Jorge Iglesias Manzano
Para elmundodelareflexion.com

 EL AUTOR 

 

Jorge Iglesias Manzano nace en el día del libro del año 1975 en Madrid, pertenece a la generación española que creció en los ochenta bajo los auspicios de la Movida.

Su querencia artística y cultural lo llevó a dedicar muchas horas de su adolescencia al Museo del Prado, afanándose ya por entonces en recrear los fantasmas que lo acompañan en sus paseos por la pinacoteca, ahora plasmados en su ambiciosa novela "Ángelus".

Tras estudiar Derecho en la Universidad Carlos III y conocer allí a la que hoy es su mujer, el intenso mundillo cultural en el que se mueve lo impulsa en los últimos años a verter sus inquietudes artísticas en artículos de crítica musical, en la colaboración con el Festival de Novela Negra de Getafe y, finalmente, en la redacción de su primera novela.
Reseña biográfica
Solapa de la novela Ángelus

 

 ÁNGELUS

 
NOTA DEL AUTOR: La creación de una obra de arte supone siempre la intervención de una persona a cada extremo del cable. Una propone, y otra comprende. Cada nación tiene su propia manera de interpretar esa relación umbilical. Los artistas españoles han demostrado a lo largo de la historia haber aprendido a venerar y respetar a sus mayores. Esta novela es la recreación de ese aprendizaje sin fin que los puso a prueba en uno de los momentos más álgidos de nuestro camino común.
 
 

GÉNESIS

 
El cálido verano de 1895 remoloneaba, remiso a despedirse. Don José Ruiz se apeó con cuidado del elegante coche de caballos que lo traía de la madrileña estación del Mediodía, procedente de su Andalucía natal donde acababa de pasar unos días junto con su familia. El luto por la muerte de la pequeña Conchita, acaecida ese mismo año, seguía plasmado en los sombríos rostros de su mujer y de sus dos hijos al llegar a la humilde pensión de la calle Embajadores. Debido a la temporada, iban ligeros de equipaje. Dejó a su esposa en aquel hospedaje en compañía de su otra hija y se fue a pasear por el centro de la capital con Pablito. ¡Cuántas esperanzas tenía depositadas en el adolescente de apenas catorce años que dibujaba magistralmente desde niño! La familia regresaba a Barcelona, donde muy pronto don José volvería a su rutinaria vida de maestro. Los viajes no eran una novedad para ellos. Unos años atrás, el profesor había sido destinado por el Ministerio de Educación a La Coruña, pero no tardó mucho en obtener la cátedra en la capital catalana. Por entonces, Barcelona era un hervidero de cultura que don José y los suyos no se querían perder. El afamado arquitecto Antonio Gaudí y sus compañeros modernistas participaban en el alumbramiento del Ensanche a la vez que los telares y las factorías de la pujante burguesía liberal atraían a miles de campesinos procedentes de toda España, iniciando así una revolución social sin precedentes. Barcelona, al igual que las demás metrópolis europeas, necesitaba mano de obra para hacer funcionar toda esa nueva maquinaria y los trabajadores de las factorías comenzaban a reclamar nuevos servicios médicos, hospitales, bancos, trenes, y también escuelas para su prole. Ahora tocaba formar a una nueva generación de españoles y ahí entraban en liza los amplios conocimientos artísticos de don José. La triste pérdida de su pequeña de siete años había amargado el camino de los Ruiz. El profesor de pintura quiso detenerse en Madrid para que su hijo pudiese contemplar directamente los tesoros del arte patrio. Anduvieron cerca de una hora, haciendo una parada en una recóndita taberna de Lavapiés frecuentada por peones andaluces y manchegos para saborear una olorosa caña de vino. Aprovecharon el campaneo de mediodía de la Iglesia de la Santa Cruz para picotear algo de pan con queso adquirido en un puesto de comidas y visitaron el viejo mercado de Antón Martín. Tras una pausa en un banco de madera de la plaza de Santa Ana, emprendieron la bajada por la calle Huertas. A Don José se le mudó el semblante al saberse tan cerca del Gran Templo del Arte Mundial, como le gustaba llamar al Museo del Prado.
 
―Hasta hace dos siglos, Pablillo ―dijo con su habitual gracejo sureño―, no existía en la tierra una maravilla semejante. Los ingenieros de Carlos III proyectaron el Jardín Botánico que ves ahí enfrente, con árboles y especies procedentes de los confines del imperio español. A su lado, un Observatorio astronómico armado de lentes pulidas con esmero por judíos holandeses y, como joya de su ciudad de la Ciencia, el edificio proyectado por Juan de Villanueva como museo de Ciencias Naturales y que desde hace apenas cien años alberga un ingente conjunto de obras pictóricas y escultóricas únicas en el mundo. Pablo lo escuchaba, divertido. Había oído esa cantinela centenares de veces de boca de su padre pero simulaba hacerlo por vez primera arqueando las cejas con asombro. Su padre le parecía de repente un anciano. Las desgracias acaecidas durante ese triste año le pesaban como una losa y aquella prevista visita al museo de museos era lo único capaz de devolver algo de brillo a sus antaño vivarachos ojos.
 
Padre e hijo aguardaron con paciencia a que llegara el momento de la apertura vespertina. Don José pagó las entradas, que guardó ritualmente en su cartera, y durante las dos horas siguientes disfrutaron opinando sobre técnicas, estilos, esquemas, gamas de color y sombras, paseando despaciosamente por las salas con una veneración casi ascética, hasta que sin querer se vieron situados frente a Las Meninas. El joven Pablo calló, turbado por la visión de aquella niña que lo miraba con una sonrisa en los labios. Don José le repitió la leyenda acerca de la Cruz de Santiago estampada sobre el pecho del autorretrato de Velázquez, pintada por el propio Rey don Felipe con idea de nombrarlo caballero, pero el joven aspirante a artista ya no escuchaba a su progenitor. Pablillo miraba hipnotizado los ojos de la princesa Margarita, su cabello rubio deslizándose en el tiempo y en el espacio, ambos diluidos en aquella tela sin edad y palideció al reparar en cómo se parecía aquella infanta de España a su difunta hermana Conchita, algo de lo que su padre no parecía percatarse. Su aparente sabiduría había atraído a dos matrimonios ataviados con llamativos ropajes, que escuchaban boquiabiertos la improvisada clase de historia del arte. El muchacho se frotó los ojos, creyendo estar perdiendo la razón. Le pareció que la niña le sonreía desde la famosa escena cortesana. Esquivó su presencia mirando hacia otra parte pero no pudo evitar volver los ojos hacia la Infanta española, empavorecido. Entonces supo que Conchita siempre seguiría a su lado, pues aquella pequeña reflejada en el lienzo era en cierto su hermana. No hallaba explicación posible al prodigio pero sabía que su percepción era real y que no debía sentir miedo por aquella presencia.
 
