FRANKLIN RAYMUNDO MORA

UN LEGADO DE CREATIVIDAD Y ENSEÑANZA

 

 

 Dorys Rueda
 

Me dirigía a Otavalo, en la provincia de Imbabura, en Ecuador, con un propósito muy especial: entrevistar a Franklin Raymundo Mora, un destacado retratista, caricaturista y, esencialmente artista plástico, cuya trayectoria había trascendido tanto a nivel nacional como internacional. Aunque no lo conocía personalmente, su nombre era sinónimo de excelencia en el arte. La oportunidad de compartir con él y conocer de cerca su vida y su obra era, sin duda, una de esas ocasiones que marcan un antes y un después.

A lo largo de los años, había oído hablar de su increíble habilidad para capturar la esencia humana en sus pinturas, una destreza que lo había colocado en la vanguardia del arte ecuatoriano. La obra de Mora era tan diversa como su vasta experiencia. Su pintura abarcaba desde la denuncia social hasta la representación de costumbres y personajes, sin olvidar la innumerable cantidad de retratos que surgieron gracias a su excepcional talento. No solo se había destacado en el ámbito artístico, sino que su vocación como docente había dejado una huella profunda en las generaciones de estudiantes que tuvieron el privilegio de aprender de él. Había sido profesor en diversos colegios y universidades, entre ellos el Colegio Otavalo, el Nelson Torres de Cayambe y el Alemán de Quito, además de la Universidad Técnica del Norte de Ibarra, la Universidad Autónoma de Quito. la Tecnológica Israel de Quito y la Universidad San Francisco de Quito.

Los reconocimientos que había recibido a lo largo de su carrera, como las medallas Chicapán, Pedro Moncayo y Pilanquí al Mérito Cultural, eran un testimonio palpable de su influencia y legado. Y así, con todos estos antecedentes, me sentía llena de emoción y expectativa por la oportunidad de aprender de un hombre cuyo trabajo y dedicación al arte y a la cultura habían enriquecido no solo a Otavalo, sino también al Ecuador entero.

Llegué a su casa y al abrir la puerta, el profesor  Mora, un hombre gentil con una sonrisa cálida y acogedora, me invitó a pasar. Su amabilidad y el brillo en sus ojos me hicieron sentir instantáneamente bienvenida. Al cruzar el umbral de su hogar, tuve la sensación de que estaba visitando a un viejo amigo, como si ya nos conociéramos de toda la vida. La atmósfera tranquila y familiar que se respiraba me dio la impresión de que esta reunión no era algo extraordinario, sino simplemente una más de esas que compartimos con personas cercanas y queridas, donde el tiempo parece detenerse.

Antes de comenzar la entrevista, con gesto amable, me sugirió recorrer su casa. Acepté encantada y mientras caminaba por la sala, sentí una curiosidad creciente por lo que descubriría. Al subir los escalones que nos llevaban a la planta alta, no podía evitar dejarme envolver por todo lo que veía a mi alrededor. Cada detalle, cada espacio, parecía contar una historia propia, una historia impregnada de arte y pasión. La casa era, en efecto, como un museo íntimo, un lugar donde la creatividad no solo se manifestaba en las paredes, sino en cada rincón, en cada objeto que hablaba de la vida y la obra del profesor Mora.

Los cuadros que colgaban en las paredes no eran simples pinturas; eran reflejos de su maestría y de su profunda conexión con el entorno que lo había formado. Cada obra parecía capturar no solo la esencia de quienes eran los personajes retratados, sino también la cultura, las tradiciones y la historia de la región que lo había inspirado. Los colores vibrantes, las composiciones cuidadosas y las miradas profundas de los sujetos parecían transmitir una energía única, como si las pinturas pudieran hablar por sí solas, contando historias de la tierra que ambos compartíamos.

Caminé despacio, admirando los detalles y absorbiendo todo el significado que cada obra contenía, maravillada por cómo la pasión por el arte se había entrelazado con cada aspecto de su vida, creando un espacio que no solo era su hogar, sino también su legado, un testimonio tangible de su dedicación y amor por la cultura y el arte.

 

¿Cuándo comenzó en la pintura?, le pregunté, ansiosa por conocer los inicios de su trayectoria artística. Su respuesta fue rápida y directa: “Creo que fui marcado por ese destino llamado habilidad, desde el mismo momento en que estaba en el vientre de mi madre. Mi pasión por el arte corre por mis venas desde antes de que pudiera siquiera sostener un pincel. Es como si mi alma hubiera nacido con la necesidad de expresarse a través del color y las formas”.  

