Por: Fernando Larrea Estrada

Un apreciado economista, en una reunión social de colegas en la que se dedicaron a contar anécdotas profesionales, advirtió que lo que iba a contarles parecía insólito y que muy pocas personas le iban a creer. De todas maneras, continuó con el relato:

-A mediados de la década de los años noventa del siglo pasado, fui contratado para dictar unos cursos de proyectos en el Ministerio de Salud. En uno de los cursos estuvo como alumno el director del Hospital Dermatológico de Quito, ubicado en el sector de La Vicentina. El curso terminó sin ninguna novedad y, en el acto de clausura, se entregaron los certificados a los participantes, para luego terminar con el muy apreciado brindis.

Alguien preguntó:

-¿Brindis en este acto oficial?

A lo que alguien contestó:

-En aquella época era usual que se realizaran brindis dentro de las entidades públicas, incluso se hacían fiestas y no estaba prohibido consumir licores.

Continuó el relato:

-Luego de servirnos algunos tragos, los cursantes, los organizadores y la planta docente estábamos entusiasmados y alegres. Y el director del Hospital Dermatológico, repentinamente, hizo una invitación para que lo acompañáramos a una fiesta que iba a desarrollarse esa misma tarde en su institución, en conmemoración de algún evento especial para los pacientes permanentes, que eran los afectados por la fatídica enfermedad de la lepra, los que incluso vivían en ese centro de salud. Para esto, nos explicó que todos sus pacientes estaban con total control de la enfermedad, por tanto, resultaba también muy segura nuestra visita.

Efectivamente, todo el grupo se desplazó al hospital, a participar de manera solidaria en el festejo.

-Al llegar, fuimos recibidos con muestras de abundantes cariño por una comisión de recepción. Se dieron cortos discursos de inauguración del evento y de inmediato pasamos al brindis, que se hizo en vajilla de loza, y consumimos aguardiente combinado con bebidas gaseosas, que estaba muy bueno. Nuevamente se prendió el ánimo, pusieron música bailable y se inició la fiesta.

-Tuvimos un par de horas de animada estadía y bailamos con las anfitrionas y nuestras compañeras con los anfitriones, todos ellos pacientes con la lepra controlada.

Una colega economista se mostró incrédula ante el relato y dijo:

-No sé, no creo, ¿Será que le sucedió esto?

Yo les advertí que era una anécdota de la vida real, que iba a despertar dudas entre ustedes. Pero tú puedes verificar lo que te cuento, ya que tu primo estuvo presente en esa fiesta y fue el el último en salir del baile y el que mejor pasó, porque creo que se hizo un levante.

Todos los presentes se rieron y la secretaria de la institución manifestó:

-¡Qué bárbaro economista! A usted sí que le pasan unas cosas locas. Yo eso sólo había leído y luego visto en el libro y la película Papillón.

Chaguarmishqui, Pacheco diseño e imprenta, 2016.

 

 

Fernando Larrea Estrada, escritor e investigador socioeconómico ecuatoriano, nace en Otavalo en 1960, estudia en la Universidad Central del Ecuador, con post grados en el área económica, obtenidos tanto nacional como internacionalmente.

Además, cuenta con la publicación de dos libros: “Modesto Larrea Jijón, Vida y Legado”, en el 2015 y “Elementos del Comercio Internacional”, 2013.

Ha publicado varios artículos especializados. Vinculado a organismos internacionales: Fondo Monetario Internacional FMI y Organización de los Estados Americanos, OEA y a diferentes Instituciones públicas entre las que destacan la Contraloría General del Estado y Ministerio de Relaciones Exteriores.

En la actualidad es miembro del Directorio del Colegio de Economistas de Pichincha.

 

Portada: Cortesía Diario La Hora

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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