómago y quedó tendido en medio de la celda, abrazando a la hermosa Quil. Los españoles no entendían lo que había pasado, pero para el desesperado Guayas, la muerte había sido la única forma de que ambos alcanzaran en un soplido de viento la libertad.

Pero Guayas no murió. Aquel indio de mirada pacífica y rostro de roca, que fue dado por muerto y abandonado junto a Quil a la salida de la celda, fue rescatado esa misma noche por los curanderos Huanca Huillcas. De esta manera, una vez que Guayas sanó de su herida, volvió a ser el guerrero indomable que siempre había sido; pocos meses más tarde, lideró un levantamiento indígena del que solo escalparon con vida dos españoles.

Pero pese a la momentánea victoria, Guayas no lograba curarse de otra herida más profunda aún: la ausencia definitiva de su amada Quil. A tanto llegó su dolor que una mañana, luego de un indomable insomnio, mientras el Sol naciente empezaba a acariciarle el rostro ensombrecido, creyó ver la hermosa figura de Quil caminando lentamente sobre las ondas del río. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia la orilla, desde un montículo de arena gritó su nombre y, al no obtener ninguna respuesta, saltó para siempre a las correntosas aguas pobladas de terribles  remolinos. Desde entonces, aquel sitio fue honrado con el nombre de los dos amantes: Guayas y Quil, Guayaquil

 

Leyendas del Ecuador, Alfaguara, 2000.

Portada: https://enviajes.cl/ecuador/guayaquil/

 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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