Fue en ese momento de irrealidad, de nuevo a solas con su hermana, cuando el adolescente se prometió no descansar hasta ver colgados sus cuadros en aquellas mismas majestuosas estancias. Una certeza cristalizó entonces dentro de su cabeza. No sabía cómo ni cuándo, pero su obra acabaría expuesta en el edificio mágico y misterioso que ahora se cerraba sobre ellos, y esperaba que su padre viviera para verlo. Fue consciente de que así sería algún día y que ese viaje a Madrid marcaría su vida para siempre. Cuando un año después regresó a la capital española para estudiar en la Real Academia de San Fernando, el museo del Prado se convirtió en su segundo hogar. Pablito decidió registrarse como copista y no dejó de acudir ni una sola tarde para imitar los trazos de los Maestros. Después de aquel primer encuentro Velázquez le infundía tal respeto que decidió elegir al Greco como mentor estilístico y comenzó paulatinamente y de forma inconsciente a alargar las formas que pintaba en sus lienzos. Aquel giro estilístico constituía una novedad en sus gustos pictóricos que, lo sabía de antemano, don José nunca aprobaría del todo. Su padre era un amante de los clásicos. En cualquier caso, el joven andaluz ya no dejó de visitar a diario a aquella niña rubia de mirada insondable. Una tarde, a punto de cumplir los dieciséis años, se encontraban ambos a solas en aquella inmensa sala. Entonces la niña se decidió por fin a hablarle. El joven pintor sintió la inefable dicha de recuperar para sí solo a su hermana perdida. Aún no era consciente de que el contacto íntimo y personal con su revivido recuerdo iba a acompañarle el resto de sus días.
 
1ª PARTE
 
"Siento no poder dirigir la palabra al Congreso de Artistas Americanos, como era mi deseo, para decirle, como Director del Museo de El Prado, que el Gobierno Democrático de la República ha tomado todas las medidas necesarias para proteger durante esta guerra injusta el tesoro artístico de España. Ese tesoro se encuentra ya completamente a salvo. Quiero recordar por otra parte, como he pensado y pienso que el artista, que vive en contacto con los valores espirituales, ni puede ni debe permanecer neutral en un conflicto en el que se juega el destino de esos supremos valores del hombre. Seguro de nuestro triunfo, me complazco en enviar un saludo a la Democracia americana así como a los asistentes en ese Congreso”.
Paris, 17 de diciembre de 1937.
SR. RUIZ, DIRECTOR DEL MUSEO DEL PRADO
 
-1-
Salamanca (España), a 11 de abril de 2004
Sus largos dedos se movían ágiles sobre el teclado del ordenador portátil, creando una nerviosa e hipnótica danza táctil desde un perdido rincón de la biblioteca. Buscaba en distintas direcciones de la red de redes alguna referencia sobre las extrañas marcas aparecidas en su pantalla de alta resolución. Sin embargo, ninguno de los informes a los que había tenido acceso comentaba lo que parecía ser un descubrimiento sin precedentes. Cerró los ojos, confundido y nervioso, y trató de poner coto a las miles de preguntas que bullían en su dolorida cabeza.
 
El jesuita Bruno Almeida era maestro de Historia del Arte desde hacía una década. Durante ese tiempo había intentado conciliar su vocación espiritual con una responsable labor didáctica en uno de los más prestigiosos colegios que la Compañía de Jesús regentaba en Madrid. De repente notó que su frente comenzaba a sudar de forma copiosa. Siguió rebuscando en las entrañas del sistema en pos de una explicación razonable a aquella ausencia total de referencias en la crítica especializada. Las dichosas marcas, situadas con claridad en cada una de las líneas que perfilaban los personajes retratados en La familia de Carlos IV, una de las obras maestras de Goya, deberían haber sido mencionadas por alguno de los más cualificados expertos en el catálogo del artista aragonés. Ante su sorpresa, no era así. Tendría que acudir a hablar con el responsable de su tesis a fin de comentarle su sorprendente hallazgo. Pensaba que esa misma tarde podría confiarle esa duda sin que el diácono se desternillara en su propia cara. Tenía muy claro a esas alturas que esos extraños y diminutos puntos reflejados en el escáner realizado al lienzo no estaban registrados en ninguna página ni en ninguna referencia bibliográfica de la red. Si nadie hablaba de ellos en internet, ¿cómo explicar el fenómeno? ¿Podían unos aparatos tan sensibles como los que se utilizaban en las pruebas de los grandes centros museísticos haber cometido un fallo tan significativo?
 
Dos cursos atrás, a punto de cumplir los treinta y siete años, un superior lo convenció de que se doctorara en Salamanca. Era imperdonable que una carrera tan brillante como la suya no estuviera refrendada por un gran título. Y allí estaba, convertido en doctor, esperando el día siguiente para regresar a Madrid y reincorporarse a su antiguo puesto de maestro de Historia del Arte y director del departamento de dibujo en la Comunidad de Jesuitas donde había permanecido todo un lustro.
 
