Por: Enrique Freire Guevara
 

 

 

Para los devotos del Viernes Santo, fue sorpresiva la presencia de un campesino de botas pantaneras que entró en la capilla de El Progreso en circunstancias en que misioneros franciscanos conmemoraban la pasión de Cristo.

Algunos isleños lo habían visto antes por las faldas de Cerro Mundo, en veces por el camino que conduce a La Soledad, pero en esta ocasión su presencia rompió el murmullo de plegarias y con voz compungida habló de tal manera acerca de los padecimientos del Mártir del Calvario que la multitud quedó conmovida.

¿Quién era aquel personaje que infundía piedad y contrición?

Al comienzo se había identificado como nativo de una provincia interiorana de donde procedían algunos colonos de Chatam, sin embargo, nadie lo reconocía, y a  persar de esfuerzos por el dominio de la lengua común, lo delataba marcado dejo extranjero complementado por elevada contextura física, ojos azules y cabellera rubia, casi plateada.

Al verle con frecuencia algunos trataron acercársele, pero el personaje huía habilidosamente cualquier trato familiar, no obstante, un antiguo colono que pasaba por solitario, logró atraerlo invitándole a sus trabajos.

El extraño aceptó pero sin compartir alojamiento  ni alimentación. Prefería una cueva y los frutos del campo. A poco desapareció de tierras pobladas para hundirse en el paraje desierto de donde salía muy rara vez.

Movidos por curiosidad, ciertos individuos lo siguieron infructuosamente en pos de su escondite. Por fin, un  colono que recorría la llanura de La Soledad en busca de animales perdidos, impensadamente hallóse en medio de plantaciones de hortalizas entre las que había una ramada de juncos y paja montez.

Al acercarse sigilosamente pudo contemplar al personaje sentado bajo el alero de la habitación, absorto en atenta lectura.

Al verse descubierto no se inmutó el solitario, más bien salió a recibir al visitante con mucha amabilidad y cortesía, invitándole a tomar asiento sobre un madero del filo del patio, pues la habitación la tenía cerrada. Luego, tomando una Biblia, centró la conversación en la lectura y comentario del libro sagrado.

-No se aburre usted en completa soledad?- interrumpió el nativo-

-No estoy solo - respondió- Dios está conmigo. Él me acompaña y consuela. No me hace falta la compañía de los hombres.

-Pero le he visto concurrir a la capilla del pueblo.

-A Dios se lo puede adorar en cualquier tiempo y lugar, mayormente en la casa de adoración.

-Qué dice usted de los sacerdotes?

.Son los oficiantes ante Dios.

-Mucha gente dice que son envanecidos de su ministerio, presumidos, dominadores. Qué opina usted?

-No se puede generalizar. Hay también sacerdotes humildes y convencidos de su vocación cristiana.

Sin dar tiempo a nuevas preguntas cerró el libro e invitándole a caminar hasta el confín de la parcela, despidió al visitante con ceremoniosa cortesía.

Eran los tiempos aquellos en que la fauna nativa moría asustada por el ruido de aviones de guerra apoderados de Seymur; se hablaba de personajes trashumantes en Floreana y de naves misteriosas que emergían del fondo del océano. El mundo era una hoguera en que ardía la humanidad. Y rostros exaltados buscaban lugares ignotos para calmar su espanto.

Quién sabe qué mundos extraños desfilarían por la mente enfebrecida de aquel hombre de miradas esquivas que huía de los demás hombres para encontrar a Dios en un punto perdido en la inmensidad del mar.

 

Leyendas de Chatam, CCE.

 
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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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