Fuente oral: Mercedes Andrango Farinango
Transcripción: Ana Cristina Velásquez Arias
 
Hace mucho tiempo  atrás, en una pequeña  casita de barro y tejas rojizas que reposaba entre los verdes maizales de las faldas del Taita Imbabura, vivía una  mujer anciana con su hijo y nuera.

Todas las mañanas, al primer canto del  gallo, José, el hijo de Clementina  tomaba sus vacas  del corral y se dirigía a pastarlas a las orillas del Lago San Pablo. Mientras  tanto, su madre y nuera Sisa realizaban tareas agrícolas y quehaceres domésticos. Al parecer todo era normal dentro del hogar, pero las misteriosas desapariciones de Sisa  entre los extensos de maizales, sobre todo en época de choclos, causaban intriga en  la madre de José.

Un día, la curiosidad de Clementina se desató, quería saber que hacia su nuera durante todo el día entre el cultivo. Intrigada, tomó un machete y se escondió  detrás de los altos bultos de leña  que estaban a un lado de la casa. 

Como era  de esperarse,  José  se despidió de amada esposa para encaminarse por el pequeño chaquiñán a cumplir sus labores diarias. Sisa, cerciorándose que nadie la viera, se dirigió rápidamente  hacia el sembrío.

Clementina, cautelosamente  la siguió por detrás, pero  esta,  despareció rápidamente entre los maizales sin dejar rastro alguno.

Clementina miraba fijamente en todas las direcciones  y al observar  las grandes  y abundantes mazorcas  de choclo, recordó que a su nuera le encantaba  el choclotanda,  así que decidió deshojar algunos para la cena y deshierbar  la maleza del cultivo.

Al deshojar la última mazorca, encontró un gusano grande, verde y muy gordo que comía del grano tierno con gusto, en seguida la mujer boto  el maíz  al suelo y aplasto al bicho con el pie hasta que muriera.

Luego de pasar todo el día en el cultivo, al empezar a ocultarse el sol, la vieja mujer retorno a casa, prendió fuego  a la tulpa y  colocó  una olla llena de mazorcas con agua. La noche comenzaba a caer, los perros aullaban con fuerza   y el rostro preocupado de Clementina se hacía notar al no ver llegar a su nuera.

De repente, alguien tocó la puerta, era José, quien al no ver a su esposa preguntó  por ella.

Su madre respondió que no la había visto en todo el día ¡Desapareció entre los  matorrales, desde entonces no sé nada de ella! Exclamó.

El hombre  rápidamente tomó  un poncho y un candelabro,  corrió hacia los matorrales gritando el nombre su esposa  e imaginándose lo peor.

En la más espesa y ambulante maleza, sobre una  gran cantidad  de hojas de maíz que permanecían regadas en el suelo, reposaba el cuerpo de  Sisa,  se podía evidenciar sangre en todo su rostro y trozos de maíz crudo en su boca.  José se acercó hacia el cuerpo y al constatar que no tenía vida, lloró con gritos de dolor.

Mi abuela  Mercedes cuenta que alguna vez existió una mujer de nombre Sisa, que se convertía en gusano para degustar del maíz que brinda la pacha mama en  la época de Florecimiento “Pawkar Raymi”. Desgraciadamente Sisa tuvo un trágico final.

 ¡Si encuentras un “Jachun” en el maíz, nunca le hagas daño, podría ser otra Sisa que está degustando del choclo!, exclamó mi abuela.

 

Ilustración: Diego Campo -Técnica Acuarela

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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