LA CAJA RONCA DE SAN FELIPE

 Juan Carlos Morales Mejía

 

El higo sobresalía en el descampado como si sus ramas fueran grandes dedos retorcidos, en medio de las hojas verdes y sus frutos picoteados por los pájaros. Su tallo era grueso y las brevas servían para realizar el más prodigioso dulce, macerado con panela y un fuego, constante de cuatro horas. La estancia se encontraba un tanto retirada de la urbe, tomando en cuenta que la historia se refiere a finales del siglo XIX.

El barrio San Felipe, donde se sucedieron estos hechos, comprendía parte de San Juan Calle, la calle colón y el recordado Quiche-Callejón, lo que hoy es la Maldonado, hasta la calle Pérez Guerrero. Los hechos sucedieron precisamente en la esquina de las calles Colón y Maldonado, donde aún se conserva el majestuoso higo, que tienen sus ramas hasta un patio lleno de geranios y malvas, con un parral al fondo.

Al higo llegaban los vecinos para aprovechar sus abundantes frutas, pero únicamente en el día. Por la noche, lo sabían todos, estaban a merced de la Caja Ronja que no era otra cosa que una procesión de almas en pena que realizaban sus peregrinaciones para arrepentimiento de los ibarreños, torturados por la expiación de culpas y la idea del pecado., propagada por algunos curas que -como dice González Suárez, eran proclives al escándalo.

 Fue cerca de ese higo mítico, que existían unos pequeños cuartuchos que servían para hospedar rústicamente a los dueños del terreno, en la época de la cosecha de las hortalizas. Esa noche, Carlos fue enviado por su padre para traer el agua, en el turno de las 11 de la noche. El muchacho vivía en San Juan Calle y conociendo más que nadie la procesión de los muertos, le rogó a su amigo Manuel que lo acompañara hasta la heredad del Quiche-callejón, protegida por tapiales, donde escasas hierbas mostraban sus fulgores.

Los dos amigos llegaron antes de la cinco de la tarde y entraron por una mínima puerta de madera, con cerrojos enmohecidos. Miraron al higo y se procuraron sus frutos, mientras charlaban animadamente. Más tarde, decidieron encender una pequeña hoguera al interior de la casucha, que no tenía tablado. Para mantenerse en vigilia decidieron contar algunas historias pero evitando mentar siquiera a la Caja Ronca. La noche se cernía espesa sobre este lugar y los muchachos se adormilaron.

Más de un sobresalto despertó Carlos al escuchar un cercano temblor y un monótono flautín, que repetía una melodía trágica. Se restregó los ojos pero estaba seguro de aquellos espectrales sonidos, más aún cuando despertó a Manuel y le confirmó una extraña sensación de desasosiego, mientras afuera el retumbo parecía deslizarse por el portón del Quiche-Callejón. No había duda, se dijeron, era la Caja Ronca presidiendo su cortejo fúnebre.

 Un sudor imperceptible se deslizaba por sus frentes y sus corazones parecían salirse de sus pechos. Pero la curiosidad pudo más que el miedo y decidieron -aunque sea- espiar por las hendiduras del portón. Se acercaron en puntillas como si descorrieran los misterios de la noche, con sus silencios. Llegaron acompañados por un viento frío que les acariciaba los talones y el ruido constante que llegaba de afuera, como si un gran tambor convocara las fuerzas malignas y sus sopores putrefactos. Pero al fin llegaron al portón y por ningún motivo lo abrieron sino que de rodillas miraron por los resquicios del pórtico. Y lo vieron todo.