Añoraba la enseñanza, ese ruido constante de los adolescentes, sus caras de éxtasis al compartir los secretos encerrados en el proceso creativo de cada una de las maravillosas Bellas Artes. El padre Bruno había seguido en contacto con muchos de ellos a través de su blog semanal, en el que recomendaba obras o ponía en relación a autores de diversas épocas, desde un enfoque que conquistaba a sus lectores con revisiones polémicas de temas siempre tan complejos como apasionantes. Podía decirse que en los últimos tres años había logrado convertirse en una pequeña estrella del mundo informático en los círculos de crítica especializada.
 
Durante aquella última tarde en la capital charra quiso hacer balance del magnífico resultado obtenido con su tesis, aprovechando la soledad de su amplia habitación en el seminario. Sin embargo, una extraña sensación de angustia le hizo salir de las instalaciones de la Compañía y dar un corto paseo por el centro de la ciudad. Al llegar ante la biblioteca, una impresionante cortina de lluvia lo obligó a entrar en el edificio y a acomodarse en la sala de lectura. Los controvertidos hallazgos con los que se había tropezado rompían sus esquemas. Todo había comenzado cuando al conectar a la red inalámbrica el diminuto ordenador portátil que siempre llevaba consigo en una mochila negra. La navegación por de la red de redes le había resultado al principio de lo más plácido. Entonces, algo extrañísimo había sucedido en medio de sus múltiples comprobaciones aleatorias. Mientras registraba en un pendrive el material de su propiedad almacenado en el disco duro de la biblioteca, había aumentado por descuido el tamaño de la vista de una radiografía practicada por algún técnico, ese mismo año, a La familia de Carlos IV, un cuadro de exageradas dimensiones para tratarse de Goya. Unas extrañas marcas circulares, minúsculas, apenas visibles para el ojo humano, se escondían entre los trazos del dibujo de cada una de las figuras. El padre Almeida pensó inmediatamente que aquello era un error de la placa, algún tipo de mancha en la superficie de la lente o algo por el estilo. Levantó el cursor y probó a buscar en otro sector de la imagen la presencia de los mismos curiosos agujeritos, pero, ¡allí estaban también! ¡No podía ser! Parecía que todo el lienzo se encontraba atravesado por cientos de pequeñas punzadas, marcando los trazos del dibujo de cada una de las siluetas, sobre los que se habían dispuesto posteriormente las pinceladas. Se preguntó cómo era posible que nadie, ni siquiera él mismo en su propia tesis doctoral recién finalizada, hubiera reparado antes en esa circunstancia. Cerró, pensativo, la diapositiva que contenía la radiografía del cuadro. ¡Estaba aterrorizado! Miró a su alrededor y comprobó que nadie estaba pendiente de la pantalla de su ordenador. Bebió un trago de agua de una botella y cerró los ojos durante unos segundos buscando una respuesta coherente para aquel suceso. Pero lo que halló en su repaso interno sólo fue otra pregunta, ¿sería aquella extraña revelación un caso aislado? En la calle había empezado a llover de nuevo con inusitada violencia. Los escasos rayos de sol que unos minutos atrás iluminaban con intermitencias la sala, se habían retirado. Era tarde pero no tenía intención de marcharse de allí sin haber estudiado alguna diapositiva más. Aquello no podía ser una mera casualidad. Buscó en la misma carpeta la imagen del escáner realizado a otra de las más famosas obras de Goya, La carga de los mamelucos. Pulsó dos veces el botón izquierdo de su ratón y la computadora reaccionó con lentitud. El padre Bruno movía las piernas con impaciencia. Le parecía que alguien hubiera detenido el tiempo para él solo. Por fin apareció la imagen. Utilizó entonces la lupa digital y sonrió como un niño que acaba de realizar una travesura. Allí estaban las mismas punzadas, realizadas con alguna técnica similar para guiar los trazos del dibujo sobre la superficie virgen del lienzo. Su director de tesis iba a volverse loco cuando observara aquellas marcas. A continuación lo haría el resto del mundo académico. Al parecer, el gran Francisco de Goya utilizaba una guía para colocar puntos sobre la tela antes de colocar los bordes definitivos de sus dibujos. Había estudiado en repetidas ocasiones que el pintor maño empleó la antigua técnica del “estarcido” en la creación de las figuras representadas en sus primeros frescos, introduciendo una muñequilla a través del dibujo original para reflejar con un leve pigmento de carboncillo el camino del trazado. Pero que usara la misma técnica en sus obras de madurez encima de un lienzo era algo inaudito. Aquello cambiaba una página brillante de la historia del Arte por otra muy distinta y desconocida. Cerró la imagen, apagó su ordenador, turbado por su descubrimiento. Recogió el resto de sus enseres y, sin dejar de sonreír, emprendió el camino hacia la oficina del diácono, que se encontraba en la otra punta de la ciudad. Pensaba en la cara de sorpresa de éste cuando contemplara las imágenes a través de la lupa virtual en la pantalla de su propio ordenador. No podía imaginar que quién estaba a punto de recibir la mayor sorpresa de su vida era él.
 
