Por: Ricardo Palma

 

El puerto de Paita [1], por los años de 1856, en que era yo contador a bordo de la corbeta de guerra Loa, no era, con toda la mansedumbre de su bahía  y excelentes condiciones sanitarias, muy halagüeña estación naval para los oficiales de marina. La sociedad de familias con quienes relacionarse decorosamente era reducidísima. En cambio, para el burdo marinero, Paita, con su barrio de Maintope, habituado una puerta sí y otra también por proveedoras de hospitalidad (barata por el momento, pero carísima después por las consecuencias), era otro paraíso de Mahoma, complementado con los nauseabundos guisotes de la fonda o cocinería de don José Chepito, personaje de inmortal renombre en Paita.

De mí sé decir que rara vez desembarcaba, prefiriendo permanecer a bordo entretenido con un libro o con la charla jovial de mis camaradas de nave.

Una tarde en unión de un joven francés dependiente del comercio, paseaba por calles que eran verdaderos arenales. Mi compañero se detuvo a inmediaciones de la iglesia y me dijo:

-¿Quiere usted don Ricardo, conocer lo mejorcito que hay en Paita? Me encargo de presentarlo y de seguro que será bien recibido.

Ocurrióme que se trataba de hacerme conocer alguna linda muchacha y como a los veintitrés años el alma es retozona y el cuerpo pide jarana, contesté sin vacilar.

-A lo que estamos, benedicamos, franchute.[2]

 Andar y no tropezar.

-Pues en route, mon cher.[3]

Avanzamos media cuadra de camino y mi cicerone se detuvo a la puerta de una casita de humilde apariencia. Los muebles de la sala no desdecían en pobreza. Un ancho sillón de cuero con rodaje y manizuela, y vecino a éste un escaño de roble con cojines forrados en lienzo; gran mesa cuadrada en el centro; una docena de silletas de estera, en las que algunas pedían inmediato reemplazo;  en un extremo, tosco armario con platos y útiles de comedor, y en el  opuesto una cómoda hamaca de Guayaquil.

En el sillón de ruedas, y con la majestad de una reina sobre su trono, estaba una anciana que me pareció representar sesenta a lo sumo. Vestía pobremente, pero con aseo, y bien se adivinaba que ese cuerpo había usado en mejores tiempos gro[4], raso y terciopelo.

Era una señora abundante de carnes, ojos negros y animadísimos, en los que parecía reconcentrado el rostro de fuego vital que aún le quedara, cara redonda y mano aristocrática.

-Mi señora doña Manuela- dijo mi acompañante, presento a usted este joven, marino y poeta, porque sé que tendrá usted gusto en hablar con él de versos.

-Sea usted señor poeta, bien venido a esta su pobre casa -contestó la anciana, dirigiéndose a mí con un tono tal de distinción que me hizo presentir a la dama que había vivido en alta esfera social.

Y con ademán lleno de cortesana naturalidad, me brindó asiento.

Nuestra conversación en esa tarde fue estrictamente ceremoniosa. En el acento de la señora había algo de la mujer superior acostumbrada al mando y a hacer imperar su voluntad. Era un perfecto tipo de la mujer altiva.

Su palabra era fácil, correcta y nada presuntuosa, dominando en ella la ironía.

Desde aquella tarde encontré en Paita un atractivo, y nunca fui a tierra sin pasar una horita de sabrosa plática con doña Manuela Sáenz. Recuerdo también que casi siempre me agasajaba con dulces, hechos por ella misma en un braserito de hierro que hacía colocar cerca del sillón.

La pobre señora hacía muchos años que se encontraba tullida. Una fiel criada la vestía y desnudaba, la sentaba en el sillón de ruedas y la conducía a la salita.

Cuando yo llevaba la conversación al terreno de las reminiscencias históricas, cuando pretendía obtener de doña Manuela confidencias sobre Bolívar, Sucre, San Martín y Monteagudo[5], u otros personajes a quienes ella había conocido y tratado con llaneza, rehuía hábilmente la respuesta. No eran de su agrado las miradas retrospectivas, y aún sospecho que obedecía a calculado propósito el evitar toda charla sobre el pasado.

