Fuente Oral: María Mercedes Anrango Farinango
Recopilación: Cristina Velásquez
 
 

Cuentan que hace muchísimos años, sobre las aguas del río El Tejar, una espesa bruma se levantaba y cubría el viejo molino. Confundido entre la neblina del callejón principal, un bulto reposaba inmóvil y no fue sino hasta que llegó el sereno, cuando dos policías que por ahí transitaban se dieron cuenta que se trataba de un cadáver.

Un hilo de sangre corría desde su oreja hasta el suelo, su rostro estaba contra el piso y al darle la vuelta uno de los gendarmes reconoció su rostro.

-¡Sé donde vive!, voy a avisar a su familia.

Dijo y salió paso apresurado mientras su amigo se quedaba en la escena del crimen. Después de unos minutos éste llegó acompañado de una señora de unos 35 años que venía con sus hijos. La hija mayor, al ver a su padre,  se lanzó sobre él y con un tono que empezó desde un susurro hasta llegar a los gritos repetía:

- ¡Despierte papito! ¡Despierte papito! ¡Despierte papito!….

Su madre permanecía en silencio, se le notaba paralizada. Sólo cuando uno de los policías le preguntó cuál fue la última vez que vio a su esposo, ella dijo:

-¡Ayer!, discutimos y él como siempre que peleábamos, salía  a emborracharse, no llegó durante toda la noche, por lo que no me preocupó que no hubiese aparecido.

Para el mediodía toda la ciudad estaba enterada de la muerte de aquel hombre. Entonces, un grupo de personas empezaron a reunirse porque estaban preocupados. Desde hace algún tiempo venían sucediendo cosas extrañas. Las personas que transitaban por el Molino, en las noches, salían golpeadas con sus ropas rasgadas. Veían sombras que merodeaban y bultos que flotaban en la oscuridad. La gente decía que aquel Molino fue construido sobre un cementerio y se atribuía a esto todos los eventos que sucedían. No faltaban quienes decían:

- Todo pasa por no dejar descansar a esas pobres almas.

Pero jamás había sucedido un asesinato y ésta fue la gota que derramó el vaso. Las personas estaban decididas a descubrir de una buena vez lo que sucedía en aquel extraño lugar.

Por la noche, en la sala de velaciones tres personas ingresaron en busca de la nueva viuda. El lugar estaba repleto, en su mayoría,  por gente curiosa que ni conocía a la familia pero que no querían perderse lo único novedoso que había pasado en la ciudad. Se la llevaron hacia un rincón y le comentaron que pensaban descubrir cómo había muerto su esposo, a lo que ella contestó:

-Yo sé cómo murió mi esposo, a él lo mató el trago. Yo siempre le dije que algo así iba a ocurrrirle.

Entonces, abrazó a sus hijos y les dijo:

-Perdón hijitos, perdón por haberles dado esa clase de padre.

Los hombres, observando aquella escena, se marcharon. Entendían que la mujer quería que las cosas no trascendieran más. Pero ellos no podían permitir que desgracias así siguieran ocurriendo en Otavalo.

Cerca de la media noche, un hombre ebrio se disponía a cruzar el Molino. Bajaba tambaleándose en dirección al río. Llevaba una botella, mientras discutía con alguien a quien solamente él podía ver. El momento en que se detuvo a orinar, miró cómo unas sombras aparecían a su alrededor. Una era horripilante, tenía  una nariz grande y puntiaguda y unos ojos encendidos que le enceguecían. En un acto veloz, por instinto, rompió la botella para defenderse del peligro y  gritó lo más alto que pudo:

-¡Aquí están, vengan rápido!

Por los dos extremos de la calle decenas de otavaleños con antorchas se acercaron a toda velocidad, pero las sombras se habían ido ya y el hombre permanecía quieto, observando qué camino habían tomado, Entonces, exclamó:

-Se fueron por el bosque...

La gente corrió apresurada tras las sombras que huían. Un disparo de escopeta hizo caer a una de éstas. Alguien dijo:

-Si cayó es porque es humano. Vamos a ver….

Los ciudadanos acorralaron a las sombras y con sorpresa vieron que estos seres llevaban puestos sacos de yute y pedazos de estera. Usaban máscaras distintas hechas de cartón, con formas diversas. Les quitaron los disfraces y vieron que las tales sombras no eran más que unos conocidos ladrones que pertenecían a una misma familia y que habían estado azotando a la comunidad. Aunque ellos dijeron que no habían matado al hombre, que había sido un accidente, que el fulano se había tropezado y se había golpeado la cabeza, la indignación de la gente fue tal,  que con las mismas antorchas los prendieron fuego. Sus últimas palabras fueron súplicas de perdón a Dios.

Poco después se colocó en el Molino la imagen de la Virgen de La Dolorosa, justo frente al lugar donde fue ajusticiada aquella familia, para que protegiera  a quienes deambularan por allí.

 

 

Portadas:
Río el Tejar, Otavalo-Ecuador.
Cortesía: Diario El Norte, Imbabura-Ecuador.
 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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