Por: John Paul Solís

 

Los conquistadores españoles encontraron Quito en ruinas. Una pertinaz llovizna apagaba lentamente el fuego de los techos de las casas y edificaciones que habían sido incendiadas. Pese a toda la destrucción, pervivían imponentes los cimientos de las formidables construcciones imperiales, conformadas por bloques de piedra unidos entre sí con tal perfección que entre ellos no cabía siquiera un alfiler.
 
En medio de aquella desolación, en donde no se escuchaba un susurro o un trino, Hernán, uno de los expedicionarios llegados a América, acarició los muros con sorpresa. Miró asombrado los canales por los cuales descendía el agua desde la montaña a las edificaciones de la ciudad vacía y admitió que existía algo más interesante que el oro en esas tierras.
 
Se hallaba absorto en sus reflexiones cuando escuchó, entre los escombros y humaredas dispersas, los ecos desesperados de una vocecita infantil: “¡Yanapaway, yanapaway!”[1] Sin pensarlo dos veces envainó su espada y corrió en dirección de aquellos gritos que resonaban en la lengua del imperio inca. Trató de llamar la atención de sus compañeros de conquista:
 
- ¡Francisco, Pedro, esperen, he divisado algo… Por Dios es un niño, y necesita ayuda!
 
Los conquistadores se hallaban empeñados en descubrir una pieza de oro o de plata, a lo mejor una pista del inmenso tesoro de los incas, por eso no lo escucharon. Solamente Pedro, a quien consideraba el cercano de sus compañeros, giró y le respondió: -Si quieres perder el tiempo, Hernán, hazlo. Nosotros tenemos cosas más importantes que hacer, como capturar al general Rumiñahui, ése, que ha huido con las riquezas de esta ciudad.
 
El ruido metálico de los yelmos y las suelas de las botas de los conquistadores caían pesadamente sobre las piedras. Los hombres se alejaban en pos de una migaja al menos de las arcas reales del gran Atahualpa.
 
Hernán no perdió un segundo: tomó una manta mojada y con un movimiento ágil envolvió al niño que yacía desmayado detrás de un muro de piedras ardientes. Quedó unos segundos contemplando su pequeño rostro: lucía quemaduras graves y un dejo de dolor perenne.
 
Buscó a su alrededor un refugio. Las casas seguían ardiendo y la lluvia amainaba cuando divisó a un grupo de personas que avanzaba despacio, guiados por  un fraile franciscano que integraba la expedición.
 
-  ¿Qué escondes en esa manta Hernán? – le dijo el fraile.
- No escondo nada, es un niño y necesita que alguien lo ayude -respondió.
- Oh, es cierto, es apenas poco más que un niño… Está caliente y la mitad de su carita está quemada, ¿dónde lo encontraste?
- Lo he rescatado de la muerte.
 
El fraile tomó en sus brazos al niño y gritó: “¡Sisa!”. En el acto, una muchacha morena, que se encontraba sentada entre un grupo de indígenas bajo una gran cruz de madera, se incorporó, sacudió su poncho y se acercó a Hernán con temor y a la vez con curiosidad.
 
  El fraile la miró fijamente y dijo:
 
-Lleven a este niño a un lugar seguro y atiéndanlo, mañana lo bautizaremos a primera hora.

Hernán no dejó de verla un instante. Pasó con Sisa toda la tarde, intercambiando gestos, palabras, sonrisas. Aunque se resistía a admitirlo, la encontraba muy hermosa.
 
  II
 
Habían pasado los años de manera imperceptible en la naciente ciudad colonial. Desde las blancas cumbres de los Andes soplaba un aire helado que se disolvía con el calor del medio día.
 
Hernán despertó y por un momento se quedó inmóvil mirando el rostro adormilado de Sisa. Todavía la encontraba tan bella como la primera vez que la vio en aquel Quito en llamas que apenas recordaba. Verla entre mantas de lana de alpaca le transmitía una sensación de felicidad que lo calentaba por entero. En la habitación de al lado, Alfonso, su hijo, que entonces era ya un adolescente, dormía plácidamente. Su rostro se le hacía familiar, y a la vez distante, como si se tratara de algún príncipe moro[2].

