Por:  Edgar Freire Rubio

 

En la marmórea pila céntrica del extenso patio conventual (San Francisco), saltaba el agua cristalina, cayendo convertida en gotas diamantinas por obra de un sol fulgurante y vivificador. Bajo las arcadas silenciosas caminaban dos estudiantes que aspiraban a la sagrada tonsura en no lejano día. Con aire juvenil, conversaban de sus piadosos proyectos y de su vida monástica; pero de vez en cuando dejaban escapar alguna broma que recordaban. En ese instante, sonó la campana de la portería, y los estudiantes empujados de rara curiosidad, acudieron presurosos a ver quién llamaba. ¿Quién será?, dijo el uno consultando a su compañero.

-Pregunta tú, Leonidas, insinuó el  otro.

-Pero estamos prohibidos de acercarnos a la portería, replicó el primero. Mejor hazlo tú, Antonio;

¡pero pronto, antes de que venga del Hermano portero!

-Bueno, ya está! Y diciendo  y haciendo, abrió la ventanilla y preguntó: ¿Qué desea?

Y a través de los huequitos de la rejilla, Antonio vio una mujer vieja, cubierta la cabeza y casi  toda la cara por una manta negra, dejando visible una nariz larga y unas barbas ralas y repugnantes que  nacían sobre unos labios descoloridos que se abrieron enseñando los vestigios de una dentadura sucia, dejando escapar una voz vacilante y ronca que en tono de súplica dijo:

-¡Hermano! ¡Haga el favor de llamar al Padre Anselmo!

Antonio hizo una mueca de repulsión, y sin contestar nada cerró la ventanilla y se retiró disgustado.

-Qué fue que cierras así, preguntó Leonidas.

-Es una vieja feísima, indicó Antonio.

-Pero puede ser alguna infeliz mujer que desee confesión o algún otro favor de este Convento.

-¡Así fuera un caso de muerte que yo no le atiendo a esa vieja!

-¡Pero Antonio, nunca te oí hablar así!

-¡Es que la vieja es fea! Y con una nariz que se parece a nuestros superiores! ¡No tengas esos recelos Leonidas! Alguna vez nos riamos de todos.

-Antonio! ¡No puedo seguir oyéndote, y me voy!

-¡Uh! Qué beato! Y antes de hora!, replicó mofándose Antonio, pero Leonidas se encaminó con presteza a la celda de su confesor, para descargar su conciencia temerosa de haber faltado a la disciplina  de la Sagrada Orden, en tanto su compañero se festejaba de su exagerada ingenuidad y aún lanzó una sonora carcajada que no dejó de llamar la atención del austero Hermano portero que en ese momento regresaba cumpliendo un encargo de un devoto. Pero no bien terminó Antonio de reír, noto algo extraño ante sus ojos. Se restregó con insistencia una y otra vez, por si alguna pajuela se hubiera introducido en los párpados. Más todo fue inútil, siguió mirando  un objeto que no se apartaba por nada. Cerró los ojos, los volvió a abrir, agrando las órbitas, caminó unos cuantos pasos; pero no consiguió apartarse de lo que veía. El asunto no dejó de inquietarle y su ánimo que poco antes estuvo tan festivo, se tornó meditabundo y contrariado. Sin embargo, sacudió  la cabeza como queriendo desatarse de aquella preocupación, y resolvió conversar este incidente a su condiscípulo Leonidas. Cabizbajo, caminó por los claustros con paso lento, subió unas gradas donde había un ancho pedestal de piedra, sobre el que descansaba una estatua de San Francisco de Asís con la faz expresando una bondad divina. Antonio levantó la cabeza para rezar al santo; pero lo primero que vio fue la visión fatídica que le perseguía por donde iba. El estudiante sintió entonces una angustia que no había experimentado nunca, y en un arranque de desesperación se echó de rodillas y juntando las manos clamó con voz dolorida: ¡Seráfico Patriarca, sálvame! Después se agachó hasta poner su cara pálida contra la dura piedra y se desató en incontenible llanto. En ese momento bajaba Leonidas, y al reparar el estado excitado de Antonio, le llamó: ¡Antonio, Antonio! ¿Qué te pasa? ¡Háblame! Pero no pudo hacerlo porque el llanto le ahogaba. Con todo, al cabo de pocos minutos, Antonio se calmó un poco y pudo hablar: Leonidas, dijo, ¡yo no sé lo que me pasa!

-A ver, ¡dime qué es!, insinuóle Leonidas.

-Casi enseguida de lo que estuvimos juntos en la Portería, se me presentó un dedo que me llama y que no se me desaparta ni un solo rato.

¿Lo ves en este momento?

-¿¡Sí, Antonio! Lo veo bien claro y me insiste tanto con su llamada, que tengo miedo y me aterroriza, porque parece que el dedo va acercándose y me va a estrangular…  ¡Es terrible…!

