John Paul Solis
Para elmundodelareflexion.com
 
 

En una de las esquinas del muro protector del frontispicio de San Francisco existe una curiosa efigie de piedra. El hábito está lleno de pliegues intactos, la mirada perdida en lontananza, quizá recordando los tiempos de la fundación de Quito, y la primera escuela de artes que ayudó a forjar: San Andrés, en la que indios, mestizos y españoles, sin discriminación, quizá por primera y única vez, aprendían los diversos oficios que el tiempo y las circunstancias merecían: pintura, escultura y artesanía, básicamente entre muchos otros. En sus manos lleva algo que cuida como un tesoro, inmune a la carcoma de las épocas, la estatua del fraile franciscano sostiene las espigas del trigo traído de Europa... ¿Quién es este curioso personaje inmortalizado?... Nada más y nada menos que Fray Jodoco Ricke, el principal gestor de la construcción de la fachada del templo de San Francisco.

Apenas dos años después de la fundación de Quito, en 1.534, Fray Jodoco Ricke, fraile franciscano oriundo de Flandes, sembraba el primer trigo con unas semillas traídas en un pequeño cantarillo de terracota que los franciscanos guardaron durante mucho tiempo como una reliquia memorable. El cantarillo tenía una inscripción en alemán que, a decir del historiador Luciano Andrade Marín, fue descifrada para muchos recién a principios del siglo XIX por el Barón de Humboldt,  y que decía: “Tú que me vacías, no te olvides de mi Dios”.

Andrade Marín continua diciendo: “El mismo Barón de Humboldt, refiriéndose a este cantarillo dice lo siguiente en su famosa obra Cuadros de la Naturaleza... Yo no pude menos que experimentar un sentimiento de respeto al ver ese viejo vaso alemán, y añade pluguiera a Dios que donde quiera se hubiesen conservado en el Nuevo Continente los nombres de esos vasos que, en la época de la conquista, en vez de ensangrentar el suelo americano, depositaron en él las primeras simientes de los cereales”.
 
Por cosas de la vida, el pequeño cantarillo que trajo el pan y las ostias siguió con su trajín de siglos hasta terminar en museos lejanos (en Nueva York o Bogotá). Pero el recuerdo de quienes vieron germinar el trigo en plena plaza de San Francisco no se ha evaporado, se mantiene vivo pese al asfalto y a la piedra que ahora la cubre; se ha inmortalizado en la  efigie de Fray Jodoco Ricke, perdurable en la piedra tallada.

Como muchos edificios quiteños, San Francisco se erigió sobre ruinas indígenas, en este caso se levantó sobre aquello que fue el palacio imperial de Huayna Cápac ¿o quizá cuartel del inca? Se dice de esa plaza, difícil imaginarla sin asfalto, que posiblemente fue una explanada en la que el ejército inca se reunían. Posteriormente, lo que resulta muy curioso, pasó de sementera de trigo a cementerio franciscano, sucumbiendo a un destino temporal: osario de los primeros españoles; para finalmente ser elevada, por el Cabildo quiteño, en el siglo XVII, a la categoría de plaza pública.
 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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