Llevo a Madre tan en mí.

Fluye como sangre, como oxígeno, como neurona, como proteína, como un trencito de colores.

Me humedece los ojos y me llueve el cuerpo.

Me inventa soles, me inventa fuegos, me camina, me duerme, me respira, me palpita, me florece.

Me transita, me nutre, me susurra, me aconseja.

Me vuelve agua, equilibrio, filosofía, palabra nueva.

Me hace niño, me hace sabio, me hace pan, viaje, sinfonía, paz, alimento, odisea, certidumbre.

Pone dulce en la tristeza, algodón en los vacíos.

Madre me hace tan ella repartida por mis huesos.

 

 

COMENTARIO LITERARIO

 

 Dorys Rueda
Marzo, 2025
 

Análisis de las emociones

 

En el poema "41"  de Rubén Darío Buitrón, el proceso emocional se despliega de forma gradual, donde cada sentimiento desencadena el siguiente, formando una secuencia orgánica que refleja la profunda conexión entre el yo lírico y la figura materna. Desde el inicio, la emoción central que se establece es el amor incondicional. La madre se presenta como una presencia vital e indispensable, comparada con elementos esenciales como la "sangre" y el "oxígeno". Esta relación profunda no es solo biológica, sino existencial: la madre fluye por el cuerpo del yo poético, convirtiéndose en parte de su ser, lo que refuerza la idea de una conexión fundamental e intrínseca. Este amor materno, tan esencial, parece nutrir y sostener a la voz lírica, creando una sensación de dependencia emocional. La madre no solo da vida, sino que forma la base misma sobre la que se construye su existencia.

A medida que el poema avanza, este amor se transforma en una sensación de vulnerabilidad, que se expresa en versos como "Me humedece los ojos y me llueve el cuerpo". La imagen de la lluvia, que cubre y empapa al yo poético, sugiere una emoción de desbordamiento, una mezcla de tristeza y ternura que se derrama en su ser. El amor de la madre no es solo una fuente de consuelo, sino una energía tan poderosa que invade todo su cuerpo y sus sentimientos, mostrando cómo esta afectividad puede sobrepasar y arrollar al hablante lírico, provocando una sensación de suavidad y también de fragilidad.

A continuación, la emoción se intensifica con una sensación de renovación y transformación, cuando el hablante dice que la madre "me inventa soles, me inventa fuegos". Esta imagen de creación continua y refleja cómo la madre no solo alimenta al hijo, sino que lo reinventa constantemente, otorgándole nuevos comienzos y energía para vivir. En esta etapa, la voz poética no solo se siente nutrida, sino también inspirada y motivada por la presencia materna, como si ella le otorgara la capacidad de generar su propia luz y calor. La emoción aquí se desplaza hacia un sentimiento de crecimiento y expansión, en el que la madre le da nuevas posibilidades para existir en el mundo.

A medida que el poema avanza, el yo lírico experimenta una evolución de su identidad, pues la madre lo transforma emocionalmente. "Me hace niño, me hace sabio" revela cómo la figura materna es a la vez una fuente de inocencia y sabiduría, como si ella le brindara no solo el conocimiento necesario para crecer, sino también la capacidad de entender el mundo con la pureza de un niño. Esta oscilación entre la niñez y la sabiduría refleja una transformación emocional profunda, donde el yo poético integra múltiples facetas de su ser a través de la influencia materna.

La madre se convierte también en un consuelo emocional profundo, como se expresa en "Pone dulce en la tristeza, algodón en los vacíos". Aquí, la madre no solo proporciona sustancia física, sino también emocional: ella suaviza el dolor con "dulce" y llena los vacíos de la tristeza con "algodón". La suavidad de estas imágenes refuerza la idea de que la madre es la fuente de consuelo y calma, un refugio para las emociones de la voz lírica, lo que genera una sensación de alivio y de sanación emocional.

Finalmente, el poema culmina en una profunda integración emocional, donde el hablante poético ya no se percibe como un ser separado de la madre. La frase "Madre me hace tan ella repartida por mis huesos" expresa la fusión completa entre la voz lírica y su madre. Esta no solo le dio la vida, sino que se ha convertido en una parte fundamental de su ser. Esta afirmación simboliza la permanencia de la madre en cada fibra del ser del hablante, una presencia constante que lo acompaña y lo define. La emoción que cierra el poema es una de identidad compartida, donde el yo lírico reconoce que, aunque la madre lo haya nutrido, él ahora es una extensión de ella misma.

 

RUBÉN DARÍO BUIRÓN

 

 

Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es Director General de NOTIMERCIO, el nuevo periódico de Quito. Dirige también la nueva Escuela de Cronistas del Ecuador. Es poeta, docente y cronista. Máster en Periodismo por la Universidad de Alcalá, en España. Tiene tres premios nacionales de Periodismo. Autor de 13 libros en diversos géneros. Su libro más reciente es «Dicen que mis demonios son inofensivos» (2023). Es director del portal periodístico y literario loscronistas.org.

 

 

 
 
 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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