-2-
Sur de Francia, a 29 de enero de 1939
Los dos muchachos que habían ido madurando en su oficio de artesanos, seguros de sus conocimientos, estaban a punto de cumplir veinte años por entonces. Jack, el más silencioso de los dos destacaba en la gran sala por sus llamativos y brillantes cabellos rojos. Poseía ese tipo de cara angulosa que no podías dejar de mirar cuando cruzaba una puerta. Trataba de vestir siempre de forma impecable, luciendo a diario trajes de color negro que su propio abuelo paterno le cortaba en su sastrería de Brooklyn, un negocio que la familia regentaba desde la Guerra de Secesión. A su lado se encontraba sentado Marco, el típico joven florentino de aspecto mediterráneo, tan moreno, tan sencillo, tan sereno que parecía la antítesis de su compañero de fatigas. El italiano era un poco más bajo que Jack aunque con un aspecto físico tan bohemio que en algunas ocasiones rayaba en la insolencia para los gustos imperantes en las calles de Roma, la ciudad donde residían los dos muchachos. Sus responsables en las Escuelas Vaticanas de restauración artística trataban de corregir cada mañana tanto el vestuario como la desaliñada barba del joven Marco Schiavone, sin apenas lograr alguna que otra pequeña concesión por su parte. Ellos le pedían que intentara imitar a Jack, todo un referente estético en cuanto a elegancia y compostura. Sin embargo, debido a la destreza que demostraba cada día en el trabajo después de casi tres años de servicios en la Escuela, Marco había conseguido que el aspecto físico fuera lo menos importante de su persona. Jack sufría de forma silenciosa el creciente favoritismo de todos los profesores con su colega. Él era bueno reparando los desperfectos causados por el tiempo y la humedad en las pinturas almacenadas en los sótanos vaticanos pero, a su lado, Marco era un artista brillante. El florentino improvisaba soluciones para problemas en apariencia insalvables. De mantener esa excelencia artística, en poco tiempo encabezaría el organigrama técnico de la Escuela. Su compañero trataba de equilibrar la rivalidad acudiendo a todas las actividades religiosas promovidas por las autoridades de las que ambos dependían, con el objetivo de situarse en el puesto que su ambición le reclamaba. A Marco, dicho sea de paso, no le hacía la menor gracia esa fe desmedida que comenzaba a afectar el comportamiento y las opiniones de su compañero de trabajo.
 
Los muchachos habían llegado a Francia el día anterior y, después de descansar durante toda la noche en la Residencia de estudiantes universitarios en la que la Escuela les había buscado acomodo, habían salido temprano hacia el enorme edificio donde estaban convocados. Descansaban sentados sobre un banco de madera junto a la gran sala donde iba a celebrarse, por fin, la reunión que habría de poner en marcha el Comité Internacional para la salvación del Tesoro Artístico Español. Los asistentes oficiales llevaban seis días en la ciudad, discutiendo los pormenores de aquella delicada operación logística. Sin duda alguna, las circunstancias bélicas en España eran las culpables de que se discutiera la forma más correcta de organizar un exilio necesario, como bien había hecho saber semanas atrás, a través de un representante, el gobierno republicano español a las autoridades francesas que iban a estar presentes en aquella reunión. Con tal honorable fin, los españoles habían enviado con su embajador un preciso y revelador comunicado al que la Academia de Bellas Artes de Francia había dado el visto bueno de inmediato. Aquella misión en busca de auxilio había llegado a París con el respaldo de Marañón, de Menéndez Pidal y de otros reputados hombres de ciencia. Estaba claro que los intelectuales españoles aprobaban a la desesperada aquella acción solicitada y las opiniones científicas vertidas en la carta.
Unas quince mil obras de arte, incluyendo el Tesoro del Delfín, los tapices colgados en el Palacio de Oriente y también en los muros de El Escorial, las valiosas colecciones de pintura y escultura del Prado, los libros y códices más valiosos custodiados en la Biblioteca Nacional y numerosas obras de maestros clásicos pertenecientes a las colecciones particulares de los Grandes de España y de la misma Iglesia católica llevaban dos años deambulando por la geografía ibérica, trasladados en lentos trenes y en pesados camiones desde Madrid a Valencia, donde las torres medievales de la ciudad habían llegado a servir de búnker ante el miedo de que se repitieran los bombardeos del ejército nacional sobre Madrid, apoyado en su labor por la potente y moderna aviación germana. Desde la capital del Turia, la colección había sido trasladada a Cartagena, buscando hacia el sur un puerto de rápida evacuación, y de allí a Cataluña. Las grandes obras de los genios europeos de las cuatro últimas centurias acabaron, dentro de sus embalajes, a muy poca distancia de la frontera pirenaica.
 
En vísperas de la Navidad del año anterior, el representante del gobierno hispano se había entrevistado en Ginebra con el Secretario General de la Sociedad de Naciones, el señor Joseph Avenol, que había aceptado, desde aquel momento, hacer de intermediario con la Comunidad museística internacional con el fin de llevar a cabo la evacuación ordenada del tesoro artístico español y ponerlo a buen recaudo ante el peligro real que corría de sufrir algún tipo de saqueo o de un expolio si era tomado, o peor aún, bombardeado y destruido por el enemigo.
 
Al mismo tiempo, las autoridades militares del bando nacional acusaban a los mandatarios republicanos, a través de los principales medios de comunicación de toda Europa, del presunto uso indebido que parecían estar haciendo del patrimonio artístico y cultural de todos los españoles. En ese sentido, durante el anterior mes de Julio la República había inaugurado en Londres una exposición de grabados de Goya que, según las autoridades franquistas, a aquellas alturas de la contienda habían pasado a formar parte, en concepto de regalo, o más bien en calidad de tributo, del catálogo de propiedades artísticas de la Unión Soviética. La muestra realizada en la capital británica había acallado muchos rumores, pero el avance de la guerra complicaba cada vez más la situación del gobierno de Azaña, que buscaba una salida airosa para una situación harto complicada. Tanto Joseph Avenol como Henri Verne, el por entonces director del Museo del Louvre, pudieron sacar en claro durante esos últimos días que no podían, ni tampoco debían, fiarse de nadie que no fuera la propia comunidad intelectual hispana en lo referente a la situación de los cuadros del Prado, que estaban originando una tormenta política en los círculos de opinión europeos. La tensión presagiaba que la cuerda podía romperse en cualquier momento, dando al traste con los esfuerzos realizados por todos los asistentes a la importantísima junta que estaba a punto de comenzar. La maquinaria internacional se ponía por fin en marcha para auxiliar al gobierno español.
 
Lo más crudo del invierno del 39 se dejaba sentir al otro lado de los gélidos cristales. Los leños que crepitaban en la chimenea del fondo apenas calentaban la gran estancia de paredes de color rojo Corinto. Los dos jóvenes artistas no perdían detalle de cada personaje con que se cruzaban en el pasillo, a quienes saludaban con ceremonioso respeto. Jack y Marco habían sido enviados en calidad de técnicos por el Museo Vaticano y con la anuencia de los presentes, para presenciar e informar a sus superiores de lo que allí estaba a punto de decidirse.
 
