Por: Hugo Garcés Paz

La villa de Otavalo, pues así se llamaba antes de ser ciudad, contaba con hombres amantes de su tierra que hacían lo posible por engrandecerla. Contaba con artesanos pundonorosos cumplidores de su deber a tal punto que la sola palabra bastaba para hallarse obligado a cumplirla cueste lo que cueste. Te debo tanto, era el mejor pagaré que podía suscribirse entre dos personas. Época bendita en la que no hacía falta recibos, letras, ni pagarés de los cuales en la actualidad se hace tabla raza, pues con éstos o sin éstos vemos todos los días que se pierden fortunas.

Contaba con excelentes artesanos: mecánicos en quienes se podía confiar cualquier trabajo, así las chapas que hacían eran de una seguridad absoluta, tanto más cuanto que nadie pensaba en apoderarse de lo ajeno. Hasta muchos años después las abacerías y tiendas en general, sólo contaban con reja de madera movible que cualquier persona podía levantarla y pasar, pero que nadie se atrevía a tal cosa y se contentaba con golpear la puerta para que la dueña o el dueño acudiera a atenderles. Carpinteros para quienes no había secretos con la madera y buscaban la más fina o la más dura para confeccionar sus muebles, con acabados que cualquier artesano de la actualidad se hallaría en aprietos al realizar una comparación de sus obras. Hemos visto embutidos en madera de eucalipto, donde no se encuentra ninguna señal de que sean piezas diferentes los adornos y la madera del mueble, ante lo cual se creería que eran pintados. Había artesanos del calzado que se esmeraban por entregar sus obras en las mejores condiciones. Sastres cumplidores de su palabra y de una hechura impecable. Lo mismo se podría decir de todas y cada una de las actividades económicas.

Por ese entonces vivía un humilde artesano, llamémosle Pedro, que se había dedicado, desde muchacho, a la confección y reparación del calzado. Pedro era un excelente zapatero, pero que a pesar de ello su ganancia era poca para mantener una familia numerosa, por lo cual se le vía trabajando todo el tiempo que le era posible, desde las primeras horas de la mañana hasta muy avanzada la noche. En aquel entonces no había luz eléctrica y debía realizar su labor valiéndose de la escasa luz  de una vela que muy poco alumbraba para el trabajo que  hacía. Hubiera sido necesario encender tres o cuatro a la vez para disponer de un poco más de claridad, pero como esto no le era posible, optó por hacer dos trabajos a la vez.

A la persona que fallecía se la velaba en su casa, a donde acudía la gente durante las últimas horas de la tarde para acompañar a los deudos, pero a medida que avanzaba la noche uno tras otro iban dejando el duelo, y muchas veces los parientes ya cansados y sufridos, se retiraban también, dejando al cuidado de alguna persona. Nuestro zapaterito pensó que si se ofrecía quedarse él, no habría dificultad y aprovechando la luz de los cirios continuaría cosiendo el calzado, a la vez que hacía compañía al muerte. Efectivamente no había quien no confiara su muerto a Pedro, mientras ellos descansaban para tener fuerzas al siguiente día, que sería muy atareado.

Cierta noche se velaba un hombrecito del pueblo que había fallecido en horas de la mañana. Avanzada la noche la concurrencia se retiró del duelo y, un poco más tarde, también los deudos, menos dos estudiantes que se habían propuesto hacerle una pasado para quitarle la costumbre de quedarse en todos los velatorios. Una vez solos los estudiantes comenzaron a conversar de lo bien que les sentaría tomarse una copa en esa madrugada tan fría como estaba. Uno de ellos dijo que él se iría a comprar; pero que no sabía dónde podría encontrar a esa hora, ante lo cual el otro le preguntó a Pedro, si él podría conseguirles si es que ellos le daban el dinero para que trajera una media botella y unas galletita. Pedro se prestó en el acto a realizar el mandato y salió en busca de lo solicitado.

Mientras regresaba Pedro sacaron del ataúd al muerto, le pusieron el saco de uno de ellos, le acomodaron en una silla de tal manera que parecía adormecido; el dueño del saco se metió en el féretro, mientras el segundo se retiraba del escenario hacia otra pieza desde donde  podría ver la reacción del zapatero. Cuando regresó Pedro y se  acercaba al catafalco quien estaba en el ataúd comenzó a sentarse, dando la impresión de que el muerto estaba saliendo de su encierro. Pedro sin decir nada tomó lo que más a mano encontró, que en este caso fue su propio martillo y lo lanzó contra el muerto  que trataba de levantarse, con tal puntería que le dio en la frente, con lo cual el muerto no hizo más que volver a acostarse tal como debía estar dentro de su cajón. Cuando se acercó a quien creía que era el estudiante se dio cuenta de que éste era el muerto, ante lo cual corrió al ataúd al mismo tiempo que lo hacía el estudiante que se había escondido, donde, con todo su pesar, encontraron que el estudiante que había ocupado el lugar del muerto tenía partida la frente y que bien muerto estaba ya.

 

Leyendas y Tradiciones del Ecuador,
Tomo I, Ediciones Abya-Yala, 2007.
 
 
 
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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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