Leyenda otavaleña "La bruja"

Fuente Oral:  Luis Ubidia 1
Recopilación y Transcripción:  Dorys Rueda
Otavalo, 1985
 

En tiempos remotos, se cuenta que El Tejar era un río que hizo un ruido tremendo. La gente no puede cruzar el puente, sin dejar de mirar sus aguas. Los otavaleños sabían que junto al río vivía una bruja muy hermosa y seductora, que salía siempre a las doce de la noche a espantar a los borrachos y los hombres infieles a los que detestaba con todo su ser. Posiblemente, porque algún hombre otavaleño, borracho e infiel, se burló grandemente de ella.

Cuando vieron que los borrachos intentaban cruzar el puente, tambaleándose de un lado a otro, se les plantaba como un humanoide cubierto en llamas. Los ebrios, del terror, volvían en juicio al instante y en lugar de caminar, salían corriendo por el puente. A veces lograban cruzarlo, pero otras, caían a las aguas para no volver a salir nunca más.

A los infieles, en cambio, se les presentaba de manera seductora, un medio camino del puente. Les sonreía y extendía sus brazos, invitándoles a caminar con ella. Cuando los hombres se le aproximan, la bruja soltaba una risa estrepitosa que se oía por todo el pueblo. Los hombres quedaban paralizados del miedo. Unos terminaban de cruzar el puente, pero los más eran arrojados al río.

 
Estudio de la leyenda otavaleña “La bruja”

 

Por Dorys Rueda
 

Nadie puede desconocer que Imbabura y en especial, Otavalo, es un centro enriquecido por su gente, sus lagunas, su gastronomía, sus lugares míticos y una gama amplia de producción colectiva y anónima, donde subyace la cultura de un pueblo que se hace y rehace todos los días.

Es necesario rescatar el arte oral por ser un camino que nos aproxima a los valores, costumbres y creencias propias del pueblo otavaleño, que es autor y destinatario de las producciones orales que se han transmitido de generación en generación.

Nuestro deber:  salvaguardar los registros orales que se han transmitido de generación en generación, para reencontrarnos con el pasado y mantener viva la memoria colectiva de la gente. Solo así, podremos entender cómo nuestro pueblo pensó, vivió, se comportó y construyó su mundo de magia, creencias y supersticiones.

Cualquier leyenda podría ser analizada como texto narrativo, porque en ella subyacen ciertos elementos propios de la narración escrita. Desde esta óptica, estudiaremos la leyenda, desde 6 puntos claves: personajes, temas, estructura, tiempo, espacio e intertextualidad.

 

El personaje central de la leyenda es la bruja, un ser mitológico, que si bien es previsible en su proceder y en su relación con el resto de personajes, nos sorprende, porque no es el tipo de bruja común: fea, que vuela en una escoba, que puede transformarse en un animal, que hace brebajes maléficos o que vive rodeada de gatos negros. Al contrario, la bruja de El Tejar es hermosa y vive sola, junto al río caudaloso. Sus armas son la belleza y la seducción y con ellas, atrae a los borrachines e infieles. Cuando observa a un desleal, le extiende sus brazos, invitándole a caminar con ella. La mujer, por tanto, surge como símbolo de tentación y perdición; por ella, mueren ebrios y lujuriosos.
 

Este personaje, evidentemente, está asociado al mal y a las fuerzas oscuras. La bruja es Satanás, Lucifer o el mal y las llamas que la envuelven apuntan al infierno, al lugar donde vive el diablo. Un sitio de sufrimiento al que quiere llevar a los otavaleños, que han vivido en el desenfreno y la inmoralidad.

Dos personajes grupales aparecen en el relato de manera antagónica. Por un lado, los pecadores (ebrios e infieles), adictos al alcohol e inmorales, que cruzan el puente a las 12 de la noche. Por otro lado, están los que no pecan , esos otavaleños honestos, sin vicios, que transitan por el puente durante el día.

Estos personajes nos llevan directamente a dos temas centrales de la leyenda:  el poder y la venganza, que surgen de la información que entrega el emisor (conciencia colectiva de Otavalo) al receptor que es la misma comunidad. Por ese punto de referencia, el receptor es testigo del poder sobrenatural de la bruja, una fuerza que inclina la balanza hacia la muerte. También, nos enteramos de que quizás algún hombre se burló de ella. Una aclaración importante, porque revela que la bruja posiblemente un día amó y podría representar en el relato a un ente justiciero. Pero a medida que avanza la leyenda, observamos que la venganza más bien es un modo de recordar a los otavaleños lo terrible que es el desquite, como una respuesta a una mala acción.