La Santa Sede quiso evitar recelos innecesarios por parte de los negociadores, procurando no enviar a figuras de mayor peso artístico o político. Su presencia debía de ser en todo momento extraoficial y no debía constar, bajo ningún concepto, en el acta de constitución de aquel “Comité para el Salvamento de los Tesoros de Arte Españoles”. La posición oficial de la Iglesia, claramente a favor del bando militar en la contienda española, comprometía cualquier movimiento público por parte de las autoridades vaticanas. La República Española había causado estragos en el patrimonio y en las filas de integrantes de diversas órdenes religiosas. Habían sido asaltados docenas de conventos y, peor aún, habían sido fusilados por anarquistas y comunistas, miles de clérigos y religiosas inocentes que nada tenían que ver con aquello. Era presumible que las heridas tardarían muchas décadas en cicatrizar entre los españoles. Sin embargo, la importancia de aquella reunión requería una solución intermedia, estando sin estar, como había señalado por vía telefónica al presidente del Consejo de Museos Nacionales el mismísimo Superior General de la orden jesuita unos días atrás. La Compañía de Jesús controlaba por entonces la actividad de los Museos Vaticanos y regentaba galerías y exposiciones de arte radicadas en conventos y monasterios de los cinco continentes. Su legendario interés por el conocimiento y su inversión en estudios para promover el progreso y la creación científica y artística mediante el mecenazgo era de sobra conocido por todos los miembros de la Comisión, que habían aceptado de buen grado la discreta presencia técnica de sus dos jovencísimos representantes. La prensa fue completamente ajena a su asistencia a la reunión gracias al secretismo con que los comisarios actuaron durante el transcurso de las actividades programadas a lo largo de aquellos días.
 
Cuando pudieron entrar a la amplia y luminosa sala organizada de acuerdo con un férreo protocolo, y el presidente del Congreso abrió la sesión de forma solemne, tanto Marco como Jack fueron anotando con precisión los pareceres de todos aquellos burócratas llenos de buenas intenciones, amantes, ante todo, de la grandeza de las obras que estaban intentando apartar de las trincheras de una cruenta guerra civil que amenazaba con trasladarse y dar el gran salto al resto del territorio continental en cualquier momento. El principal problema, como siempre, era el financiero. Los fondos para posibilitar la operación estaban a punto de ser aportados por cada una de las instituciones presentes. Nadie quería ver destruido aquel crisol del humanismo occidental. El acuerdo con los españoles estaba ya cerrado, tan sólo faltaba la firma de sus representantes oficiales, que esperaban al otro lado de la frontera a que les fuera enviado el documento con la resolución final.
 
Tres días después de haber acabado aquella junta, los dos jóvenes especialistas en restauración pictórica regresaron a Italia, memorizando cada palabra que habían ido escribiendo. Su misión era trasladar toda aquella valiosa información de primera mano a sus superiores sin que mediara la intervención ni la presencia de terceros ajenos al asunto. Viajaban apretujados en el vagón de cola de un tren sucio e incómodo cargado de viajantes internacionales. Mientras todo esto sucedía, los emisarios del Comité internacional llegaban a Figueras, en el Norte de España, donde el 3 de febrero quedaría sellado con las autoridades competentes de la moribunda República Española el acuerdo final. El texto era muy conciso y parecía dar por acabado el peligro de destrucción o de dispersión del catálogo español. Decía así:
 
“El Gobierno español acepta transportar a la sede de la Sociedad de Naciones los cuadros y objetos de arte de los museos españoles, actualmente depositados en el norte de Cataluña. El transporte será efectuado por camiones franceses. El Gobierno español garantizará por todos los medios necesarios la seguridad del transporte hasta la frontera francesa. A continuación, los cuadros y objetos de arte serán transportados a Ginebra, donde serán confiados al Secretario General de la Sociedad de Naciones, que ha dado su aprobación al proyecto. El transporte desde la frontera franco-española a la frontera franco-suiza correrá a cargo del Comité Internacional que acaba de constituirse y que está formado por los Presidentes de los Comités de patronato de los Musées Nationaux franceses, de la National Gallery y de la Tate Gallery de Londres, del Metropolitan Museum de Nueva York, de los museos belgas, de los museos suizos y de los museos holandeses. Todos los gastos de transporte, desde el lugar donde las obras están depositadas en España hasta Ginebra, serán cubiertos por este Comité Internacional. Los camiones serán escoltados desde la frontera franco-española hasta Ginebra por un Delegado del Gobierno español y por el Delegado del Comité Internacional. Estarán custodiados durante todo este viaje por destacamentos franceses de gendarmería o de guardia-móvil. Tres técnicos del Museo de El Prado y una secretaria acompañarán al Delegado del Gobierno español. Debido a los medios que utilizarán para garantizar la seguridad de los cuadros y objetos de arte durante su escolta en Francia y durante su estancia en Ginebra, el Gobierno español renunciará a toda reclamación contra el Comité Internacional o cualquier otra persona o entidad en caso de accidente o de pérdida y no exigirá que se recurra a Compañías de seguros con respecto a este transporte. A su llegada a la Sociedad de Naciones, las cajas serán abiertas. Un inventario de su contenido será redactado y firmado por el Delegado español y por el Delegado del Comité Internacional. El Secretario General de la Sociedad de Naciones entregará el recibo de las obras y objetos de arte a él confiados al Delegado del Gobierno español. Este recibo implicará el compromiso de devolver, el día en que la paz sea restablecida en España, las obras y los objetos de arte confiados al Secretario General de la Sociedad de Naciones únicamente al Gobierno de España para que permanezcan como bien común de la nación española. El Gobierno de la República española desea afirmar vivamente que anhela poner urgentemente fuera de todo riesgo las obras mencionadas”.
Figueras, a tres de febrero de mil novecientos treinta y nueve.
 