“Hernán, todavía es temprano”, escuchó que lo llamaba Sisa, pero él se arropó con un poncho de lana muy grueso, salió al patio interior y gritó: “¡Cantuña!... ¡Cantuña!”.  Enseguida, apareció un hombre pequeño, con el cabello largo, desatado, el ojo derecho casi cerrado por un pliegue de piel forzosamente estirado y la mejilla deformada por el fuego. Eran las heridas que recibió cuando niño y que mantenía en el rostro como una maldición.
 
  -  Ve por el hacha, tenemos que cortar toda la leña, esta noche tengo invitados importantes  -replicó Hernán.
 
Cantuña lo miró a los ojos y en un castellano mal pulido le respondió: “Don Hernán… va a llover, mejor nos apuramos”.
 
Cantuña no se equivocó, esa tarde llovió a cántaros, pero la noche estuvo despejada, y pudo admirarla en toda su belleza: era un hermoso lienzo azul, salpicado de miles de estrellas. Recostado sobre la hierba, arropado con un poncho, comía una deliciosa chirimoya traída de un valle cercano, miraba al cielo y suspiraba. “Si mi madre pudiera ver este regalo de Pachacamac[3]”, pensó santiguándose.
 
Adentro, en la casa, se escuchaban risas estridentes. Hernán gritaba, borracho, que el mismísimo rey de España lo tenía en gran estima y que le había encargado supervisar la terminación de la mejor Iglesia de las Indias: el templo de San Francisco.
 
Cantuña lo escuchó todo en silencio. “Don Hernán, ñukamanta rurashkataka wañunkakaman mana kunkashachu”, musitó en su lengua. Recordó la bondad del español al rescatarlo del fuego y repitió en el idioma de los conquistadores: “Don Hernán, nunca olvidaré lo que hizo por mí”.
 
A la mente de Cantuña vino, una vez más, el recuerdo del día en que el general Rumiñahui incendió Quito, destruyendo todo aquello que él consideraba sagrado: los templos del dios Inti, las bellas vírgenes, los cuarteles y palacios del Inca, los tesoros de la ciudad.
 
Recordaba, como si fuera ayer, las últimas palabras de su madre: “Nunca olvides tu linaje, tú eres hijo del Sol”. La última vez la vio perderse entre el humo y el alboroto de los soldados incas comandados por Rumiñahui. Se la llevaron como a las sacerdotisas y a otras princesas, esposas del inca Atahualpa.
 
Sus fantasías y recuerdos se vieron interrumpidos otra vez por una voz femenina... “¡Cantuña!”, “¡Cantuña!”,  escuchó un grito. “Necesito un poco de agua, ¿me la puedes traer?”. Era Sisa, quien había adoptado el nombre de Inés tras haber sido bautizada. Le pedía un encargo desde la ventana que daba al patio interior de la villa.
 
Cumplida la tarea, el joven indígena ignoró el bullicio de la casa y se retiró a su aposento para recostarse sobre un suave colchón de paja. Al  siguiente día debía acudir al primer colegio de artes y oficios de Quito, el reconocido San Andrés.
                                
III

De la noche a la mañana cambió todo. Cantuña no entendía cómo las cosas llegaron a ser tan diferentes. Poco quedaba del don Hernán trabajador y bueno que le salvó la vida en el incendio de Quito. Este otro, el nuevo don Hernán, se pasaba las noches emborrachándose con amigos y escondiéndose cada vez más de los acreedores.
 
Sisa lloraba en silencio y desplumaba un pato en el patio cuando escuchó que tocaban la puerta.

“Ve Cantuña a abrir”, replicó.  El joven indígena vio parado frente a él a un fraile franciscano. Sus ojos lo recorrieron desde las sandalias, hasta el rostro, que inmediatamente se le hizo familiar.

-¡Cantuña!, hijo, -le dijo sacando las manos del hábito- soy yo, el fraile Joaquín.
-Padre, seguro viene a buscar a don Hernán… Él…
-Sé donde está, él mismo me ha pedido que te busque y te lleve a su escondite. No te preocupes, sabes que soy amigo.
 
Tras un viaje de un día y medio a pie, Cantuña y el fraile encontraron a don Hernán en una hacienda de los alrededores: yacía demacrado, flaco, y con una inmensa preocupación en el rostro.

 -Mi fiel Cantuña, habrás notado que las cosas no están bien y no puedo confiar en nadie… Me encargaron hace tiempo terminar la construcción del templo de San Francisco y ves, perdí en los dados y en borracheras una buena parte del dinero que me encomendaron. Estoy a punto de perder la libertad y de no volver a verte, ni a mi Inés, ni a Alfonso.