Aparecen también otros dos temas dominantes: : la vida y la muerte, que surgen vinculados al bien y al mal (salvación-cielo, perdición- infierno). El vicio y la traición son mostrados en la leyenda como transgresiones deliberadas del hombre, que son castigadas. De hecho, los otavaleños que sucumben a la bebida y al libertinaje terminan muertos en las aguas del río. Concepción que tiene sus raíces en la religión católica, mayoritaria en ese tiempo en Otavalo. El pecado (vicio e infidelidad) significaría la perdición, un alejamiento del hombre de la voluntad de Dios, que trae como consecuencia la muerte eterna. Un estado agónico y de perpetuo dolor, al que se va por voluntad propia. Un desenlace que el emisor (la comunidad), al contar la leyenda, pretende evitar. En otras palabras, que los varones tomen conciencia de lo grave que es el pecado.

En cuanto a la estructura, en la leyenda se distinguen tres segmentos:

  1. Un preámbulo o generalización del río El Tejar.
  2. Una descripción corta de la bruja.
  3. La relación de la bruja con los borrachines e infieles.

En cuanto al tiempo narrativo , el tiempo del relato es menos extenso que el tiempo de la historia. El narrador (conciencia colectiva de Otavalo) resume lo que sucedió en el puente El Tejar hace mucho tiempo atrás, posiblemente siglos, en tres palabras: “En tiempos remotos”.

Se presenta, además, elipsis implícitas, es decir, el relato refleja que ha transcurrido un tiempo, pero este no se manifiesta en el texto de manera explícita, no hay detalles. Se cuenta, por ejemplo, que en el río Tejar vivía una bruja muy hermosa y seductora, que salía a espantar a los borrachos e infieles, pero no se sabe desde cuándo vivía allí y tampoco, se señala cuánto tiempo (décadas o siglos) viene espantando a los varones

En relación a la oposición temporal día y noche, el día es emblema de sosiego, tiempo en que la gente de Otavalo camina de un sector a otro, con miedo, pero sin el peligro de la medianoche. Las doce de la noche, en cambio, es mortal, es la hora de la tentación, es el tiempo del diablo y abarca la mayor parte de la leyenda.

En cuanto al escenario, la leyenda nos entrega la imagen de un pueblo pequeño, muy distinto al Otavalo moderno de la actualidad. Dentro de este espacio grande, aparece dos espacios pequeños: el río y el puente.

El río El Tejar, en la mañana, es un lugar abierto y público que intimida a los otavaleños, porque ellos conocen la fuerza devoradora de la corriente. En la noche, al contrario, el agua adquiere una dimensión femenina sobrenatural, al estar vinculada con la bruja que vive junto al río. Este espacio representa la muerte eterna, el destino último de los pecadores (el infierno), a donde van quienes han caído bajo el embrujo de ese ser y se han distanciado de los preceptos morales o se han alejado de Dios. Desde esta óptica, el varón, por su rol adjudicado por generaciones, aparece como un ser que cae en los excesos con facilidad.

El puente, en la mañana, es un lugar de tránsito, pero a la medianoche se torna lúgubre y sombrío. Por allí, transitan los alcohólicos y lascivos, cuando se salvan de la hechicera y corren despavoridos. Pero desde allí, también caen los pecadores al río.   Representa la zona incierta, donde la salvación es momentánea y no hay certidumbre. Es la zona intermedia que separa dos mundos: lo que está bajo el puente (río / bruja / diablo / infierno/ castigo/ suplicio eterno),  de lo que está sobre el puente (salvación/cielo/ premio por el buen comportamiento).

En cuanto a la intertextualidad, la leyenda nos recuerda a ciertas figuras femeninas de la literatura. La primera de ellas, Medea, protagonista de la tragedia de Eurípides que lleva el mismo nombre.

Desde el punto de vista de cómo la bruja de Otavalo (el diablo) paga con la muerte a sus devotos surge la asociación con el personaje Medea. La bruja no tiene piedad ni compasión con los ebrios e infieles. Tampoco lo tiene Medea al verse traicionada, cuando su esposo Jasón la repudia para casarse con la hija del rey Creonte. La heroína transgrede el modelo de mujer enamorada para convertirse en una homicida que no muestra piedad con sus enemigos y da muerte a sus propios hijos, al monarca y a la prometida de su cónyuge adúltero.

El final trágico de los hombres en manos de la bruja otavaleña nos recuerda, en parte, a otro personaje femenino maléfico de la literatura clásica: Circe , la bruja de la obra La Odisea, de Homero. Circe, hija de Helios y de la ninfa Perséfone, es una diosa y maga que vive en la isla Eea, rodeada de lobos y leones, los cuales en realidad son sus víctimas, hombres a los que Circe había transformado en animales. Cuando Odiseo llega a la isla, envía a la mitad de sus hombres a la hechicera. Esta les prepara una bebida maléfica que acaba convirtiéndoles en cerdos (La Odisea, Canto X).

