: Fernando Larrea Estrada
Quito,  enero 2020

 

El 16 de enero de 2020 no es un día normal para Otavalo y su gente. Este gran conglomerado humano, disperso por todo el mundo, se entera que su querido “Lechero” ha sido derribado por un ventarrón de un inesperado verano para esta época del año, que partió su lesionado tronco.

Árbol centenario, celoso custodio de la belleza de Imbacocha y admirador de la majestuosidad del Taita Imbabura, posando en su atalaya natural de Rey Loma, fue testigo de amores y enamoramientos, de desamores y traiciones, de amores fugaces y de otros no correspondidos. Refugio natural de poetas y poetisas, de cantores y bohemios que le reclamaban inspiración, de naturistas y deportistas que compartían su mirador privilegiado.

Tu nacimiento se pierde en el tiempo, mas tu memoria perdura desde siempre, anotada en la mitología local en cuentos, leyendas, relatos mágicos y anecdotarios. También, en el imaginario colectivo como emblema natural de nuestro querido Otavalo.

Tu enseñanza de vida está presente con la vigencia de la Ley Natural, de que todo ser vivo ligado a un hábitat, cumple ciclos y transmuta, cambia, se marcha.

Has cambiado de estado, pero vives a través de la memoria cultural de tu pueblo y de tus hijos, ya que conocemos que tienes dos que te apuntalaron cuando fuiste herido de muerte y que con su ayuda la superaste. Y los hijuelos que brotarán y aún no podemos definir cuántos serán, de tu tronco principal cercenado, pero que se aferra a su tierra, a su “Pacha Mama” que le brinda su alimento y lo nutre con sus elementos, para que se convierta en su sabia lechosa, para embellecerlo y con él, regalar oxígeno y vida a su entorno.

Muchas gracias, árbol mágico, nuestro árbol de la vida imbaya. Has caído al igual que otros grandes de tu especie, como el majestuoso árbol de ceibo del parque de Ibarra. Así como también el árbol de eucalipto traído desde Australia para arborizar nuestra serranía y que de manera simbólica uno de los primeros fue sembrado en la Plaza de la Independencia de nuestra Capital, por Gabriel García Moreno.

Te has ido, árbol mágico, pero también te has quedado; has trascendido en el tiempo y en el espacio. Futuras generaciones conocerán de ti y te observarán y admirarán en tu descendencia.

 

 

EL LECHERO
LEYENDA: LA PRINCESA DEL LAGO
 

Por: Álvaro San Félix

Ya se habían formado los Ayllus y los aborígenes abrían el surco esperando la nueva cosecha; los soles recién creados poseían a la tierra en la soledad del pasto oloroso, mientras los inviernos volcaban su frescura y los ríos transportaban vestigios de edades anteriores. La vida era una comunión directa del hombre con el cielo, y el crecer del maíz, la única escala del tiempo.

Mas, un año, se ausentó la lluvia y la semilla se perdió en el árido campo; los hombres se volvieron silenciosos y adquirieron el mirar cansino de las bestias. Huarcha, el brujo, invocó tutelares espíritus y buscó el maleficio en las entrañas de los cuyes. Al levantar la cabeza, su mirada era feroz:

-Una virgen debe morir en el volcán para calmar a los dioses. La doncella que en la próxima luna cumpla 15 años será sacrificada- condenó definitivo.

Los ancianos miraron atónitos la cumbre donde habitaban seres que sólo Huarcha había visto en noches de tormenta, y callaron. El pueblo vio desfilar a sus hijas ante los curacas y a Huarcha mirarlas con su ojo de párpado caído.

Cuando pasó Nina Paccha, el presentimiento de lo inevitable extinguió las palabras. Nina era hermosa, de labios suaves y pechos redondos, tenía ojos oscuros como alas de gorrión y el cabello trenzado le caía, doliente, sobre su espalda. Su nombre significaba fuente de luz.

-¡Nina! ¡Nina! –clamaron como marea que crece. Los ancianos palidecieron hasta el color de las uvillas al comprender la sentencia.  Bajaron la cabeza y se retiraron temblorosos. Sólo Guatalquí se quedó mirando las sombras y a la muchacha que era para él como amplia sonrisa.

En la noche tempranera, el último huirachuru cantó su despedida y el gemido de Guatalquí ascendió hasta las estrellas: -¡Nina, si tú mueres, yo no quiero vivir!

El abuelo Isama quiso revocar la sentencia, pero el hombre del pueblo clamaba dolorosamente y sus palabras murieron al pronunciarlas ante Huarcha que mantenía el fuego y hacía hervir hierbas y amuletos para la ceremonia macabra.

-¡Huyamos, Nina! –suplicó Guatalquí mientras la noche envolvía a la joven como suave mortaja.

