Por:  Gonzalo Díaz Troya

 

Doña Regina era una señora muy conocida en el barrio, donde nadie se escapaba a sus intrigas. Vivía comentando la vida ajena. Se podría afirmar que conocía la vida de todos los habitantes del sector, o al menos de acuerdo a su versión. No dejaba escapar la menor oportunidad para socializar con sus amigas los últimos chismes del día. En más de una ocasión, doña Regina tuvo que encerrarse en su casa para evitar encarar a vecinos del sector que enfurecidos la buscaba para reclamarle por los chismes difundidos en lo que ellos aparecían implicados.

Días van y días vienen. Una mañana corrió la noticia que doña Regina había caído en cama víctima de una rara enfermedad, que médico alguno no lograba curarla. De a poco su salud fue desmejorando, pese a que acudieron en su ayuda curanderos y brujos, pero todo esfuerzo resultó inútil.

Y llegó el día. Como a las seis de la tarde, minada por una asfixia progresiva, doña Regina entregó su alma.

La noticia inmediatamente se regó por el sector. Ya para las ocho de la noche el carpintero del pueblo había conseguido el ataúd que albergaría a la difunta.

Amigos, conocidos e incluso aquellos que habían sido víctimas de sus chismes se hicieron presentes en el velorio. Las rezanderas hicieron lo suyo. Curiosamente, alrededor de las nueve de la noche, se empezó a notar que la lengua de la difunta se le asomaba ligeramente, casi no llamó la atención por el momento. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche se hizo más notorio. A las once, la lengua sobrepasaba el mentón de la difunta. Los presentes empezaron a inquietarse. Ya para la una de la mañana le daba por el pecho. Fueron inútiles los esfuerzos por remediar el asunto, pues tan pronto se la introducían, lentamente empezaba a brotarse. Era tal el asombro y el temor de los presentes, que muchos optaron por irse a sus casas antes de lo previsto. Cuentan los que vieron que para las tres de la mañana la lengua le llegaba a la cintura. A las seis de la mañana el viudo, colocó la tapa del ataúd y a eso de las diez, hubo que llevarla a enterrar a toda prisa: la tapa del ataúd estaba a punto de reventar.

 

Hay chismes que parecen cuentos,
pero hay cuentos que no son chismes,
Editorial Mar Abierto, 2012.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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