Les invitamos a leer el primer capítulo de la novela: "El rastro húmedo de tu sendero", de Manuel Velepucha Ríos.

 

 

  1. EL SEÑUELO SEXUAL

 

Luciana cruzó sus piernas esbeltas debajo del escritorio mientras soltaba su cabello en un oleaje taheño, como un ocaso flameante y efímero, para volver a sujetarlo con un moño. Iba sin pantimedias porque le parecía inescrupuloso lucir sus largas y exquisitas extremidades con algo que las cubriera y aniquilar así el aspecto fetichista que creía que tenía el nilón fino y oscuro. Si bien, se ceñía el cuerpo con vestidos de colores sombríos que generaban un contraste incitante con su alba y aterciopelada piel; porque sabía ―pensaba risueña― que los profesores y alumnos se comían con la mirada sus pantorrillas y tobillos estilizados con relámpagos azules en venas.

Estaba aún agitada por el trotecito que había hecho para no retrasarse a dictar sus clases de Historia. Sacó un pañuelo de su bolso y se secó el atardecer de sus senos, para dejarlo húmedo sobre el buró. Sujetó su cabellera pelirroja, viendo de reojo que el sudor de las axilas había humedecido su blusa, pero no se inmutó. Pedro no dejaba de observar sus piernas, acalorado e inquieto. Su ubicación en primera fila lo mantenía expectante de cada uno de sus movimientos y desentendido de la clase sobre los diez años del feriado bancario. Se sentó esa ocasión, por disposición de ella, frente a su escritorio, bajo la esperanza de que intentara concentrarse en sus estudios. ‘Paradójico, Pedrito. Habías perdido la razón ante sus sensuales piernas. Te sentías cobarde y héroe en silencio frente a ella; y la creías imposible cuando la tenías cerca: morías por tener y oler su pañuelo humedecido de su sudor y su aroma’.

La profesora usaba una falda de color negro que cubría un cuarto de sus muslos y que estiraba hacia abajo como inconsciente, presumiendo que sus estudiantes podrían observar más allá de sus finas y eternas extremidades. ‘No obstante, el momento que más te excitó fue cuando cruzó sus piernas: ver cómo se acomodaba el muslo izquierdo encima del otro; cómo se iba estirando despacio; cómo su piel se alargaba fina hacia el talón, el empeine y los dedos, y hacer caer el tacón al piso casi sin ruido. Te encendiste cuando la maestra se descalzó, inocente, aquella ocasión. Te hubiese gustado ir, acariciar y besar su bonito pie; chupar y lamer cada uno de sus dedos y apretar suave sus pantorrillas y ser su esclavo’.

Pedro sintió de pronto un ligero tirón en su chompa. Metió la mano en el bolsillo izquierdo y encontró un pequeño papel doblado de los que solía usar para empaquetar droga. Había un mensaje: «Termina la clase y nos largamos por el muro. Vienen Silvia, María Fernanda y Maite, la rubia que me trae loco». Pedro irguió la columna y plasmó en su rostro una mueca ladina, olvidándose de los pies de su profesora por un par de segundos hasta anclarse de nuevo en ella. La mujer se había calzado la punta del pie y ahora jugaba con el tacón y el talón descubierto como un señuelo sexual ante la mirada prendida del joven. Pedro lucía estático como un pez frente al cebo, sin poder asirse a la atractiva carnada y sin temor a engancharse. Estaba subyugado a sus pies.

Concluyó la clase y avanzaron hacia la parte posterior del colegio. Lanzaron las mochilas y los bolsos al otro lado del muro como condición crucial e inexorable para evitar arrepentimientos y aniquilar el miedo que conllevaba la evasión: ser descubiertos y expulsados del colegio, y las lesiones eventuales de la caída. Los torbellinos de pensamientos de peligro y libertad, cuando observaron inquietos el otro lado del muro, aumentó la euforia. Las comisuras de sus bocas efervescían saliva, porque también pensaban en lo que iban a hacer juntos, lo cual fue minando el temor. Antonio saltaría primero y les indicaría dónde y cómo caerían. Compraron licor y cigarrillos y fueron rumbo a su casa.

La ceremonia estaba a punto de iniciar. «Pónganse cómodos», dijo el mayor de los Solano. «¿Vamos a probar el polvo de la otra vez?», consultó una de las jóvenes, impaciente. «Claro, pero hay que meterle trago para no paniquearnos».

