Por:  Gonzalo Díaz Troya

 

 Era un duro invierno. Corrían las seis de la tarde en la finca de los Vélez. Desde el día anterior habían estado preparando la fiesta en honor a San Pablo, según los dueños de casa, él era el dador de todas las bendiciones que desde lo alto habían recibido, debido a las cuales la prosperidad de la familia crecía día a día.

En la cocina de la casa, construida con madera de la región, el continuo ir y venir de mujeres presentaban una escena propia de día festivo. Los olores a aliño, a relleno, a fritada y hornado de cerdo, el aroma a pollo criollo hirviendo, desbordaban por la puerta de la azotea de la casa.

Como a las seis de la tarde los primeros invitados empezaron a llegar. Los que venían de más lejos, con la ropa festiva en funda, inmediatamente procedían a lavar sus cuerpos empapados de sudor y de barro en un pozo cercano a la casa, luego de lo cual, cambiaban su atuendo por el de fiesta.

Se empezó a escuchar goteos sobre el zinc de la casa, lo que hacía presumir que el aguacero acompañaría durante la noche. No obstante, eso nunca ha sido impedimento para que el montubio se pierda una fiesta.

Como a las seis y treinta de la noche, hombres empapados en agua, hacinados debajo de la casa cambiaban sus ropas mojadas por otras que estaban secas. Las mujeres desbordaban los cuartos haciendo igual cosa.

A las ocho y treinta de la noche, la lluvia retumbaba el techo, en una esquina, los músicos afinaban sus instrumentos para dar inicio al baile de la noche, en otro rincón de la sala se le ponían pilas al tocadiscos que relevaría a los músicos en su momento.

En la sala, todos los largos bancos ocupados por los invitados, ya no daban cabida a más gente. Bastó dejarse escuchar los primeros acordes musicales para que inmediatamente, pletóricos de alegría, en masa los asistentes salieran a bailar.

Una y otra vez los músicos dejaron escuchar la guitarra, el requinto, las maracas, y el güiro de pambil, y la picaresca letra de las canciones que hizo mover a los presentes más de lo acostumbrado.

Como a la media hora, los músicos  pidieron relevo, le tocaba el turno al tocadiscos. Nadie se quedó en sus asientos. La algarabía desbordaba en los presentes, momentos de éxtasis que los hacían olvidar el pasado y el futuro que enmarcaban sus vidas.

Uno a uno se dejó escuchar los diferentes discos.

Inesperadamente, la voz potente de un desconocido, vestido todo de negro, resonó en medio de los presentes que yacían parados en una esquina de la sala.

-¡Póngase el Taconazo don Tiburcio!

El dueño de la casa quería complacer a los invitados, sin duda alguna. Con voz complaciente replicó.

-¡Ahorita mismo se la pongo caballero!

Bastó escuchar esta frase de aprobación, para que todos los hombres, ya con los primeros efectos del licor, se lanzaran inmediatamente en busca de pareja. La casa temblaba desde sus horcones de viejo guayacán. En la esquina opuesta a la ubicación del altar del Santo, el que solicitó que pusieran aquel disco, despuntaba de entre todos por la chispa que le imprimía al ritmo. Una y otra vez pidió al jefe de la casa repetir el Taconazo.

Corría la media noche. Tobías, muchacho de unos nueve años, se despertó debido a los gritos de algarabía que llegaban hasta el cuarto donde había estado durmiendo. Mientras la gente bailaba, lentamente salió de la habitación, al tiempo que se estregaba los ojos para acoplarlos a la claridad de las lámparas. Se sentó en el piso, muy pegado a la pared, debajo de una mesa. Clavó fijamente la mirada en el hombre del Taconazo. En un primer momento le llamó la atención la risa y el brillo que irradiaban los dientes de oro del extraño hombre. Más perplejo quedó aún al observarle los pies. Inmediatamente, corrió en busca de su madre, doña Terencia, que se encontraba en la cocina. La tomó de la mano y desde la puerta que comunicaba la sala con la cocina muy asustado le dijo:

-Mamita, mamita mira eze hombre le zale un rabo como de vaca, po la basta der pantalón. Fíjate mamita, fíjate tiene espuelas como er gallo y baila sin pizar el pizo.

Fue suficiente para que la madre de Tobías lanzara un grito de espanto a la vez que exclamaba:

-¡El diablo, el diablo, el diablo!- Al tiempo que dirigía su mano indicando la esquina donde bailaba el hombre  del Taconazo. La casa empezó a hundirse lentamente  de aquel lado.

Hombres y mujeres, al darse cuenta de lo que sucedía gritaron de pánico al tiempo que luchaban por salir de la casa por la estrecha puerta de la sala y de la cocina, mientras otros se lanzaban por las ventanas.

Aún más emocionado, el Diablo siguió bailando el Taconazo que no había dejado de sonar. El taco de sus botas que aparentemente tocaban el suelo las estrellaba cada vez con más fuerza contra el piso, al son de la música, mientras tanto la casa seguía hundiéndose lentamente de aquel lado. Muy pocos quedaron en ella, solamente los dueños y contados familiares. Todos ellos asustados en demasía empezaron a elevar plegarias a su Patrón, San Pablo. Mientras tanto, doña Terencia trajo de la cocina agua bendita, imploró al Altísimo, y la lanzó encima del extraño hombre, éste reaccionó, lanzó una fuerte ¡maldición! Y como un rayo salió por la esquina de la pared en donde había estado bailando; la sala quedó invadida por una gran humareda con fuerte olor a azufre.

Los olores a aliño, a rellena, a fritada y hornado de cerdo, el aroma a pollo criollo hirviendo, que desbordaba por la puerta de la azotea dejaron de percibirse. La fiesta en la que habían sido tan dichosos había concluido.

 


Hay chismes que parecen cuentos ,
pero hay cuentos que no son chismes,
Editorial Mar Abierto, 2012.

 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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