Desde que doña Manuela se estableció en Paita, lo que fue en 1850, si la memoria no me es ingrata, cuanto viajero de alguna ilustración e importancia pasaba en los vapores, bien con rumbo a Europa o con procedencia de ella, desembarcaba atraído por el deseo de conocer a la dama que logró encadenar a Bolívar. Al principio doña Manuela recibió con agrado las visitas, pero comprendiendo en breve que era objeto de curiosidades impertinentes, resolvió admitir únicamente a personas que le fueron presentadas por sus amigos íntimos del vecindario.

Esbocemos ahora la biografía de nuestra amiga.

Doña Manuela Sáenz, perteneciente a familia de holgada posición social, nació en Quito, en las postrimerías del pasado siglo, y se educó en un convento de monjas de su ciudad natal. Era en dos o tres años mayor que su compatriota la guayaquileña Campuzano.[6] En 1817 contrajo matrimonio con don Jaime Thorne, médico inglés que pocos años más tarde vino a residir en Lima, acompañado de su esposa.

No podré precisar la fecha en que, rota la armonía del matrimonio por motivos que no me he empeñado en averiguar, regresó doña Manuela a Quito; pero debió ser a fines de 1822, pues entre las ciento doce caballeresas de la Orden del Sol figura la señora Sáenz de Thorne, que indudablemente fue una de las exaltadas patriotas.

Después de la victoria de Pichincha, alcanzada por Sucre en mayo del 22, llegó el Libertador a Quito, y en esa época principiaron sus relaciones amorosas con la bella Manuelita, única mujer que, después de poseída, logró ejercer imperio sobre el sensual y voluble Bolívar.

Durante el primer año de permanencia del Libertador en el Perú, la Sáenz quedó en el Ecuador entregada por completo a la política.  Fue entonces cuando, lanza en ristre y a la cabeza de un escuadrón de caballería, sofocó un motín en la plaza y calles de Quito.

Poco antes de la batalla de Ayacucho[7] se reunió doña Manuela con el Libertador, que se encontraba en Huaura[8]

Todos los generales del ejército sin excluir a Sucre, y los hombres más prominentes de la época tributaban a la Sáenz las mismas atenciones que habrían acordado a la esposa legítima del Libertador. Las señoras únicamente eran esquivas con la favorita, y ésta, por su parte, nada hacía para conquistarse simpática benevolencia entre los seres de su sexo.

Al regresar Bolívar a Colombia quedó en Lima Manuela, pero cuando estalló en la división colombiana la revolución encabezada por Bustamante contra la Vitalicia de Bolívar, revolución que halló eco en el Perú entero[9], la Sáenz penetró disfrazada de hombre en uno de los cuarteles con el propósito de reaccionar un batallón. Frustrado su intento, el nuevo Gobierno la intimó que se alejase del país, y doña Manuela se puso en viaje hasta juntarse con Bolívar en Bogotá. Allí Bolívar y su favorita llevaron vida íntima, vida enteramente conyugal, y la sociedad bogotana tuvo que hacerse de la vista gorda ante tamaño escándalo. La dama quiteña habitaba en el Palacio de Gobierno con su amante.

La Providencia reservaba a la Sáenz el papel de salvadora de la vida del Libertador pues la noche en que los septembristas[1] invadieron el palacio, doña Manuela obligó a Bolívar a descolgarse por un balcón y viéndolo ya salvo en la calle se encaró con los asesinos, deteniéndoles y extraviándolos en sus pesquisas para ganar tiempo y que su amante se alejase del lugar del conflicto.

Corazón altamente generoso, obtuvo doña Manuela que Bolívar conmutase en destierro la pena de muerte que el Consejo de guerra había impuesto, entre otros de los revolucionarios, a dos que fueron los que más ultrajes la prodigaron. Bolívar se resistía a complacerla, pero su amada insistió enérgicamente y dos existencias fueron perdonadas. ¡Nunca una favorita pudo emplear mejor su influencia para practicar acción más noble!