Mientras estaban sentados en la sala, Cristina, risueña, bailaba sola frente al equipo de sonido como una rosa aislada en un jardín, acunada por el viento. Las copas flotaban llenas, entre tanto, Pedro, en una de las habitaciones, preparaba las pistolas. Cerraron las cortinas y cubrieron dos lámparas con papel celofán rojo. El humo y el olor dulce de la droga que se consumía en papel de cigarrillo mezclado con el tabaco, inundaron el ambiente. Antonio bajó el volumen de la música y los jóvenes empezaron a conversar animados. Iban dejando sus copas vacías sobre la pequeña mesa de la sala para volverlas a llenar al tiempo que se pasaban uno a uno, prendidos, los cigarros con crack y pasta base de cocaína hasta quemarse los labios y los dedos y satisfacer así el ansia del momento. Droga había mucha, y, aunque los cachorros sabían que estaban consumiendo la mercancía de su negocio, podrían recuperar la fumada en su tráfico. No perderían la oportunidad de disfrutar de la cocaína y el licor con ellas. Conocían el sentimiento de las adolescentes: la curiosidad de vivir nuevas experiencias, y sumidas en la admiración y en el sentimiento de la necesidad de protección. Libido latente.

Terminaron recostados en los sillones y en la alfombra ingiriendo más licor. Aparecieron caricias tímidas e inusitadas, que después se volvieron atrevidas: las manos bajo las faldas; los besos que rebasaban los labios hasta llegar al cuello, los lóbulos de las orejas, los senos, los pezones; los dedos que limitaban mentirosos dedos ajenos y amarillentos por la nicotina y la droga, pero que, al mismo tiempo, los empujaban queriendo más. Lúbricos. María Fernanda tomó dos cigarros cargados de pasta de cocaína, llenó un vaso con ron y se fue a una de las habitaciones para no sentirse incómoda en medio de esa danza arrítmica de tentáculos sensuales. Bebió medio vaso de licor y encendió una pistola, a la vez que observaba desde la habitación, con la puerta unos centímetros abierta, cómo iban cayendo poco a poco las prendas de los suaves cuerpos llenos de lascivia; lenguas profundas en los sexos; líquidos perpetuos; piernas ardientes por los aires y brazos constrictores dóciles. Reía nerviosa observando cómo disfrutaban la libídine; se ruborizó en afonía y respiró excitada y sintiendo el sexo humedecido. Encendió la otra pistola en el momento en que acababa el ron, y permaneció mirando con tiento.

 

 

Manuel Alexander Velepucha Ríos

Pasaje, 1984

Escritor, abogado y jurista ecuatoriano de 39 años de edad. Nació el 10 de febrero de 1984 en la provincia de El Oro, cantón Pasaje, aunque sus estudios secundarios y universitarios los hizo en la ciudad de Loja, donde publicó sus dos primeras novelas. Se graduó en el Colegio Bernardo Valdivieso. Hizo sus estudios universitarios en Derecho en la Universidad Nacional de Loja. Ha obtenido dos posgrados en Derecho Procesal y Derecho Constitucional en la Universidad Andina Simón Bolívar y en la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL), respectivamente.

En el año 2012 logró el Primer Lugar a nivel nacional en el concurso de ensayo en Derecho Penal, organizado por el Ministerio de Justicia, Derechos Humanos y Cultos, la Fiscalía General del Estado y la UTPL. Es autor de varias obras en Derecho Procesal y Derecho Penal, de los que destacan los siguientes libros: «El principio de adquisición o comunidad de la prueba en el Código Orgánico General de Procesos» (2021); «Culpabilidad y error de prohibición en el Código Orgánico Integral Penal. Teoría del error en el COIP» (2022); y, «Violación y abuso sexual en el Código Orgánico Integral Penal», (2023).

En el ámbito literario, ha publicado cuatro novelas: «Una rosa en el desierto» (2009) y «La muerte de la tragedia» (2012); ambas, a través de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo de Loja, obteniendo ésta última, la única mención honorífica en el Concurso Nacional de Novela «Ángel Felicísimo Rojas». En el año 2022 publicó la novela «El rastro húmero de tu sendero», a través de la Editorial ecuatoriana ‘Lex et Litterae’. Finalmente, la nueva novela del escritor Manuel Velepucha Ríos (2023), denominada: «El ocaso de la horda primitiva» (2023). Ha sido invitado a varios eventos literarios y su obra se va expandiendo a otras esferas.

En la actualidad es abogado en libre ejercicio profesional en la ciudad de Quito, conferencista en Literatura, respecto del arte literario y de sus obras; además de ponente en múltiples congresos de Derecho Penal y Derecho Constitucional.

Ha laborado en varias instituciones públicas como procurador judicial de varios ministros de Estado, y ha ocupado cargos directivos, entre ellos: director de patrocinio judicial, asesor, analista y coordinador general jurídico, en varias carteras de Estado.

Actualmente se dedica a escribir novelas y al libre ejercicio profesional en la ciencia del Derecho en la ciudad de Quito. Es casado con la abogada Nathaly Salazar Brito.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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