Por: Dorys Rueda
 

Sófocles nutre su obra, Edipo Rey, con el mito de Edipo, que era muy conocido por los ciudadanos.

 EL MITO DE EDIPO

Se cuenta que Layo había sido desterrado de su reino, cuando su padre había muerto.  En el destierro fue  recogido por el rey Pélope, quien le brindó amistad y  hospitalidad. Layo le pagó la amistad, con traición, al raptar al hijo del monarca. Pélope, en venganza, le lanzó una maldición: que nunca llegara a tener un hijo, porque si lo hacía,   este hijo sería su propio asesino.

Cuando Layo logró recuperar  su reino, contrajo nupcias con Yocasta. Pero preocupado por la profecía, acudió al oráculo de Delfos, que le reiteró lo mismo que le había dicho Pélope.
 
Layo tuvo un hijo y a  los tres días de nacido ordenó que atravesaran los pies del niño con unos ganchos y lo abandonaran en el monte Citerón. Un pastor tuvo compasión del pequeño, curó los pies del niño y lo entregó a los reyes de Corinto, que no habían podido tener hijos. Ellos lo criaron y lo educaron como hijo de reyes.

Años después, el joven Edipo escuchó decir que era  “adoptado”. Preocupado, acudió al oráculo de Delfos. Éste le aconsejó que no volviera a su tierra, porque si lo hacía, asesinaría a su padre y se casaría con su madre. Edipo, para evitarlo, huyó de Corinto y tomó rumbo a Tebas. En la huida, en una triple encrucijada, se encontró con un anciano que venía acompañado por varios criados. Se dio entre ellos un problema de cesión de paso y Edipo terminó dándoles muerte. Se salvó sólo un criado, que logró escapar. Así, se cumplía la primera parte de la profecía.

A la muerte del rey Layo, Creonte, hermano de la reina Yocasta, había subido al trono. Tebas, en ese momento, era prisionera de un monstruo: una terrible esfinge que proponía enigmas, para que los ciudadanos los descifraran. Si no acertaban, la esfinge devoraba a los tebanos. Edipo fue el único que acertó y como premio, Creonte le concedió la mano de su hermana Yocasta. Así se cumplía la segunda parte de la profecía.

  ARGUMENTO

 La  obra está comprimida en cuatro episodios y se inicia con la súplica del pueblo tebano para que Edipo, su rey, busque remedio para la peste que castigaba  a la ciudad. El sacerdote lo llama “salvador”, porque Edipo, en el pasado, ya había salvado a Tebas, de la maldición de la esfinge.  El monarca, paternalmente, escucha a los habitantes y les cuenta que ya ha enviado a su cuñado Creonte, al oráculo de Delfos, para que averigüe cuál es la voluntad divina.  Creonte aparece y cuenta lo que ha pronosticado el oráculo: que la peste no cesará, mientras no se castigue al asesino de Layo, antiguo rey de Tebas.

Edipo promete hacer justicia. Les pide que  no teman delatar al homicida, que no lo oculten. Advirtiéndoles lo que ocurrirá si alguien lo hace.  El  Corifeo responde que nada saben y más bien sugiere la presencia de Tiresias,  el adivino, para que descubra al asesino. Edipo lo manda a traer.

Tiresias vacila y se niega a hablar, aseverando que la verdad saldrá por sí misma, aunque él no hable. Edipo estalla en ira y lo acusa de  ser cómplice del asesino.  El adivino, entonces, termina por hablar  y culpa al monarca de ser el asesino de Layo. Edipo, rabioso, pensando que la acusación,  más bien, era una conjura, le acusa de estar en complicidad con Creonte, de querer éste apoderarse del trono. El adivino le pide que no impute a Creonte mal alguno, porque la causa de la ruina del monarca es él mismo.  Edipo al extremo de la exasperación lo tilda de demente y lo echa.  Tiresias se retira y Edipo, sombrío,  entra en  palacio. El coro manifiesta que a menos que las evidencias lo confirmen, no acusarán al rey, pues éste siempre ha hecho el bien a la ciudad.

Creonte, sobresaltado, se dirige a los ciudadanos, perplejo por la acusación del monarca. Edipo sale de palacio e incrimina a su cuñado. Éste se defiende, manifestándole que no quiere ser rey y que está dispuesto a recibir cualquier castigo, inclusive la muerte, si Edipo comprueba que él quiere apoderarse del trono.  Creonte se retira y quedan Yocasta y Edipo.

La reina, para tranquilizar a Edipo, le cuenta  que él no puede ser el  asesino de Layo, su primer esposo, porque éste fue asaltado, en la triple encrucijada, no por un bandolero, sino por varios.  Además que la profecía que pesaba sobre Layo, no se había cumplido. Según el vaticinio, Layo debía morir en manos de su hijo. Tal cosa no había sucedido, porque Layo,  a los  tres días de nacido el niño,  ensartándole juntos los tobillos, le había entregado a un desconocido,, para que abandonaran al pequeño, en el monte Citerón.

Estas revelaciones, lejos de apaciguar al rey, lo intranquilizan más. Recuerda que sus padres fueron Pólibo y Mérope,   reyes de Corinto. Cierto día,  un comensal ebrio lo llamó adoptado. Edipo acudió al oráculo y éste le reveló una terrible verdad: que mataría a su padre y se casaría con su madre. Horrorizado, huyó del reino y en una triple encrucijada, le dio muerte a un anciano y  a toda su comitiva, excepto a uno que logró salvarse.  Edipo y Yocasta entran al palacio. El coro, en tanto, invoca a los dioses, para que se aclare la verdad.

Un mensajero anuncia que el rey Pólibo ha muerto. Yocasta se lo cuenta a Edipo y él se queda parcialmente tranquilo, porque no ha sido responsable de esa muerte. Pero el horror le inunda, cuando escucha al mensajero decir que los reyes de Corinto no eran sus verdaderos padres. Cuenta que él fue quien entregó un  niño recién nacido a los monarcas. Un niño que a su vez, un  pastor le había dado, en el monte Citerón.

Edipo, horrorizado pide ayuda para localizar al pastor. El Corifeo revela que este pastor es el mismo hombre que sobrevivió al ataque de Layo y le sugiere que le pida información a la reina. Yocasta se niega a hacerlo, como presintiendo la terrible verdad.

Ingresa el pastor, acompañado de dos criados y después de un ir y venir de preguntas, Edipo, al borde de la desesperación, conoce la verdad: Es el asesino de su padre y se ha casado con su madre.

Un paje sale del interior de palacio  y cuenta que Yocasta se ha dado muerte y Edipo, al verla,  loco de angustia,  se ha quitado la vista, con los alfileres del manto de la reina.

Edipo, ciego, en el  grado más alto del dolor humano, suplica al rey Creonte, que vele por sus dos hijas y que lo eche de Tebas, que lo mande donde ningún mortal lo salude. Quedan en escena el Coro y el Corifeo. La tragedia termina con las reflexiones de este último.

 

 

Portadas:
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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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