Muchos años después de la muerte de Bolívar, acaecida en diciembre de 1830, el Congreso del Perú (y entiendo también uno de los tres Gobiernos de la antigua Colombia) asignó pensión vitalicia a la Libertadora, apodo con que hasta en la historia contemporánea es conocida Doña Manuela. Algo más. En su vejez no se ofendía de que así la llamasen, y en diversas ocasiones vi llegar a su casa personas que, como quien hace la más natural y sencilla de las preguntas, dijeron: -¿Vive aquí la Libertadora? Doña Manuela sonreía ligeramente y contestaba: -Pase usted, ¿Qué quiere con la Libertadora?

¿Qué motivos tuvo la amada de Bolívar para venir a establecerse y a morir en uno de los, por entonces, más tristes lugares del Perú? La pobre baldada me dijo, un día en que aventuré la pregunta, que había elegido Paita por consejo de un médico, quien juzgaba que con baños de arena recobrarían los nervios de la enferma la flexibilidad perdida. Alguien ha escrito que por orgullo no quiso doña Manuela volver a habitar en las grandes ciudades, donde había sido admirada, como astro esplendoroso; temía exponerse a vengativos desdenes.

Cuando vino doña Manuela a residir en Paita, ya su esposo, el doctor Jaime Thorne, había muerto, y de mala manera. Thorne, asociado con un señor Escobar, trabajaba en la hacienda de Huayto, sobre cuya propiedad mantuvo ruidoso litigio con el coronel don Juan Hercelles, que alegaba también derechos al fundo, como parte de su herencia materna. Una tarde de 1840 ó 1841, en que Thorne, de bracero con una buena moza, que lo consolaba probablemente de las ya rancias infidelidades de doña Manuela, paseaba por uno de los callejones de la hacienda, se echaron sobre él tres enmascarados y le dieron muerte a puñaladas. La voz pública (que con frecuencia se equivoca) acusó a Hercelles de haber armado el brazo de los incógnitos asesinos. También Hercelles concluyó trágicamente uno o dos años más tarde; pues caudillo de una revolución contra el Gobierno del presidente general Vidal, fue fusilado en Huaraz[11]

 

 

[1] Puerto del departamento de Piura, al NO del Perú.

[2]benedicamos, franchute: en expresión como esta se percibe el humor de Palma. Benedicamos es la voz latina para decir bendigamos y franchute es la forma coloquial castiza de apelar a un francés.

[3] en route, mon cher: palabras francesas que significan en ruta, querido.

[4] Gro: tela gruesa de seda.

[5]y Monteagudo: se trata de caudillos que lucharon por la emancipación de Hispanoamérica. El argentino Monteagudo (1787-1825) dio el primer grito de independencia en Chuquisaca (Bolivia) en 1809. En la revolución de Buenos Aires (1810) contribuyó con sus escritos y desempeñó la carrera de guerra bajo el mando de San Martín hasta 1822.

[6] Campuzano: dama guayaquileña a quien Palma llama la Protectora en sus Tradiciones (Ver La Protectora y la Libertadora) por haber sido la amante del Protector, el Gral. San Martín. En Lima, donde llegó en 1817, su casa fue centro de reunión de los conspiradores por la independencia. Como Manuela, perteneció a la Orden del Sol, creada en 1822 por San Martín para premiar los servicios a la patria.

[7] Batalla de Ayacucho: llevada a cabo en 1824 en Ayacucho (Perú), en ella Sucre venció a las tropas realistas y consagró así, la independencia del Perú y de América Latina.

[8] Huaura: lugar situado al SO de la punta de Salinas, al norte de Lima.

[9]entero: se trata del golpe militar liderado por el coronel José Bustamante en 1827.

[10] Septembristas: conjurados que no pudiendo conseguir la eliminación política de Bolívar, atentaron contra su vida el 25 de septiembre de 1828 en Bogotá.

[11] Huaraz: capital de la provincia peruana de Ancash, al norte de Lima, rica en minas de plata.

 

 

 En tradiciones peruanas completas, Madrid, Aguilar, 1958.
Edgar Freire Rubio, Quito: Tradiciones, Leyendas y Memoria, Quito,Libresa, 2006.

 

 

Portada: https://www.el-carabobeno.com/un-dia-como-hoy-muere-manuela-saenz-1856/

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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