-Bueno, cálmate y caminemos un poco para que me cuentes con más serenidad, continúo Leonidas tomando del brazo a su compañero y llevándole a su celda.

-¡Me siento desfallecer Leonidas! Aconséjame ¿qué puedo hacer?

-Rezaste tus oraciones esta mañana?

-Como de costumbre…

-¿Has cometido algo grave?

-Nada que yo recuerde…

¿Has murmurado de…?

-Solo lo que te dije cuando le vimos a la señora.

-Pero tienen que haber hacho algo, porque ese dedo que ves es una señal divina. ¡Háblame con confianza que te aseguro que de mí no saldrá nada!

-¿Me prometes, Leonidas?

-Te prometo, Antonio.

-Pues no recuerdo más que lo siguiente: tú sabes que el Padre Provincial se enfermó hace poco con la nariz, de modo que echó una cara rara, y yo cada vez que le veía, me burlaba a mi antojo en mi interior, pero cuando ahora le vimos a la vieja, hice a nuestro Padre tan mal juicio, que juzgo yo que ésa  debe ser la causa para el enojo divino.

-¡Pero Antonio! Has hecho mal. ¿No sabes tú que el Padre Provincial es un santo?

-Lo sé, pero esa es la verdad.

-¿Y te has confesado de esto en estos días?

-No, Leonidas.

-¡Qué me dices, Antonio!

-Te confieso mi culpa y ahora dime qué me aconsejas.

-¿Sigues viendo el dedo?

-Exactamente y no deja de llamarme.

-Pero no te queda más remedio que ir donde el Padre Provincial y pedirle perdón y contarle lo que te sucede, sin ocultarle nada.

-Pero a él mismo, no: ¡mejor me confesaré con otro Padre!

No, Antonio, haz ese sacrificio. Dile todo al Padre Provincial, que él como santo, te podrá aconsejar lo que sea conveniente.

Antonio, en la situación aflictiva en que se encontraba, accedió a lo que su condiscípulo le sugirió.Ambos fueron en busca del Provincial.

Y la leyenda refiere que el Padre Provincial informado con detalle de lo que había acontecido al estudiante, le infundió ánimo paternalmente, y le dijo: “Es una prueba dura que Dios te ha mandado, pero resígnate hijo mío. Haz una novena muy devota a nuestro Seráfico Patriarca, y si al cabo de esa novena el dedo no ha desaparecido, entonces quiere decir que debes seguirle a donde te llame. Yo y la Comunidad te acompañaremos y elevaremos por ti nuestras oraciones”. Antonio recibió la bendición del Santo Provincial, y llenando su alma de gran devoción, pidió al Cielo durante nueves días, terminados los cuales el dedo continuó llamándole. En esta situación, reuniéronse los frailes en la iglesia y vestidos con los sagrados ornamentos, entonaron cánticos y salmos litúrgicos que en tales trances acostumbraban. Llamó entonces el Padre Provincial al estudiante arrepentido y le dijo; Hijo mío, ahora sí, encomiéndate a Dios y ¡adelanta por donde te guíe el dedo! Antonio, todo contrito puso las manos en el cielo y adelantó, balbuciendo una oración y con los ojos llorosos, en tanto le seguía a corta distancia la Comunidad, musitando un rezo gemebundo que quedaba vacilando entre los claustros, como un anuncio lóbrego y desesperante.

-Padre, tengo miedo, dijo a media voz el estudiante regresando a ver al Provincial que le seguía a pocos pasos, regando agua bendita.

-No temas hijo mío. Continúa por donde te  llama la señal divina, le respondió.

-Es que siento cierto estremecimiento…

-Reza con fe y sigue adelante, contestó el Padre nuevamente, tranquilizando con su actitud al joven.

Antonio humildemente continuó rezando, y avanzó por un corredor con la mirada fija en  un punto invisible para los demás. De pronto, al pasar por un arco, el estudiante se detuvo y giró a la izquierda, hacia donde existe una puerta de piedra que da a la Capilla de Villacís y esperó un instante. Ante la sorpresa de la Comunidad, la puerta se abrió sola, y el estudiante, pálido como un cadáver, entró vacilante, y cuando el Padre Provincial quiso franquear el umbral, la puerta se cerró con la misma facilidad. Por más esfuerzos que se hicieron después fue imposible abrirla, y sólo cedió cuando la noche había dejado todo en silencio y en la obscuridad. Los frailes comprobaron entonces que Antonio había desaparecido misteriosamente, quién sabe por qué designios, y sólo había quedado sus hábitos parados en el centro de la Capilla, como si alguien todavía los sostuviera. Mas cuando un Hermano trató de tocarlos, se aplastaron contra el embaldosado, dejando percibir un suspiro largo, como que delataba una pena profunda, un pesar infinito…

Tradiciones Quiteñas, Quito, Ed. Voluntad, 1963.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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