-3-
Potes (España), a 6 de octubre de 2004
Las laderas siempre verdes del valle resplandecían con el rocío de la mañana. Unas nubecillas coronaban las cumbres de los Picos de Europa. Arroyos milenarios bruñían a diario aquella tierra poderosa y salvaje. Cada roca, cada árbol, cada pequeño pájaro recordaba al padre Bruno lo perfecta que había llegado a ser la creación, el equilibrio que había alcanzado la Naturaleza, dispuesta a que la chispa de la vida trajera a la Tierra la sorprendente civilización humana. Su cuerpo entero sudaba de forma copiosa. Se había visto obligado a permanecer durante todo el verano en Liébana y cada mañana se dejaba sorprender como un chiquillo por aquella explosión de sensaciones superlativas. Un sol otoñal calentaba las piedras del camino que llevaba de regreso al pequeño monasterio.
 
No solían acercarse por allí muchos peregrinos para visitar a Santo Toribio, a diferencia del periodo vacacional en que el gran aparcamiento se llenaba de vehículos de fieles y de ateos atraídos por la fama de aquellos dos trozos de vetusta madera custodiados desde siglos atrás por una comunidad de monjes, legendarias reliquias de la tradición cristiana y los restos de mayor tamaño conocidos de la Veracruz. Incontables misterios y enigmas rodeaban el nacimiento y el desarrollo de aquella comunidad de frailes franciscanos. Lo cierto era que dos mil años después de lo acontecido en una tierra tan lejana como Palestina, aquellos laboriosos hombres de Dios seguían custodiando la reliquia. Al madrileño le había costado adaptarse a la sobrenaturalidad que flotaba en cada rincón del valle. No sólo era la cruz, incrustada en un relicario de oro fabricado en el Siglo XVI, sino los oriundos de aquella tierra apenas sometida por romanos, árabes u otras culturas sucesivas que fueron llegando hasta el norte de la Península Ibérica a lo largo de la Historia. Los habitantes de Liébana parecían no haber tenido contacto con el resto del mundo hasta hacía pocas décadas. Al inicio del verano tuvo muchas veces la sensación de hallarse en otra era en la que la miel sabía a miel, la sidra se fabricaba en lagares como la misma técnica que siglos atrás y los hombres eran auténticos. Si no hubiera dispuesto de una pequeña televisión en su celda habría dudado hallarse en el Siglo XXI.
 
En comparación con aquel escenario inamovible, su vida se había desarrollado siempre de forma atropellada y veloz. No lo había comprendido hasta llegar allí. Cuando el destino lo llevó a Santo Toribio tras abandonar Salamanca a la fuerza, temió no poder sobrevivir a toda aquella calma, a la paz de su nueva morada, pero también estaba equivocado en eso. Ahora, cuando regresaba cada mañana de la montaña con los músculos tensos por el exigente entrenamiento físico, se sentía puro y con la mente llena de una espiritualidad de la que había dudado en momentos de su carrera en la Iglesia poder participar. Sabía que había estado a punto de rendirse, desesperanzado, en muchos momentos de aquella incierta espera. Se le había prometido una respuesta, y después de casi seis meses había aprendido a ser paciente. La vista del BMW negro que lo había traído hasta allí el primer día, ahora aparcado tras los setos de la pequeña abadía, le confirmó lo que su voz interior le había ido repitiendo durante las últimas jornadas de ejercicios espirituales. A partir de entonces había vuelto a notar cómo algo fluía dentro de él y supo con seguridad que aquella era la respuesta a sus preguntas. Anduvo sin prisa. Entró en la vivienda de la comunidad para darse una ducha templada. «Cuando te pueda responder, volveré», le había dicho el diácono. Y por fin parecía que había vuelto. Todo encajaba. Tenía que ser así. ¿Para qué, si no, había regresado allí?
 
Hasta que llegó la hora de la comida no consiguió saber de él. Debía de haber invertido las horas de la mañana en repasar con el prior del Monasterio los asuntos relativos a su estancia allí, que no eran pocos, aunque el padre Yago todavía debía de estar preguntándose cuántos graves e inconfesables pecados debía de haber cometido aquel joven fraile, tan deportista e intelectual, para que lo tuvieran prácticamente preso e incomunicado, bajo su custodia personal, durante tantos meses. A aquel superior franciscano, prudente y trabajador, le habría gustado mantener algunas conversaciones más con el padre Bruno. Sin embargo, un velo de misterio y de discreción lo había tenido prácticamente al margen de los demás monjes de Santo Toribio, en gran parte por su forma de ser, siempre tan reservada y silenciosa. El prior Yago, tan apegado a la jerarquía, había procurado no formular demasiadas preguntas a sus responsables, de forma que el enigma del Padre Bruno había ocupado no pocas conversaciones cotidianas entre los catorce miembros permanentes de la comunidad franciscana, que habían ido imaginando cientos de historias casi tan inverosímiles como la auténtica, la misma que había llevado de vuelta a Liébana al diácono.
 
―Me alegro mucho de verle por aquí ―lo saludó el padre Bruno con una voz inexpresiva y una mirada glacial tras el almuerzo.
 
―Sé bien que llevas tiempo esperándome, páter ―le respondió el jefe de estudios de su colegio con una sonrisa nerviosa dibujada en sus finos labios.
 
Un expectante silencio se hizo entre los presentes. Parecía que, al fin, los monjes de Santo Toribio podrían captar algún detalle de todo aquel misterio, aunque la decepción cundió entre todos cuando el diácono invitó al indescifrable jesuita con un gesto apenas perceptible a abandonar la sala del comedor y a dirigirse a la biblioteca. El diácono miró la sala repleta de estanterías cuando se cerró la puerta tras ellos.
 
―¿No le resulta increíble poder disfrutar de este lugar? ―preguntó mirando a su alrededor― Si no me equivoco, nos encontramos en el mismo lugar en el que el Beato de Liébana escribió su famoso códice hace más de mil años. ¡Curioso sitio para que mantengamos esta esperada y necesaria conversación, páter!
 
El padre Bruno había entrenado su paciencia casi tanto como su cuerpo durante su reclusión, pero unas gotas de sudor en la frente delataban su ansiedad por conocer algo más de lo que lo había llevado hasta esa prisión encubierta. Había perdido ya demasiados días fustigándose con sus propias preguntas y formulando hipótesis acerca de las extrañas marcas que había localizado unos meses atrás en aquella ahora lejana Biblioteca de Salamanca.
 