Don Hernán -interrumpió- He pensado mucho en su situación. Usted ha sido como un padre para mí… Por eso le revelaré un secreto.

Cantuña volvió a recordar el incendio de Quito, las palabras del general Rumiñahui, su rostro endurecido. “¡Llévense todos los tesoros, no dejemos nada para los conquistadores… Son con perros ansiosos de oro! ¡A las princesas, a las vírgenes del Sol y a los hijos de Atahualpa también, que de nosotros solo les quede el viento!”
 
Se tocó los pliegues de la cara y vio, como entre sueños, a uno de los soldados señalando en dirección al Pichincha con una lanza. A su memoria vino el lugar específico en que una hilera de súbditos del imperio sepultaba interminables imágenes de animales, máscaras, brazaletes y pulseras hechas de oro y piedras preciosas.

Se tocó la cabeza y sitió de nuevo el golpe que lo dejó semi-inconsciente, el fuego y la lanza del soldado aquel rozándole la cabeza en el suelo. -Conozco donde está parte del tesoro que escondió Atahualpa. Lo vi desde este mismo suelo quiteño, cuando me dieron por muerto –le dijo a Hernán con los ojos bien abiertos-.

Con lágrimas, don Hernán abrazó a Cantuña, él le respondió con la media sonrisa que los pliegues de su cara le permitían.

IV

La construcción de San Francisco comenzó mucho más tarde de lo previsto, razón por la cual, Hernán había mandado colocar un manto gigante con el fin de recubrir la fachada principal.
 
El corregidor del Cabildo llegó una mañana soleada a inspeccionar los trabajos. Cantuña, que desde entonces se había hecho cargo de la obra, apareció e hizo una venia, diciendo: “Soy el encargado su excelencia”.
 
El corregidor rió tras apartar las cortinas del carruaje negro,  llevado en andas por cuatro indígenas.  
 
Sé que se comprometió a supervisar este trabajo el español Hernán Suárez, es él quien debe responder, tú solo eres un albañil. La obra debía terminarse en un plazo… Dile, que si la obra no está terminada en el plazo que pactamos, me lo llevaré a la cárcel… Si tú eres el encargado, también te apresaré –expresó riendo.

Cantuña no dijo nada a Hernán esa noche, dio vueltas alrededor del patio. Recordó al fraile, las lecturas del evangelio, la vez que el demonio tentó a Jesús por 40 días y por 40 noches y decidió acudir a la obra en construcción, a maldecirla mil veces, al igual que al corregidor. Fue entonces cuando escuchó aquella tétrica voz.
 
-¿Te preocupa algo?...  Cantuña
-¿Quién anda ahí? –giró, pero apenas si vio desvanecerse un leve humo rojizo.
-Yo…
 
Súbitamente apareció de la nada un rostro casi humano, con el cabello alborotado coronado por unos cuernos disimulados sobresaliéndole de la cabeza. Mientras en el cuello se enroscaba una serpiente verde, veteada con figuras romboides de color café, la cual se movía lentamente bajo la cara, roja y barbada. Nada parecía cubrir a este ser extraño, excepto una espesa capa negra.
 
- Pero si eres el… el… mismo…
- El diablo, soy el diablo, dilo de una vez…
- ¡Dios bendito! Voy a desmayar… porqué has venido sin que te invoque
- Lo hiciste al desear el mal a tu enemigo… Sé que tienes problemas. Tienes algo muy valioso que yo quiero.
- ¿Qué puede querer el rival del mismo Dios de un indio como yo?
-Tu alma, Cantuña, aquello que te hace inmortal, me la quiero llevar al averno.
 
Aquella noche, en medio de la intensa neblina, el diablo ofreció a Cantuña un trato: terminaría la Iglesia antes del amanecer, a cambio, una vez concluida, su alma sería aprisionada para siempre en el infierno.

  -Acepto con una condición –dijo el quiteño-, debe estar terminada toda la Iglesia antes del amanecer, que no falte una sola piedra de las que están aquí, ni un solo ladrillo.

  -Mi inocente, y deforme Cantuña –respondió el diablo con una risa malévola y ronca- no me conoces, ¿con quién crees que estás tratando?

Un chasquido de sus dedos e inmediatamente aparecieron miles de diablillos, verdes y rojizos, con largas colas y hábiles manos diminutas, colocando piedra sobre piedra en la obra. Y así, de la nada, en un santiamén, la majestuosa Iglesia comenzó a tomar  una forma esplendorosa.
 