Dos hileras de siluetas con trajes negros gastados, encapuchados, sin permitir prefigurar sus rostros. El paso lento y rítmico, como si una fuerza ancestral los dirigiera desde el Averno. Sus trajes rozaban el suelo y el ruido que producían llegaba mayúsculo hasta los oídos de los curiosos muchachos. Los personajes siniestros dejaban entrever unas manos deshechas, con rastros de carne pútrida, que parecían fundirse en las enormes veladoras verdes que llevaban. La luz de las velas inundaba el Quiche-Callejón con resplandores mortecinos, como si el cortejo viniera de un lugar insano y especial. Mientras la enorme procesión recorría no dejaba de sonar el tambor ni el flautín, que parecía estar localizado más atrás. En efecto, mientras retumbaban esas melodías fantasmagóricas, un carromato envuelto en llamas finalizaba el séquito. Las lenguas de fuego parecían acariciar al personaje que iba encima del carro, conducida por lo que parecía ser sus fieles. Lo que vieron los muchachos era dantesco: sus ojos fulgurantes eran firmes y tenía unos cuernos afilados que destellaban, como si el fuego se estrellara en ese lustroso elemento Maligno. Pasaba airoso, mientras dirigía la vista a las figuras encapuchadas. Era recio. Un señor poderoso del mundo de las Tinieblas. El crujido del carromato envuelto en llamas se confundía con el tan tan del tambor y el flautín, que cerraba el cortejo. La diabólica criatura llevaba una capa escarlata bañada por la flama que parecía danzar con la luz mortecina y verde de los conjurados del infierno. De la mano derecha del cornudo sobresalían unas uñas largas y encorvadas. Sostenía un trinche enorme que -de cuando en cuando- lo blandía como si azuzara a la parsimoniosa peregrinación de almas condenadas al Abismo. Al final, al fin, pasaron los músicos infernales. Iban vestidos de rojo y el fuego del carromato los envolvía como un tul. El uno tocaba el flautín y el otro el tambor, que parecía encerrar sonidos de un lamento de siglos, como si llamara a otras procesiones dispersas por el mundo. Como si fuera el anuncio de la llegada de más seres fúnebres, una sonora advertencia de calamidades y penitencias.

Los muchachos quedaron pegados al portón hasta que la procesión pareció alejarse un poco. Cuando dejaron sus respectivas hendiduras se miraron aterrados, sólo para comprobar en ese instante que sus pantalones estaban mojados y un hedor de orines les ascendía. Rieron nerviosamente de su situación de espanto y -sin siquiera pensarlo, descorrieron el portón para observar por  última vez la procesión del Diablo que pasaba por el Quiche-Cortejo. Al salir, no encontraron ningún rastro, como si un boquete en medio de la noche se hubiera llevado el cortejo del infierno y hasta el sonido de la Caja Ronca que acompañaba a los difuntos.

La noche envolvía al higo y los muchachos retornaron a la casucha para encender una hoguera y serenarse un poco. Más calmados tuvieron la sospecha de que no podían quedarse en el lugar sin regar la huerta, porque la tunda de azotes que les esperaba era peor que cualquier tambor maligno. Así lo creyeron. Se dirigieron con sus palas y removieron los surcos para que entrara  el agua a las lechugas y los nabos. Estaban en estos menesteres cuando desde el añoso higo escucharon nuevamente el tremolar del tambor, con su espeso y agitado tan tan. Por el medio de las lechugas llegaba el músico, con su traje rojo y su capa. Los muchachos lo recibieron como si fueran estatuas, por donde  se filtraba un sudor frío. El tamborilero extendía dos veladores grandes y verdes, aún humeantes, que eran de las mismas que llevaban los personajes del cortejo. Los muchachos esta ocasión no se orinaron en los  calzones sino que se desplomaron, como guiñapos que se hundían de cara en las lechugas. Despertaron pasadas las cuatro de la madrugada y echaron a correr por medio de la estancia y sin darse cuenta llevaban aferradas las velas fúnebres, como si sus manos no respondieran. Al llegar a la calle y detenerse a tomar aliento, comprobaron que las veladoras verdes en realidad eran canillas de muertos, con mínimos recuerdos de una carnadura que se introducía en sus poros. Lanzaron los huesos y nuevamente corrieron en dirección a San Juan Calle hasta llegar al zaguán de la casa de Carlos, en medio de una espuma espesa que se deslizaba por sus bocas. Ante sus llamados sus familiares salieron y los encontraron revolcándose como rabiosos seres, envueltos en espumarajos y los ojos encendidos. Cuando recobraron el aliento aún tenían restos del agua bendita, que sus parientes solícitos procuraron a sus cuerpos maltrechos. Fue de boca de ellos que los vecinos del barrio San Felipe supieron qué mismo era la Caja Ronca, que siguieron escuchándola por muchos años, en medio de una imaginación que crecía para tratar de reconocer a la procesión, si alguna fatal noche pasaba por sus casas.

El diabólico tambor parece que recorre otras callejas, pero si el lector tiene disimulo, aún puede pasar por la calle Maldonado 12-13. Al igual que los muchachos que espiaron por las hendiduras del portón, se puede mirar -esta ocasión, desde afuera al añoso higo que sobrevive en medio del jardín de geranios y de malvas.

Leyendas de Ibarra

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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