Luego, con un tono nostálgico, continuó: “En la escuela 'José Martí', en Otavalo, comenzaron mis primeros pasos. Mientras otros niños se distraían o jugaban, yo me sumergía en el mundo del dibujo. Para mí, cada trazo en el papel era una forma de descubrir algo nuevo, de dar vida a mis pensamientos y mi entorno. Siempre sentí que el lápiz o el pincel eran extensiones de mí mismo, que mi creatividad no podía ser contenida” .

Su voz se tornó suave y luego de una pausa, continuó: “Cuando terminé la primaria, me sentí muy triste, porque sabía que mis padres no podrían costear mis estudios secundarios. La situación económica de la familia me pesaba y no veía un camino claro hacia lo que más deseaba: seguir formándome como artista”.  Su voz se quebró por unos segundos, como si las palabras no pudieran expresar todo lo que sentía. Cerró los ojos brevemente y en ese silencio pude percibir la intensidad de sus recuerdos. Luego continuó: “No pasó mucho tiempo hasta que un día alguien golpeó la puerta de nuestra casa. Al abrir, me encontré con el director de la escuela José Martí, don Jaime Burbano Alomía, y con el padre Rosero, párroco de San Luis. El sacerdote, con su habitual tono serio pero amable, me dijo que avisara a mi mamá Rosita y a mi papá, porque querían hablar con ellos".

Cuando sus padres llegaron, el director, con una sonrisa que reflejaba su determinación, les preguntó qué habían decidido respecto a los estudios de su hijo. La madre, con una expresión de preocupación, respondió que no habían tomado ninguna decisión, porque la situación económica de la familia no les permitía costear sus estudios. Don Jaime, sin perder la calma, le contestó con gran alegría: “No se preocupe por su educación. He hablado con el padre Rosero y juntos hemos realizado todas las gestiones necesarias para que pueda estudiar en el prestigioso colegio de Artes Daniel Reyes”.  La noticia fue recibida como un rayo de esperanza, y el director, con firmeza, agregó: “Él se va para allá, porque se va, no hay más que hablar”.

Con esa afirmación, el destino de Raymundo Mora parecía sellado. Así fue cómo, de una forma casi milagrosa, logró entrar a estudiar en esa institución, un lugar que le abriría las puertas del conocimiento y le permitiría desarrollar su talento. La intervención de aquellos dos hombres, quienes vieron en él un potencial que su familia no podía ver por las limitaciones económicas, marcó un antes y un después en su vida. Ese gesto de generosidad y compromiso con la educación se convertiría en un hito decisivo en su carrera artística.

El pintor hizo una pausa, me pidió que esperara un momento mientras se dirigía a su estudio. No pasó mucho tiempo antes de que regresara, sosteniendo una carpeta en sus manos. Con gestos cuidadosos, me la entregó. Al abrirla, me encontré con una sorpresa inesperada, algo que jamás habría imaginado: una colección de relatos que narraban las historias de personajes otavaleños que ya habían partido, pero que dejaron una huella profunda en la comunidad. Cada uno de esos relatos era como una pequeña ventana que se abría al pasado, permitiéndome adentrarme en las vivencias y memorias de aquellos que, aunque ya no estaban, seguían presentes en el recuerdo colectivo de Otavalo.

Los relatos estaban fechados en 2013, lo que les confería una cierta nostalgia, como si esos testimonios hubieran estado esperando pacientemente a ser revividos, como si el tiempo los hubiera conservado en silencio hasta el momento adecuado. Al ver esa colección de narraciones en mis manos, sentí una profunda emoción, pero también una gran responsabilidad. Estaba frente a un tesoro de información tan valiosa, una pieza clave de nuestra historia local que no podía quedarse en el olvido. No pude evitar expresarle con firmeza que esos testimonios merecían mucho más que quedarse guardados en papel; debían ser escuchados por más personas, llegar a un público más amplio que pudiera valorar la riqueza de esas historias. Le propuse entonces publicarlos en mi portal, un espacio que había creado precisamente para preservar y difundir la cultura de nuestra tierra