Cantuña se retiró para observar, sentado y asombrado, el magno trabajo del Príncipe de las Tinieblas. En realidad, lo que veía era tan hermoso que apenas podía imaginarlo posible. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza para salir del asombro, tomar un cincel e impregnar una inscripción en una de las piedras más anchas que yacían en una esquina de la plaza del templo.
 
Ya casi amanecía cuando vio a uno de aquellos albañiles, diablillos verdes, acercársele para reclamar la última piedra que faltaba para concluir la obra pactada, aquella que yacía a los pies de Cantuña. El indio se paró junto a la piedra, cruzó los brazos y vio que ninguno de los diablillos podía tomarla con las manos.
 
Segundos después, apareció el mismo demonio para asirla con sus manos rojas y ásperas, pero cuando intentó hacerlo, salieron chispas de sus palmas.

-  Hace falta colocar esta piedra don Diablo, la Iglesia no se ha terminado.  No cumpliste con tu trato –gritó Cantuña, y rió sin parar.

El diablo desapareció del lugar dando un grito intenso que retumbó en todas las casas aledañas a la Iglesia. “¡No puede ser… me venciste!”
 
Con los primeros rayos solares, Cantuña vio con claridad la inscripción en latín que había labrado sobre la piedra, a la luz de la luna: “Al tomar esta piedra, reconozco que Dios está sobre todas las cosas”, tal y como se la había enseñado el fraile Joaquín, en San Andrés.
 
Nadie supo cómo la Iglesia se terminó tan rápido, las autoridades del cabildo quedaron maravilladas, y apenas si pudieron dar crédito a las palabras de Cantuña.

Muchos años después del hecho, un magnífico tesoro fue hallado en una habitación secreta de la casa que perteneció a don Hernán Suárez.
 
Había piezas de oro a medio fundirse en lingotes; algunos creen que con ese tesoro se pagó la construcción de la Iglesia de San Francisco, pero otros ven todavía el orificio mínimo donde debía calzar la piedra que Cantuña escondió para siempre y saben que por las noches el diablo ronda buscándola.
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[1] “¡Ayúdame!”, en quichua
[2] Con la fisonomía árabe. Los árabes tuvieron una firme presencia en España durante siete siglos
[3] En la mitología inca, dios del fuego e hijo del dios Sol

Cantuña   y  Otras  Leyendas  Ecuatorianas,  Eskeletra

 

 

EL ESCRITOR

John Solís Rodríguez (Quito – 1974 es licenciado en Comunicación con especialización en Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE - 2005) y técnico superior en Relaciones Públicas (Instur 1998). Como periodista se ha desempeñado en varios medios de comunicación e instituciones públicas.

En 2001 obtuvo el tercer lugar en el Primer Concurso Interuniversitario de Cuento (2001). Sus relatos han sido reconocidos con menciones de honor en la Bienales “Pablo Palacio” (2001) y “De las Flores y las Frutas” (2007 y 2009). También en concursos internacionales como “Club de Leones de Montevideo” (2012), “Versos Compartidos” (Montevideo 2015) y Universidad de Mason (Virginia – EE.UU. 2017).

En 2012 fue galardonado con el primer lugar en el concurso “Órbita Literaria” (Barcelona – España 2012), mientras que en 2016 obtuvo el primer lugar en el Concurso de Relatos “Mirador de Alcarria”, tras lo cual su obra “Buen Morir y otros relatos” fue editada (Castejón – España 2016).

Su proyecto “Voces y Ecos de la Memoria Viva del cantón San Vicente” publicó un libro que incluyó la investigación realizada en las comunidades montuvias de Manabí y la presentación de la obra de teatro infantil “El Duende Enamorado”, con apoyo del Instituto de Fomento de las Artes, Innovación y Creatividades (Ifaic) y el GAD de San Vicente.

En 2011 publicó el libro “Cantuña y otras leyendas ecuatorianas”, obra que presenta, con una mirada renovada, a los personajes de las leyendas y al Ecuador en distintas épocas y regiones naturales.

En octubre 2019 presentó su libro de relatos “La Muerte Enamorada” en la Casa de la Cultura, que incluye una antología de relatos escritos en distintos momentos de la vida de su autor.

 

 

 

Fotografía: Portada del libro
Cortesía del escritor.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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