Por: Enrique Freire Guevara
 
 
 

En el sector Nor-Occidental de San Cristóbal, existe una prominencia llamada Cerro Mundo.

En este paraje posiblemente habitaron seres humanos en tiempos pasados a juzgar por la presencia de plantas introducidas, entre las que existía hasta hace poco un  árbol de naranja.

La depredación humana a medida que transcurría el tiempo iba destruyendo la planta, sin que nadie se preocupase de su conservación, hasta que el mismo cerro tomó la iniciativa de salvar su tesoro.

A este propósito, ha llegado hasta nosotros la historia que vamos a relatar. En cierta ocasión, como de costumbre había llegado un habitante de la playa con su asno a cosechar la fruta. Luego del ajetreo emprendió el retorno tan satisfecho y distraído que a poco no se dio cuenta en qué lugar se encontraba. Lo peor que ni el instinto del animal pudo dar con la salida.

Perdido en la inmensidad del paraje entre filudas rocas y cactus agresivos, caminaba sin dirección hasta entrada la noche. Descargó a la acémila para acogerse a una oquedad de las que abundan en suelo volcánico.

Tenía por cobijo el velamen de las tinieblas y por compañía fatal zancudos y hormigas. Allí acurrucado y temblando de frío permaneció nuestro buen hombre esperando el nuevo día.

-En cuanto saludaron las aves al amanecer, albardó de nuevo al asno con la fruta cosechada y emprendió la caminata. Mas al darse cuenta que estaba volviendo sobre sus pasos descargó al animal dejándolo a la deriva y siguió sus huellas.

¿Oh sorpresa…! A poca distancia reconoció hallarse en buen camino que le condujo a su hogar.

Los familiares que habían pasado la noche preocupados por la tardanza, al verlo regresar con el animal vacío, llenáronse de curiosidad con muchas interrogantes. Mientras duraban las explicaciones, se habían congregado los vecinos averiguar lo acontecido.

Pronto circuló el comentario a través de diversas interpretaciones, para unos, sin importancia, para otros en cambio preocupantes y no faltaron bromas y hasta historietas antojadizas. Sin embargo no se descartaba la posibilidad de que algo misterioso podía estar aconteciendo.

En medio de tertulias callejeras surgió la idea de algunos jóvenes que deseaban probar por propia experiencia.

En la mañana siguiente partieron provisto de equipajes a la montaña. A pocas horas de camino divisaron al árbol que les atraía con sus racimos dorados.

Llegados al lugar, cada quien entre comentarios y algarabías cosechaba la fruta y llenaba sus bolsos.

Alegres y satisfechos emprendieron el retorno por el trajinado camino que conducía a la playa.

De pronto alguien advirtió de que estaban dando la vuelta alrededor del árbol sin avanzar un paso adelante, pero como ya habían consumido buena parte de fruta, volvieron a aprovisionarse para reiniciar la jornada.

Hasta tanto densa nube cargada de tempestad oscureció el ambiente hasta el anochecer. La tempestad era tan fuerte que no les permitió buscar alguna cueva de albergue entre las rocas. Acurrucados bajo el árbol sufrieron los goterones y la invasión de zancudos hasta el amanecer.

Tiritantes y llenos de malestar empezaron a caminar como autómatas sin preocuparse de las naranjas sino únicamente de sus hogares.

Caminaron sin rumbo hasta cuando se dieron cuenta que el árbol había desaparecido de su vista y empezaron asomar las primeras casas del poblado.

Familiares y amigos que se hallaban en expectativa, al verlos salieron a recibir ansiosos de novedades.

Muchos comentarios circularon a través de diversas conjeturas e interrogantes:

-¿Talvez el maligno…? ¿El cerro se ha vuelto mezquino…?

En adelante nadie quiso ir por naranjas a Cerro Mundo por temor a extraviarse o que le suceda algo peor.

De lo sucedido años atrás ha quedado como tradición de San Cristóbal la leyenda de LAS NARANJAS DE CERRO MUNDO.

 

Leyendas de Chatam

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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