―He confiado en usted, como director de mi tesina, para no revelar nada de lo que encontré en aquellas imágenes escaneadas. He sufrido noches enteras preguntándome si realmente algún día usted volvería a buscarme o si, por el contrario, sólo estaba tratando de ganar tiempo con la idea de ocultar las pequeñas manchas al resto de la comunidad científica. ¿No se da cuenta de que esto ha sobrepasado ya los límites de la legalidad?
 
―¡Basta ya, se lo ruego! ―interrumpió el otro alzando la voz y frunciendo sus gruesas cejas negras― Entiendo y comparto sus miedos, sus dudas y también sus lógicas preguntas, padre Bruno ―era la primera vez que le oía pronunciar su nombre ―¡Yo no dispongo de las respuestas que está esperando recibir, páter! He venido por usted. A decir verdad, he venido a por usted. Ha superado la prueba de valor y de fidelidad, según me ha confirmado el prior Yago esta misma mañana. Usted y yo estamos perdiendo horas preciosas en esta Santa Casa. Debo conminarle a abandonar este recóndito lugar donde la Iglesia custodia una sabiduría y unas reliquias sin igual en todo el Orbe. Las órdenes que he recibido desde Roma ayer mismo son que viniera a su encuentro lo antes posible y le entregara este billete de avión ―le dijo mientras sacaba con una mano nerviosa una pequeña funda azul llena de documentos―. Sólo viaje de ida. Debo conducirle hasta el aeropuerto de Madrid si lo que usted quiere es conocer las respuestas exactas a sus preguntas. Si no desea continuar con todo esto, puede regresar a la tranquilidad de su vida anterior junto a sus hermanos, en nuestro colegio de la Compañía, pero le aseguro que desde ese instante encontrará todos los caminos cerrados en su búsqueda de la verdad. Sabemos que podemos confiar en usted, páter, y que entenderá lo delicado de la situación.
 
El jesuita lo miraba con gesto serio pero más tranquilo que minutos atrás. Aquel «sabemos» del diácono empezaba a disipar algunas de sus dudas. Al utilizar el plural le estaba dando a entender que se trataba de un conocimiento compartido por varias personas. No podía ser de otra forma. Aquel asunto era algo tan escandaloso, que no podía tratarse de una estafa urdida por un solo conspirador. La oferta del jefe de estudios resultaba ser la que llevaba esperando desde su llegada a Santo Toribio. ¿Cómo iba a tomar otra ruta que no fuera la del avión con el que pusiera rumbo a Italia? Parecía que, al fin, alguien iba a mover algún hilo para dejarlo participar en la oscura trama que se había abierto de forma inesperada en su rutinaria vida de profesor de secundaria.
 
―¿Cuándo nos vamos de aquí? ―preguntó el jesuita sin más, dándole a entender que la decisión ya estaba tomada hacía mucho tiempo y que no había duda posible respecto al siguiente paso por dar.
 
―Cuando acabe de recoger sus enseres personales, páter. El vuelo a Roma parte mañana por la mañana, así que deberá pernoctar en Madrid. Hay una habitación esperándole en un hotel muy próximo al aeropuerto de Barajas. Se me ha rogado encarecidamente que seamos muy discretos. Allí encontrará ropa de seglar en el armario con la que llegar a su destino sin llamar la atención. De momento puede llevar el chándal que le vi puesto esta mañana. Habrá de procurar no salir esta noche del hotel a no ser que sea necesario. Cuando tome tierra en Roma, lo estarán esperando. Bruno, aún no lo sospecha, pero uno de los grandes secretos de nuestra Santa Madre Iglesia se encuentra en gran peligro de ser revelado a la opinión pública, en parte debido a sus casuales pesquisas. Puede que no sea demasiado tarde y sospecho que usted es el único capaz de resolver este asunto. Lamento ser tan escueto por ahora.
 
El padre Bruno rehuyó su mirada. No alcanzaba a entender qué podía tener que ver Roma con la manera de pintar del maestro Goya. Asintió con la cabeza y se dirigió hacia la salida de aquel sagrado lugar de estudio y reflexión. La mirada del diácono en el momento de abandonar la sala y cerrar la puerta era de incertidumbre. No estaba seguro de estar haciendo lo correcto al sacar al padre Bruno de su escondite. Sabía perfectamente que aquel enroque resultaba ser clave para ganar o perderlo todo. Envió un mensaje a través de su teléfono móvil y situó el BMW sobre la desierta explanada en espera de que su compañero de viaje estuviera listo para partir. Una vez de camino hacia la capital de España, ya no se detuvieron. El jefe de estudios sonrió al ver recortada la silueta de Madrid en el horizonte gris. Todo se estaba desarrollando según lo previsto.
 
-4-
San Francisco (California), a 7 de octubre de 2004
Andrew Cobain paseaba distraído por la orilla de la bahía. La espesa bruma mañanera comenzaba a diluirse entre el pálido azul del cielo y el verde de las lejanas colinas. Mientras limpiaba con sumo cuidado sus gafas oscuras antes de colocárselas sobre su duro rostro, escuchaba los tensos graznidos de las gaviotas, afanadas en conseguir sus respectivas raciones de pescado en el vecino muelle del puerto deportivo. Giró la cabeza, algunos pequeños claros en la niebla dejaban ver las formas rectilíneas de los céntricos edificios de la ciudad. Andrew desabrochó el último botón de su camisa blanca y se apoyó en la barandilla para contemplar la cercana isla de Alcatraz, de donde llegaba un barco repleto de bulliciosos turistas. El correo electrónico recibido la noche anterior era muy claro. Confirmaba la cita en aquel lugar a las doce del mediodía. Miró su reloj de oro. Las doce en punto. Ya no podía hacerse esperar mucho más. El Cardenal Huston solía ser puntual. La brisa movía los frondosos pinos del parque cuando un reluciente automóvil negro apareció al final del paseo ribereño. El soldado lo vio llegar entre coches de vivos colores hasta detenerse a su altura. Un chófer uniformado abrió la puerta delantera y se apeó. Saludó con un gruñido a Andrew y lo invitó a subir en la parte trasera del vehículo. El rubio mercenario levantó su pulgar derecho en señal de complicidad y se sentó junto a la ventana izquierda, a espaldas del conductor, que ya emprendía el rumbo hacia la autopista 101 con dirección al puente Golden Gate. El cardenal Huston hablaba por teléfono con alguien.
 
