Una fría mañana de abril, sobre las aguas del rio El Tejar, una espesa bruma se levantaba y cubría el viejo molino. Confundido entre la neblina del callejón principal, un bulto reposaba inmóvil y no fue sino hasta que llegó el sereno, cuando dos policías que por ahí transitaban se dieron cuenta que se trataba de un cadáver.

  Un hilo de sangre corría desde su oreja hasta el suelo, su rostro estaba contra el piso y al darle la vuelta uno de los gendarmes reconoció su rostro.

  -Se dónde vive, voy a avisar a su familia.

  Dijo y salió paso apresurado mientras su amigo se quedaba en la escena del crimen. Después de unos minutos éste llegó acompañado de una señora de unos 35 años aproximadamente y una adolescente de unos 17, la joven al ver a su padre se lanzó sobre él y con un tono que empezó desde un susurro hasta llegar a los gritos repetía.

  - ¡Despierte papito! ¡Despierte papito! ¡Despierte papito! ….

  Su madre permanecía en silencio, se le notaba paralizada, solo cuando uno de los policías le preguntó cuál fue la última vez que vio a su esposo fue que ella pronunció palabra.

  -Ayer, discutimos y él como siempre que peleamos salió a emborracharse, era normal que no llegara en toda la noche, por lo que no me preocupó que no apareciera.

  Para el medio día toda la ciudad estaba enterada de la muerte de aquel hombre, un grupo de personas se reunía y empezaba a planificar algo. Desde hace un tiempo venían sucediendo cosas extrañas, las personas que por ahí transitaban en las noches salían golpeadas, rasgadas sus ropas. Comentaban como sombras las rodeaban, observaban flotar bultos entre la oscuridad y voces muy extrañas las atormentaban y confundían. Aquel molino fue construido sobre un cementerio y se atribuía a esto todos los eventos, no faltaban quienes decían.

  -Por no dejar descansar a esas pobres almas.

  Pero jamás había sucedido un asesinato y esta fue la gota que derramó el vaso, estas personas estaban decididas a descubrir de una buena vez lo que sucedía en aquel extraño lugar.

  Por la noche, en la sala de velaciones tres personas ingresaron en busca de la nueva viuda, el lugar estaba repleto, en su mayoría gente curiosa que ni conocía a la familia pero que no querían perderse lo único novedoso que había pasado en una ciudad donde difícilmente pasan cosas extraordinarias, se la llevaron hacia un rincón y le comentaron que en unas horas pensaban descubrir cómo había muerto su esposo, a lo que contestó.

  -Yo sé cómo murió mi esposo, a él lo mató el trago, tarde que temprano algo así tenía que haberle pasado.

  Sus hijos quienes muy atentos la miraban, al percatarse que se estaba descontrolando se le acercaron y en tono de súplica los abrazó y les dijo.

  -Perdón hijitos, perdón por haberles dado esta clase de padre.

  Los hombres observando aquella escena se marcharon, entendían que aquella esposa quisiera dejar las cosas ahí, pero ellos no podían permitir que desgracias así sigan ocurriendo.

  Cerca de la media noche, un hombre ebrio se disponía a cruzar el molino, bajaba tambaleándose en dirección al rio, dejaba entrever que en una de sus manos llevaba una botella,  mantenía una discusión con alguien a quien solamente él podía ver y pronunciando unas cuantas malas palabras busco una planta para orinar, de pronto un sonido en los matorrales, fuertes ruidos metálicos, risas y palabras desconocidas invadieron el lugar, un aullido justo antes de que sombras empezaran a moverse por ahí, flotaban costales gigantes que derramaban sangre y un rostro con una nariz grande puntiaguda con ojos encendidos de un color rubí estaban frente a él, tenía una boca llena de babas la cual dio un grito estremecedor. El caballero en un acto veloz rompió la botella para poder tener en su mano un arma y gritó lo más alto que pudo.

  - ¡Aquí están, vengan rápido!

  Por los dos extremos de la calle decenas de antorchas se veían acercarse a buena velocidad, las sombras se dispersaron y él se quedó quieto observando que camino habían tomado,

  -Se dirigieron hacia la parte de atrás, cogieron por el bosque.

  Corrieron hasta que lograron divisar las sombras, un disparo de escopeta le hizo caer a uno.

  -Si cayó es porque son humanos.

  Concluyó alguien de los que ahí se encontraba, al resto los acorralaron en la parte en que el río formaba un dique. Llevaban puestos sacos de yute y pedazos de estera, usaban máscaras de cartón con formas de duendes, pero detrás de estos disfraces se encontraba una familia de conocidos ladrones. Los dirigieron frente al molino y aunque ellos suplicaron y aclararon que no habían matado aquel hombre, que éste se había tropezado y golpeado la cabeza, la indignación de la gente era tal, que usando las antorchas para formar una hoguera los quemaron vivos. Lo último que se supo de ellos fueron las súplicas de perdón a Dios y el olor de su carne calcinada.

 

Tomado del libro “EL MOLINO DE LAS ALMAS” del autor Marcos Chamorro Mer

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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