Con curiosidad le pregunto cómo se inició en la docencia. Me mira con detenimiento y sus manos, que momentos antes reposaban tranquilas sobre la mesa, comienzan a gesticular con delicadeza. Me responde: “Recuerdo como si fuera ayer. Era un viernes por la noche y caminaba por el parque Bolívar de la ciudad de Otavalo, maravillado por una banda de músicos que animaba a la gente a unirse al reencuentro. Estaba completamente absorto en la música, cuando un policía me detuvo. Me dijo que había dos señores sentados en una banca que me llamaban. Fui a ver quiénes eran y para mi sorpresa, los reconocí de inmediato. Eran don José Ignacio Narváez, un maestro muy respetado en la ciudad, y don César Villacís, rector del colegio Otavalo". Su voz se suaviza: “Don José Ignacio le dijo al rector: 'Mira, este es el guambra de quien te hablaba'. Me preguntaron si ya estaba trabajando y les respondí que no, que recién me había graduado del colegio de Artes Daniel Reyes”.  El profesor Mora sonríe levemente al recordar aquel momento: “El rector, entonces, me pidió que el lunes me presentara en su despacho. Así lo hice y allí don César Villacís me indicó la documentación debía llevar al Ministerio de Educación en Quito para que pudieran tramitar mi puesto como profesor de dibujo. Al día siguiente, a las tres de la mañana, tomé un transporte para llegar temprano a Quito. Era la primera vez que visitaba la capital y todo era nuevo para mí. Regresé a Otavalo esa misma noche, alrededor de la medianoche, con el nombramiento de maestro en mis manos. A los 17 años, ya era docente de dibujo del colegio Otavalo”.

   

 

Luego de esa etapa, decidió aceptar una nueva propuesta laboral en el colegio Nelson Torres, en Cayambe, donde su vida profesional tomaría un giro significativo. Allí, el rector del colegio, impresionado por su talento y entrega, le sugirió que continuara con su formación. Le propuso seguir un curso de seis meses en el Ministerio de Educación, algo que Raymundo vio como una oportunidad única. “Esta es una oportunidad, pero también un desafío para ti”, le dijo el rector, con voz firme. “Debes alcanzar un puntaje específico en el curso para no tener que reembolsar los costos del entrenamiento”. A los 20 años, el joven aceptó el reto con determinación, consciente de que su futuro dependía de su desempeño.

Durante esos seis meses, se entregó al estudio con una disciplina admirable. El esfuerzo valió la pena: obtuvo el promedio más alto entre todos los participantes del curso, lo que no pasó desapercibido para sus superiores. Su destacada actuación no tardó en ser reconocida. El Ministerio de Educación del Ecuador le otorgó una beca para estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

El ministro lo invitó a su despacho. Cuando Raymundo se presentó ante él, el funcionario, sorprendido por su juventud, exclamó: “Así que tú eres el brillante maestro. No sabía que eras tan joven. En 20 días estarás viajando a México”. En ese momento, Raymundo no podía imaginar que, años después, estaría trabajando precisamente en ese ministerio, colaborando estrechamente con varios secretarios de estado a lo largo de diferentes períodos administrativos.

“¿Cómo ha influido el hecho de ser otavaleño en su obra artística?”, le pregunto. El profesor Mora se pone serio y coloca su mano bajo el mentón, pensativo. Finalmente, me responde con voz pausada: “Otavalo es una ciudad conocida por sus impresionantes paisajes y lagos, que han sido fuente de constante inspiración para poetas, pintores y todos aquellos que buscan capturar la esencia de la naturaleza. Para nosotros, los artistas, estos escenarios naturales son el centro de nuestra creatividad, un lugar donde todo parece converger: la luz, los colores, la tranquilidad y la vida cotidiana de nuestra gente. Pero lo que realmente nos distingue, a cada uno de nosotros, es nuestra capacidad de reinterpretar estos elementos naturales, de transformar lo que vemos en algo profundamente personal y cultural". 

Antes de despedirme del profesor Mora, le hago una última pregunta: “¿Qué consejo les daría a los jóvenes que están iniciándose en la pintura?” Su respuesta no tarda en llegar, cargada de firmeza y convicción: “Les diría que exploren su creatividad sin temor. Que cada trazo, cada pincelada, sea una manifestación genuina de quiénes son, de sus orígenes y de la rica cultura que nos define. Que no se dejen arrastrar por modas o tendencias efímeras, sino que busquen construir su propio camino, hallar su voz única. El arte no se limita a una técnica; es, ante todo, una forma de ser, una manera de interactuar con el mundo”.

 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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