Lo había saludado con un leve gesto de la cabeza, enfrascado en una conversación sobre la escritura de propiedad en unos terrenos situados al sur de su archidiócesis. Andrew se fijó en el soberbio traje del esbelto vejestorio. Cobain no se imaginaba al octogenario quemando grasa en el gimnasio de su palacio. Dos arrugas en la comisura de los ojos señalaban la edad real de aquel hombre, que extendió su mano con cierta arrogancia para que Andrew besara el anillo cardenalicio, dando así por finalizada su animada conversación telefónica.
 
―¡Andrew! ―lo saludó Huston con voz de tenor―, es un placer volver a verte. Tengo mucho que contarte antes del almuerzo.
 
Andrew carraspeó y sonrió. Sabía que al cardenal no le gustaba que lo interrumpieran. Llevaba semanas esperando ese encuentro. Los últimos trabajos realizados para él le habían resultado demasiado aburridos, solo un par de sobornos a unos rateros de Monterey que tenían información sobre unas reliquias robadas en una de las iglesias del Camino Real, la antigua ruta de misiones españolas que recorría de norte a sur el Estado de California.
 
―Un pajarito me ha dicho que andas como un tigre enjaulado ―prosiguió Huston―. Creo que al fin tengo algo interesante para ti, Cobain. Nuestros hombres en Europa me han alertado sobre lo que más nos interesa por ahora. El padre Almeida salió ayer de su madriguera y va camino de Roma con la información pertinente para rescatar nuestras alhajas. Esta vez, Andrew, no podemos permitirnos ningún fallo. Como sabes, la Iglesia americana está asfixiada. Estamos atosigados por todas esas malditas demandas causadas por los abusos sexuales de esos malditos pervertidos que llevan décadas amparándose en el púlpito. Eres consciente de que sin el dinero de esta operación no podremos proseguir la labor que Dios nos ha encomendado. También sabes bien que no puedo permitirme arrojar por la borda todos estos años de esfuerzos. Son demasiadas las vidas que hemos dejado en el camino para llegar hasta aquí. La Iglesia, ante todo, debe seguir salvando almas.
 
Andrew asintió con la cabeza. No sabía muy bien a lo que el cardenal Huston quería referirse, pero si conocía lo demás. Él mismo había gozado de esa protección durante años. Cuando cruzó el telón de acero a principios de los 80, la Iglesia le había dado su protección y una nueva identidad allende el Atlántico. Su experiencia en el Ejército Rojo no le habría servido por sí sola para sobrevivir en una América desconocida y salvaje, y el cardenal Huston había resultado ser su inexorable compañero de viaje en toda aquella odisea. El astuto octogenario había logrado sacar partido de su espíritu de obediencia. Andrew Cobain llevaba años viviendo con la maleta preparada. Los intereses económicos del cardenal habían llegado a alcanzar a partir de un momento indeterminado por los cinco continentes y él era el encargado de hacer el trabajo sucio en el área del Pacífico cuando las cosas se torcían. Una cita informativa semanal era suficiente para saber, tras casi veinte años de leales servicios, lo que podía y lo que no podía decir o hacer delante de su interlocutor. Cuando el vejestorio se ponía solemne, era el momento de callar y de esperar nuevas instrucciones. Por un lado le apetecía algo de acción, pero por otro era una verdadera lástima perderse el curso sobre nuevas tecnologías armamentísticas al que se había matriculado en una escuela paramilitar hacía tan sólo una semana.
 
―Todo está listo, Andrew. Puedes recoger tu paga donde siempre. Habrá más que suficiente. El billete a Italia y los salvoconductos firmados por mí mismo van dentro del mismo sobre. Renzo Acosta te esperará como hace siempre. Él ya lleva mucho trabajo adelantado y sabe tan bien como tú lo que hay que hacer. Ahora lo único que tenéis que hacer es implicaros a fondo. ¿Hay alguna pregunta?
 
―¿Qué pasa con mi paga semanal? ―reclamó Andrew sin mover un músculo de su gélido rostro.
 
―¡Acabarás teniendo problemas con el dinero! ―respondió el cardenal con una sonrisa― Es lo único que amas en esta vida, maldito avaro, aparte de a ti mismo.
 
Huston apretó un botón disimulado en un lateral trasero de la limusina. Se abrió un cajón y el jerarca extrajo un sobre blanco con los mil dólares de su paga semanal.
 
―Eso es otra cosa, Eminencia ―dijo el mercenario contando los billetes.
 
―¡Vaya, señor Cobain! No sé si felicitarlo por su filantropía o reprenderlo por su desconfianza.
 
―Eminencia, como bien sabe, nunca me he fiado ni de mi sombra. Eso hace que siga con vida tras condenarme usted tantas veces a ir al mismísimo Infierno sin billete de regreso.
 
―¡Y bien que te lo he pagado, Andrew Cobain! ―protestó con soberbia el prelado. Era la primera vez que oía de su esbirro un atisbo de queja.
 
―No se enfade, Eminencia. Hace un día precioso y bien sé que las langostas de la zona Norte de la bahía son sus favoritas. Respire el aire de las sequoias y duerma tranquilo esta noche. Esa escoria va a quedarse con las ganas de ir al fondo del asunto. No se olvide de mí en sus oraciones de esta semana. No me vendrá mal algo de ayuda.
 
―Rezaré por ti, Andrew Cobain, para que Dios te perdone tus pecados, y luego lo haré por mí para que haga otro tanto con los míos.
 
 
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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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