El poder seductor de la bruja de Otavalo, que invita a los borrachines y a los traidores a irse con ella, nos recuerda nuevamente a la diosa Circe, quien busca hechizar a Odiseo, cuando este decide liberar a sus compañeros. Acción que no tiene éxito, gracias a la intervención de Hermes, quien le entrega al héroe un antídoto contra el brebaje de Circe. La deidad no puede convertir a Odiseo en un animal, pero lo atrapa en sus redes amorosas y le retiene en su morada durante un año ( La Odisea, Canto X).

El poder maléfico de la bruja otavaleña también nos recuerda a otro personaje literario muy conocido: Delia Mañara, la protagonista del cuento Circe, de Julio Cortázar. Un relato urbano ambientado en Buenos Aires de los años veinte. El mismo título del cuento vincula a Delia con el personaje mitológico de Homero. La joven es la interpretación contemporánea de la figura de la bruja, una mujer extraña a la que un gato sigue y ante quien todos los animales se muestran siempre sometidos. Esta relación con los animales es muy significativa. Recordemos que, en el mundo medieval, los gatos estaban asociados a las brujas. Delia es la bruja moderna, fabrica  extraños licores y bombones que da a sus novios. Dos de ellos mueren.

La fuerza de la bruja otavaleña, que fluctúa entre lo erótico y lo misterioso, también nos recuerda a Delia y el placer que esta siente, al ejercer su dominio sobre los hombres. Placer terrorífico que, en ambos personajes: la bruja de Otavalo y Delia, concluye con la muerte de los varones. Ambas brujas están caracterizadas por el deseo, el poder y la muerte.

La figura de la bruja otavaleña, seductora y diabólica, nos aproximamos además a espectros que surgen en otros relatos orales de la misma ciudad de Otavalo. Por ejemplo, nos recuerda al personaje central de la leyenda La viuda de la medianoche , una mujer alta, que viste íntegramente de negro, y aparece todos los días, a las doce de la noche, en la Iglesia de San Francisco. Allí, espera pacientemente a los ebrios. Cuando los divisa, se quita el manto y extiende sus brazos de manera provocativa. El momento en que los borrachos se acercan a ella y quieren besarla, se topan con un terrorífico rostro cadavérico. Algunos mueren del susto en ese mismo momento y otros huyen, echando espuma por la boca.

La belleza y la seducción, armas de la bruja de Otavalo, aparecen también en otra leyenda otavaleña: La viuda del cementerio. Se cuenta que un joven  gustaba por igual del licor y la compañía de las damas más hermosas del lugar. Hacía alarde de las mujeres solteras y casadas, a las que había seducido. Una noche, el muchacho regresaba a su casa con unas copas demás. Al llegar al barrio Punyaro, vio a una mujer muy bella. Sin pérdida de tiempo, se lanzó a la conquista y como hubo respuesta de la dama, los dos buscaron el sitio más desolado del pueblo para dar rienda a su lujuria. La muchacha le sugirió ir al cementerio que no estaba lejos. Fueron y en el centro del camposanto, la mujer comenzó a desnudarse. Cuando esta le ofreció su cuerpo, el hombre sintió cómo un frío de muerte le recorría el cuerpo. Sin embargo, la abrazó apasionadamente. En ese momento, se dio cuenta de que la mujer había desaparecido y en su lugar estaba un esqueleto, a quien él acariciaba con pasión. Horrorizado, dejó el cementerio y llegó a su casa botando espuma por la boca.

La potestad diabólica de la bruja otavaleña, asimismo, se encuentra esbozada en la figura de la bruja de Zárate, la más poderosa de las leyendas costarricenses. Una mujer de etnia aborigen que tenía poderes inimaginables. Podía transformar a las personas en animales, echar maleficios, departir con los muertos y lanzar conjuros para cambiar la suerte. Según algunos autores, este personaje está basado en una mujer real que vivió en el cantón de Aserrí, provincia de San José, Costa Rica, en el siglo XIX.

 

Informante
 
1 Luis Ubidia (Otavalo: 1913-2000)
Fue un prestigioso maestro que comenzó su carrera docente en 1935 en San Pablo de Lago, en la escuela Cristóbal Colón. Después pasó a la Escuela 10 de agosto de la ciudad de Otavalo, plantel donde había estudiado su educación primaria. En 1936, viajó a Quito para trabajar en la Anexa del Normal Juan Montalvo. En 1970, después de una ardua y fructífera labor como profesor, se acogió a la jubilación. Fue articulista en los medios escritos de la provincia de Imbabura.   En sus escritos sobre los temas locales del cantón Otavaló,  su enfoque era justo y recto. Escribió también artículos de investigación científica y notas poéticas. Tiene 28 publicaciones.
Hilda Ubidia, comunicación personal, 14 de enero de 2016.
 
 
Portadas
http://hadasenlinea.blogspot.com/2009/10/lamias-hadas-de-las-cuevas.html

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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