Por: Aníbal Buitrón

 

La parcialidad indígena de Santiaguillo se extiende al suroeste y a poca distancia de Otavalo, al otro lado del río Tejar. Junto al río se levantan unos pocos molinos que utilizan el agua para mover sus pesadas piedras. El camino que conduce a Santiaguillo cruza el río por un puente natural y pasa junto al molino llamado de las Almas en el fondo de la quebrada.

Miguel Campo, un indio de esta parcialidad, se emborrachó un día en una taberna de Otavalo y se quedó profundamente dormido. Cuando el tabernero se disponía a cerrar las puertas de su establecimiento porque todos los clientes se habían retirado, encontró al indio borracho que dormía en el suelo, al pie de una banca. Le despertó, sacudiéndole varias veces, le ayudó a ponerse de pie y le dijo que se fuera a la casa, que ya era muy tarde. Miguel Campo abrió con esfuerzo los ojos, se desperezó extendiendo los brazos y salió a la calle tambaleándose. La noche estaba avanzada, negra y fría. El indio caminaba con dificultad, el peso sin control de su cuerpo le llevaba hacia adelante y hacia atrás, hacia un costado y hacia el otro. A cada momento parecía que iba a rodar por el suelo. Pero como por milagro seguía caminando y avanzando, aunque penosamente. Al pasar por el Molino de las Almas, alcanzó a ver una mula que arrastraba una soga que tenía amarrada al cuello. Miguel Campo se detuvo un momento. Pensó que si cogía a la mula podría llegar a su casa más rápida y fácilmente, y que después hasta podría cobrar por el hallazgo. Decidió, pues, agarrar a la mula. Con todo cuidado, para no espantarla, fue acercándose al animal, y cuando estuvo listo a tomar la soga, la mula comenzó a caminar, arrastrándola y poniéndola fuera de su alcance. El indio siguió a la mula y, cuando nuevamente creyó que la tenía en su poder, el animal aligeró un poco el paso y volvió a ponerse fuera de su alcance. Esto le disgustó grandemente y profirió algunas interjecciones. Pero al mismo tiempo, con cada intento frustrado aumentaba su determinación de agarrar a la mula. Así fue siguiendo a la mula por la quebrada, primero, y por las calles desiertas de Otavalo, después. Llegó un momento en que se cansó de perseguir a la mula y decidió volver enseguida a su casa. Pero entonces vio que la mula se quedaba parada en una esquina. Renació su esperanza de capturar al animal y, caminando con cuidado, pegado a la pared, se fue acercando a la mula, que no se movía de la esquina. Cuando ya le creyó en su poder, la mula hizo otro tanto. El indio apresuró el paso, pero la mula hizo otro tanto, El indio comenzó a correr y la mula emprendió en un trote. De esta manera el animal iba guardando siempre una misma distancia, ni muy cerca para que le cogiera ni muy lejos para que se desalentara.

Volvió el indio a perder la esperanza y se quedó parado, mirando a la mula que subía tranquilamente por la calle real de Otavalo. La mula, como dándose cuenta de la situación, se paró en la próxima esquina y se acostó tranquilamente en la mitad de la calle. Miguel Campo decidió probar su suerte una vez más; pero sería, ésta sí, la última vez. Cuando estuvo cerca y listo a cogerla, la mula se levantó de un salto, sopló con fuerza por las narices y volvió a alejarse. El indio, más decidido y disgustado que nunca, corrió con todas sus fuerzas tras la mula y logró agarrar la soga entre sus manos. Trató de detener al animal, pero éste seguía caminando, arrastrándole a pesar de todos sus esfuerzos. En esto, por primera vez, se le ocurrió mirar a su alrededor, buscando donde sujetar a la mula, y con gran sorpresa y temor vio que caminaba, arrastrado por la mula, por el estrecho sendero que conduce del cementerio de los blancos al cementerio de los indios. De pronto, en un instante apenas, vio que ya no se encontraba en el camino, sino en el interior del cementerio de los blancos, entre los mausoleos y las cruces de los muertos, yu que la mula había desaparecido. Aterrado, muriéndose del miedo, comenzó a gritar pidiendo auxilio, rogando que le sacaran de allí. Con sus gritos despertaron algunos vecinos que tienen sus casas por allí y le ayudaron a salir del cementerio. Al siguiente día, repuesto ya de la impresión, Miguel Campo relataba a las gentes del barrio que no se había percatado del camino que seguía en persecución de la mula y que era un misterio para él la forma cómo pudo entrar en el cementerio rodeado por todas partes de altas paredes y con la puerta cerrada con candado. Entonces algunos vecinos le informaron que su caso no era el primero ni el único; que hacía poco tiempo le había sucedido exactamente lo mismo a una mujer llamada Mama Chavela.

 

Taita Imbabura, Vida indígena en los Andes, C.C.E. Imbabura

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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