-No, Taita Imbabura nos perseguirá hasta castigarnos.

-Huarcha miente. El Taita es bueno y protegerá nuestro amor. ¡Vámonos antes de que nos encuentre la luz!

Pero ella sabía que huyendo, traicionaba a su pueblo sin lluvia y que la muerte caería como helada en los páramos sobre él.

-Isama dijo que podríamos huir si cortando tu trenza la sujetábamos cada uno por los extremos, y no te miraba al escapar… porque si lo hacía te perdería para siempre.

Después de un silencio, la doncella susurró decidida:

¡Corta mi trenza antes de que la mañana trepe el monte!

Cubriéndose con su fachalina avanzó tras Guatalquí por la desolada campiña, sosteniendo el cordón de su pelo. Como enanos, con sombreros hundidos hasta el cuello, quedaron atrás las chozas envueltas en niebla donde los niños dormían arrullados por el rumiar de los cuyes, y las mujeres escuchaban el eterno caminar de la muerte.

El recio mozo andaba de prisa, ansioso de que muriera un día aún no nacido para poder gozar de la presencia de su amada.

-Haré choza para ti y tocaré el pingullo para que cantes.

-Tengo miedo-musitó la doncella corriendo tras él. Guatalquí cerró los ojos y se mordió los labios al recordar que hasta entonces la felicidad fue dulce caricia esperando su unión en la próxima cosecha; pero ahora la angustia los empujaba a través de chaquiñanes empapados de amanecer.

Cuando Huarcha acudió impaciente, para prepararla al sacrificio, había en su interior un caudal lujurioso que esperaba desatar cuando acariciara el núbil  cuerpo de la víctima, pero al ver que Paccha había desaparecido, sus labios se contorsionaron en una maldición y su ojo relampagueó feroz:

-¡Hay que encontrarlos! ¡Los dioses se vengarán si no aplacamos su sed! –El brujo corrió con una antorcha encendida y por los cuatro costados del monte se fueron los hombres armados de venganza; hasta las mujeres y los niños emprendieron la búsqueda; sólo el abuelo Isama se quedó, estático, mirando al vacío.

Nina se quejaba de que los espinos se prendieran como garras a su cuerpo en fuga, y Guatalquí seguía corriendo adelante, soportando la tormenta de no poder acariciarla con la mirada.

-¡No puedo más, Guatalquí! –clamó sin aliento, mientras en la loca carrera un pedazo de fachalina se desgarraba en una rama.

-¡Allá descansaremos; corre Nina. Corre!

Huarcha encontró el pedazo de fachalina y ebrio de triunfo gritó enloquecido: ¡Los agarraremos! Los dioses no serán burlados!

La madrugada comenzó a cantar sobre la hierba áspera. De cara al sol,  Guatalquí se tambaleaba cuando el grito de Nina desgarró el campo.

-¡Allá vienen! ¡Mira!

Guatalquí, sorprendido, giró la cabeza y al ver a Nina, el cielo se iluminó. La muchacha desapareció mientras un manantial de agua limpia comenzó a extenderse sobre la planicie. Huarcha, con sus hombres se detuvo ante el sortilegio. Guatalquí, sosteniendo aún el cordón de cabellos, cayó al suelo, implorando:

-¡Taita, Taita, castígame a mí también! Nina se hizo laguna porque yo la robé! Castígame también, Taita!

-¡Quédate conmigo, Guatalquí! –imploraba, lejana y cristalina –No me abandones.

Convulsionado por el llanto, Guatalquí extendió los brazos tratando de asirse a la voz amada que suplicaba:

-¡Tengo frío, quédate conmigo!

-¡Taita, has que me quede junto a ella para siempre!

Un relámpago cruzó sobre Rey Loma y apareció un frondoso Lechero: era Guatalquí con su cuerpo convertido en fibra vegetal, sus músculos hechos ramas recortando el paisaje y sus dedos, hojas en vuelo.

-¡Malditos! ¡Están malditos! –masculló el brujo arrojando la antorcha. Él y los dioses se hallaban satisfechos. La lluvia nueva danzaba sobre el campo.

Los imbayas aman al Lechero porque fue hombre que desafió a los dioses y se quedó para siempre en el paisaje junto a la líquida doncella que fecundó la región carcomida de sequía. Los españoles la llamaron San Pablo, pero su nombre es Nina Paccha: Fuente de Luz.

Eso sucedió hace tantos años que la memoria se debilita al recordarlos; allá cuando el maíz era la única escala del tiempo y los soles surgían recién formados.

En lo alto grande laguna, Publicaciones IOA, Editorial Voluntad.

 

 

Fotografía: El Lechero y la Laguna (Otavalo-Ecuador).
https://www.youtube.com/watch?v=9pysU7Wfg04

  

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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